Sunday, September 27, 2026

La nueva desigualdad que puede crear la IA, por Brian Klaas

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La nueva desigualdad que puede crear la IA

Por qué la IA podría terminar garantizando que los inteligentes se vuelvan más inteligentes mientras todos los demás se quedan atrás

Brian Klaas

Mucho se ha escrito sobre el potencial y los peligros de la inteligencia artificial (IA). Los tecnomagnates la idolatran como una panacea que permite enriquecerse rápidamente y que además tiene un potencial emancipador, y hacen planes faraónicos para transferir sus mentes y consciencias al éter eterno gracias al poder de sus abultadas cuentas de criptomonedas. Los megamillonarios CEO de las empresas se babean ante el aumento de la productividad y el astronómico aumento de los márgenes de ganancia, liberados al fin de los molestos “sueldos a pagar”.

Por el contrario, los científicos sociales —y muchos ciudadanos conscientes— temen su disruptivo y masivo impacto en el empleo, así como el riesgo existencial que podría sumar a un sistema global ya de por sí frágil.

Para muchos, la postura ante la IA es de todo o nada: o es una catástrofe que vacía de humanidad a nuestra especie, o es una revolución de la información que dará paso a lo antes inimaginable, con un vertiginoso y estimulante empujón digital.

Pero esas reacciones contrapuestas pasan por alto una dinámica crucial y oculta que ya se puso en marcha hace tiempo. Y si no tenemos cuidado, uno de los impactos con mayores consecuencias de la IA será la aparición de una gran brecha cognitiva: una bifurcación de la inteligencia humana, una nueva era de desigualdad mental, con consecuencias duraderas para nuestra especie.

I - La aleccionadora advertencia del vuelo 447 de Air France

El 1 de junio de 2009, a unos 600 kilómetros al noreste de la costa de Brasil, el sistema de piloto automático del vuelo 447 de Air France con rumbo a París se desconectó abruptamente. Era algo sumamente inusual: desde el momento en que alcanzan la altitud crucero, la mayoría de los aviones comerciales vuelan casi todo el trayecto en piloto automático.

Así que de repente y sin preaviso, los pilotos se vieron obligados a realizar maniobras manuales que durante la mayor parte de su carrera habían delegado en una máquina. Los sensores arrojaban lecturas incorrectas e inverosímiles, las luces de advertencia se prendían y apagaban, sonaban las alertas sonoras, y los pilotos no lograban entender lo que pasaba. En medio de esa confusión, el piloto intentó ascender bruscamente y maniobró al avión en un ángulo demasiado pronunciado.

Incapaz de interpretar la información que mostraban los sensores, uno de los pilotos gritó con frustración: “¡No tengo ningún control sobre el avión!”.

Cuatro minutos después de que se desconectara el piloto automático, el avión, ya apagado, descendía a una velocidad de casi 3400 metros por segundo. Los pilotos, acostumbrados a delegar gran parte de la carga cognitiva del vuelo en su fiable piloto automático, no estaban preparados para que la máquina fallara.

El vuelo 447 de Air France se estrelló contra el océano a una velocidad tremenda. Se desintegró por completo, causando la muerte instantánea de los 228 pasajeros y tripulantes que iban a bordo.

Es un ejemplo especialmente trágico de delegación cognitiva: al depender durante tanto tiempo de dispositivos digitales falibles, las habilidades de los pilotos se deterioraron y perdieron parte de su capacidad de autonomía. Lo mismo demuestran las investigaciones sobre los taxistas de Londres, que tienden a tener un hipocampo más desarrollado gracias a tener que memorizar el mapa completo de la ciudad, mientras que quienes se desplazan utilizando Google Maps muestran un peor desempeño en memoria espacial que las generaciones anteriores. Conclusión: lo que no se usa, se pierde.

Yo mismo he escrito anteriormente sobre los peligros de la delegación cognitiva que he experimentado en carne propia:

Cuando era niño, podía recitar números de teléfono de memoria. Los teléfonos fijos, y después los primeros teléfonos móviles, mamotretos enormes y aparatosos, verdaderos “ladrillos” que uno cargaba en el bolso. Me sabía esos números de memoria, y todavía me los sé…

El número de mi mejor amigo, que vivía en la misma cuadra. El de mis padres. También sabía los nombres de las calles: a los 12 años, por mi mente serpenteaban cuadrículas y líneas, y yo era una especie de Google Maps humano. Por entonces uno aprendía a conocer un lugar gracias a la tecnología GPS de los años 90: “Go Play Somewhere”, o sea “Andá a jugar a otra parte”.

