Argentina es más que lo peor que se ha dicho de
ella
El autor responde a la campaña crítica contra el país en el contexto del
Mundial; pide no dejarse llevar por prejuicios e invita a reconocer nuestros
fracasos y seguir creciendo
24 de
julio de 2026
Por Esteban Bullrich
Hay momentos en que el silencio se convierte en una forma de rendición.
En las últimas semanas he visto cómo mi país -y nuestra selección de
fútbol- se convirtió en blanco de acusaciones que van mucho más allá de la
crítica a una conducta inaceptable. Se ha retratado a Argentina como una nación
racista. Algunos incluso han sugerido que nuestra identidad nacional está de
algún modo entrelazada con el nazismo. Esas palabras duelen. No porque Argentina
sea perfecta. No lo es.
Como todos los países, tenemos racismo, prejuicio, ignorancia e intolerancia.
Tenemos personas que dicen cosas ofensivas, personas que discriminan y personas
que no logran ver la dignidad del otro ser humano. Nunca deberíamos negar esa
realidad. Debemos enfrentarla con honestidad. Pero la honestidad también exige
contar la historia completa.
Admiro a Samuel L. Jackson desde hace
décadas. Su trabajo ha entretenido e inspirado a millones de personas en todo
el mundo, incluido yo. También respeto a todo líder público que elige luchar
contra el racismo. La humanidad necesita más voces así, no menos. Sin embargo,
la admiración no elimina la responsabilidad de disentir cuando el desacuerdo
está justificado. Cuando figuras públicas reducen a Argentina a caricaturas,
pasan por alto una historia que merece ser conocida.
En 1813, cuando buena parte del mundo todavía aceptaba la esclavitud como
algo normal, Argentina sancionó la Ley de Libertad de Vientres, que declaraba
libres a los hijos de mujeres esclavizadas. Cuarenta años después, en nuestra
Constitución de 1853, la esclavitud fue abolida por completo.
Esas decisiones llegaron medio siglo antes de que Abraham Lincoln firmara
la Proclamación de Emancipación y una década antes de que la Decimotercera
Enmienda aboliera la esclavitud en todo Estados Unidos.
Esto no es una competencia de virtud moral. La historia nunca debería usarse
para declarar a una nación superior a otra. El punto es más simple. Los hechos
importan.
Una nación no debería ser juzgada solo por su capítulo más oscuro, ni por
sus voces más ruidosas.
Los críticos suelen señalar que criminales de guerra nazis huyeron a
Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Eso ocurrió. Es una mancha en
nuestra historia que ningún argentino serio busca borrar. Pero la historia
también nos dice que muchos países -incluidos Estados Unidos, Canadá y varias
naciones europeas- recibieron a antiguos nazis a través de distintos programas
de inmigración u operaciones de inteligencia durante la Guerra Fría. El mal
explotó circunstancias políticas en varios continentes. Concluir de esa realidad
que Argentina es “un país nazi” es tan injusto como decir que Estados Unidos se
define por la esclavitud o que Europa se define por el colonialismo. Las
civilizaciones siempre son más grandes que sus errores.
Quizás lo que más me entristece es que estas acusaciones surgen en un
momento en que el mundo necesita desesperadamente menos desprecio y más
humildad.
La humildad comienza por reconocer nuestros propios fracasos antes de condenar los de los demás. Toda sociedad carga heridas. Algunos países luchan contra el antisemitismo. Otros luchan contra la islamofobia. Otros contra la xenofobia. Otros contra la violencia policial arraigada en el racismo. Otros contra la discriminación hacia los pueblos indígenas. Ninguna nación ha completado la tarea de reconocer la igual dignidad de cada ser humano. Argentina ciertamente no lo ha hecho. Pero nadie más tampoco.
Como alguien que vive con ELA, dependo gran parte de mi vida de la bondad
de los demás. Ya no puedo hablar con mi propia voz. Solo muevo los ojos. La
enfermedad me ha despojado de toda ilusión de autosuficiencia. También me ha
enseñado algo inesperado. Cuando el cuerpo se vuelve frágil, las personas dejan
de parecer categorías.
