Una obra clásica, en la actuación de la selección
Tres valores de la literatura griega se pusieron
en juego con la actuación de Argentina en el Mundial
20 de
julio de 2026
Por Santiago Kovadloff
Cuando el gol
estremecedor de Enzo Fernández nos dio la victoria sobre Egipto, me asaltaron –
vaya a saber venidos de dónde – tres conceptos de la literatura
clásica griega que, a mi ver, calzaban cómodamente en la
caracterización de este Mundial; un Mundial que todavía guardaba grandes
incógnitas sobre su desenlace. Esos tres conceptos eran lo épico, lo lírico y lo dramático.
Lo épico
remite a una fortaleza que no conoce desmayos, a una conducta que no se arredra ante la adversidad y que se empeña en
alcanzar su objetivo aun en aquellos momentos en que todo parece indicar que su
suerte ha quedado sellada en la desgracia. Épico, pues, es el espíritu de
lucha.
Lírica es
esa voz que nos habla íntimamente, esa cercanía
que linda con la familiaridad y que proviene del encanto ejercido sobre
nosotros por aquellos por los que nos sentimos representados. Al actuar, al
hacerse oír, su palabra parece buscarnos a cada uno de nosotros y, a la vez y
misteriosamente, a todos. Gracias a lo que tan bien hacen, quienes despiertan
tanta cercanía se encuentran a nuestro lado mientras mágicamente nos llevan
adonde están, lejos de donde estamos.
Lo
dramático nos ahoga el corazón, en la
congoja, en la incertidumbre que nos niega la evidencia de un desenlace
favorable. La áspera sombra de una derrota acorrala nuestra esperanza en el
desencanto y parece haber decretado lo irreversible. En horas así, se diría, la
adversidad, aspira a devorarlo todo.
Estos tres
rasgos provenientes de la literatura clásica griega se me impusieron de pronto
como distintivos de todo lo vivido por la selección nacional. Y, como vivencias
de quienes, a lo largo de tantos días, la acompañamos haciendo nuestro cada
encuentro que le tocó protagonizar.
Creo por eso
que, en la historia del deporte mundial y por supuesto argentino, la actuación de la selección quedará inscripta como la de un
auténtico clásico, en el sentido proverbial de la palabra.
Pero hay más. Y
lo hay – gracias al fútbol – más allá del fútbol. En una sociedad como la
nuestra, que ha hecho del fracaso colectivo en órdenes esenciales una
experiencia estancada en la reiteración, la odisea del seleccionado obra con
fuerza reparadora. Se ha repetido hasta el cansancio que nos distinguen valores
individuales que no encuentran su correlato colectivo. Se insiste en que somos,
irremediablemente, abanderados de la fragmentación. La selección ha revitalizado el sueño de revertir
ese diagnóstico. En primer término, porque demostró que el liderazgo eficiente
puede prosperar unido a principios éticamente admirables. Lionel Scaloni como director técnico y Lionel Messi como capitán del equipo han devuelto
a la figura del líder la posibilidad de despertar sana admiración y poder de
representación. La idealización tiene, en casos como éste, fundamento en el
ejemplo de conductas y declaraciones que sorprenden por su hondura y notable
moderación. Lo advirtió un pueblo entero. Un pueblo entero lo reconoció. Un
pueblo tristemente familiarizado con la demagogia, con las imposiciones de la
corrupción, con la impunidad del delito, con la soberbia de los que mandan y el
desprecio del adversario. La integridad floreció ante nuestros ojos perplejos y
conmovidos.
Nada
asegura sin embargo que el sentimiento de unidad nacional, si bien fortalecido no solo por los éxitos sino esencialmente por el
espíritu de cohesión y de lucha de que dio pruebas la selección nacional, no se
extinguirá tras las movilizaciones que seguirán al arribo al país de estos
hombres admirables. Pero la evidencia de que es posible nutrirlo con
ejemplaridad tuvo lugar. Y la mejor prueba de ello es que el reconocimiento de la selección ya colma todos los corazones
argentinos, y ya quiere decir antes incluso de conocer el desenlace
del partido de ayer.
No estamos
ante una hinchada fervorosa. Es mucho más que
eso: estamos ante una sociedad que con todas sus contradicciones ha dejado de
estar hipotecada en el exclusivo desencanto con sus dirigentes. Esta
ejemplaridad, al ser tan alta en el deporte, logró, en nuestro país, ser
rotundamente cívica también.
En suma y como
bien dijo un inglés inolvidable: “Nunca tan pocos hicieron tanto
por tantos”.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/una-obra-clasica-en-la-actuacion-de-la-seleccion-nid20072026/(Editado)
Comentario:
Este
artículo invita a mirar la actuación de la Selección desde una perspectiva poco
habitual: no solo como una sucesión de triunfos deportivos, sino como un relato
que reúne los tres grandes elementos de la tragedia clásica: lo épico, lo
lírico y lo dramático. La comparación resulta acertada porque este equipo no
conquistó la admiración únicamente por ganar, sino por la manera en que
enfrentó la adversidad, sostuvo la esperanza y construyó una identidad
colectiva basada en el esfuerzo y la humildad.
Más
allá del fútbol, este texto plantea una reflexión valiosa sobre el liderazgo.
En una sociedad acostumbrada a la desconfianza hacia quienes ocupan posiciones
de poder, figuras como Scaloni y Messi demostraron que es posible conducir con
serenidad, respeto y coherencia. Su autoridad no nació del discurso
grandilocuente, sino del ejemplo cotidiano, del trabajo silencioso y de la
capacidad de poner al grupo por encima del protagonismo individual.
Quizá esa sea la enseñanza
más profunda que deja esta Selección. No cambió la realidad política ni
resolvió los problemas estructurales del país, pero recordó que la cooperación,
el compromiso y la integridad siguen siendo valores posibles. Por un instante,
millones de argentinos dejaron de sentirse unidos solo por la frustración y
compartieron una esperanza común. Tal vez ese sea el verdadero triunfo:
demostrar que el éxito colectivo nace cuando el talento individual encuentra un
propósito compartido y un liderazgo capaz de inspirarlo.
C.M.
No comments:
Post a Comment
All comments are welcomed as far as they are constructive and polite.