No hay conservadores que me ayuden a acostarme. No hay progresistas que me
acomoden la silla de ruedas. No hay católicos, judíos, musulmanes o ateos que me
brinden consuelo. Solo hay seres humanos sirviendo a otro ser humano. Ahí es
donde comienza la dignidad.
Y tal vez ahí también debería comenzar el liderazgo. El liderazgo no es la
capacidad de ganar discusiones. Es la voluntad de buscar la verdad antes que el
aplauso.
El verdadero liderazgo rechaza el racismo sin convertir a naciones enteras
en estereotipos.
Condena las palabras de odio sin olvidar la humanidad de quienes las
pronunciaron.
Recuerda que la justicia sin misericordia se convierte fácilmente en
autocomplacencia moral.
El fútbol, como la política, a menudo magnifica nuestros peores instintos.
La pasión puede volverse arrogancia. La celebración puede volverse insulto. El
orgullo nacional puede volverse exclusión.
Cuando eso ocurre, deberíamos pedir disculpas sin excusas. Pero las
disculpas nunca deberían exigir aceptar identidades falsas impuestas por otros.
La Argentina que conozco no está construida sobre el odio. Está construida
por inmigrantes que cruzaron océanos cargando poco más que esperanza. Está
construida por abuelos que escaparon de guerras. Por familias judías que
encontraron refugio. Por comerciantes sirios y libaneses. Por italianos y
españoles que reconstruyeron sus vidas. Por maestros, médicos, agricultores,
trabajadores y voluntarios que sirven silenciosamente a sus comunidades todos
los días. Esa Argentina rara vez se convierte en noticia internacional. Debería
serlo.
La lección más profunda de mi enfermedad es que a ninguno de nosotros nos
recordarán por las discusiones que ganamos en las redes sociales ni por los
insultos que dirigimos a desconocidos.
Nos recordarán por si aliviamos la carga de otra persona. Los países merecen
la misma medida.
Juzguen a Argentina por la verdad. Júzguennos por nuestra historia
completa. Júzguennos por nuestra voluntad de reconocer nuestros fracasos y
seguir creciendo. Pero, por favor, no nos juzguen por estereotipos.
El mundo ya ha sufrido suficiente por ellos.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/argentina-es-mas-que-lo-peor-que-se-ha-dicho-de-ella-nid24072026//Editado)
Comentario:
Este
texto plantea una defensa serena de la Argentina frente a las generalizaciones
que han circulado en las últimas semanas. Comparto plenamente esa mirada porque
parte de una premisa esencial: reconocer los errores propios no implica aceptar
caricaturas injustas. Una sociedad madura debe ser capaz de condenar el
racismo, la discriminación y cualquier forma de odio, pero también de rechazar
los estereotipos que reducen la identidad de un país a algunos episodios o
conductas individuales.
Resulta
especialmente valioso el llamado a observar la historia en toda su complejidad.
Ninguna nación puede definirse únicamente por sus momentos más oscuros, del
mismo modo que ninguna puede proclamarse moralmente superior por sus aciertos.
La honestidad exige asumir las deudas pendientes, pero también reconocer los
avances y los valores que han construido una sociedad a lo largo del tiempo.
El
presente mensaje adquiere una profundidad aún mayor cuando el autor habla desde
la fragilidad que le impone su enfermedad. Su experiencia recuerda que, más
allá de las diferencias políticas, religiosas o culturales, lo que
verdaderamente sostiene a las personas es la solidaridad. Esa perspectiva
humaniza un debate que con demasiada frecuencia queda atrapado en acusaciones,
prejuicios y enfrentamientos.
Coincido con la idea de
que el verdadero liderazgo consiste en buscar la verdad antes que la aprobación
inmediata. Solo así será posible condenar el odio sin alimentar nuevos
prejuicios. Argentina, como cualquier país, debe seguir mejorando, pero merece
ser juzgada por la totalidad de su historia y no por simplificaciones que solo
profundizan la división.
Clara Moras.
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