Después llegó el celular. Esa parte de mi cerebro hasta entonces dedicada a retener cifras y coordenadas fue transferida a aquel pequeño teléfono con tapa, y nunca la recuperé. No me sé ningún número de teléfono nuevo y los nombres de las calles pasaron de moda; el futuro es la geocodificación de What3Words. Ahora es fácil ignorar el entorno, porque siempre está la opción de consultarle al teléfono. Ahora la gente nos dice: “¡¿Cómo que te perdiste?! ¿Te quedaste sin batería en el celu?”

Diversos estudios ya han señalado los riesgos de la externalización cognitiva por el uso de modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM), como ChatGPT. Un estudio de 2025 del MIT (con una muestra reducida) reveló menor conectividad cerebral en personas que redactaron un ensayo con ayuda de ChatGPT, así como incapacidad para recordar lo que acababan de escribir. Asimismo, un estudio de 2026 —preocupante, aunque preliminar— aporta pruebas de que cuando las personas utilizan la IA para realizar tareas, se vuelven menos constantes, abandonan más rápido el aprendizaje de algo, y presentan un rendimiento general inferior.

Al evaluar conocimientos recientemente adquiridos, un estudio de 2026 demostró que las personas asistidas por IA obtenían peores resultados y desistían de contestar las preguntas antes que quienes aprendían de forma “natural”.

Nuestro mundo está a punto de atravesar el mayor experimento natural en la historia de la cognición: ¿Qué pasaría si la mayoría de las tareas que antes requerían cierto nivel de procesamiento intelectual pudieran delegarse simplemente en una máquina? Y más importante aún: a medida que esto ocurra, ¿quiénes serán los ganadores y quiénes los perdedores de esa nueva realidad, dado que amenaza nuestra capacidad colectiva para pensar de manera eficiente?

II - Gimnasios cognitivos y la IA como amplificador

Imaginemos que alguien se nos acerca en el gimnasio para darnos un consejo útil mientras estamos levantando pesas o en la cinta de correr.

“Un autoelevador podría levantar la misma cantidad de peso con muchísimo menos esfuerzo”, nos ​​dice. “Y en esa cinta no estás optimizando el tiempo: en bicicleta podrías recorrer cinco kilómetros mucho más rápido, o mejor aún, en coche”.

Cualquiera de nosotros se preguntaría, con todo derecho, si esa persona sufre algún trastorno mental, porque si bien sus sugerencias son obviamente correctas, ha cometido un garrafal error categórico: el objetivo de ir al gimnasio no es liberar la mayor cantidad posible de peso del obstinado empuje de la gravedad, ni correr en la cinta la mayor distancia posible en el menor tiempo. Si así fuera, ni siquiera existirían los gimnasios: las máquinas ya pueden hacer todo eso mejor que nosotros.

Sin embargo, a no todo el mundo le sirven los gimnasios. Para quien está postrado en cama o no tiene ni idea de cómo levantar pesas, el mero hecho de que exista un gimnasio no hace que ganen fuerza o se puedan parar. De hecho, la presencia de un gimnasio incluso podría profundizar la brecha estadística de salud física entre los habitantes de determinada zona, porque para alguien que ya está en forma y sabe cómo ejercitarse, la apertura de un gimnasio cerca de su casa puede desbloquear y acelerar mejoras y beneficios en su cuerpo, y quienes no estaban en forma seguirán sin estarlo, mientras que los que estaban más en forma estarán aún mejor.

Ahora, agreguemos a esa ecuación un tercer tipo de persona: alguien que nunca va al gimnasio pero usa anabólicos esteroides para parecer más fuerte. Es probable que esa persona desarrolle una visible musculatura, y al verla por la calle podríamos presumir erróneamente que va al gimnasio con regularidad. Pero es todo una ilusión: si le hicieran exámenes médicos, probablemente estaría menos sana que antes de tomar los esteroides. Apariencia sin sustancia.

Aplicado a la humanidad, la IA podría terminar cumpliendo la función de una especie de gimnasio cognitivo. Más que tener efectos uniformes y generalizados, la IA puede actuar como un amplificador que profundice un abismo entre dos grupos de personas: las que poseen gran capacidad de pensamiento crítico y disposición para aprender, y quienes que carecen de esos rasgos.

Admito que a primera vista no parece así. Para el ojo inexperto, la IA puede parecer una gran herramienta igualadora, que hace posible que personas funcionalmente analfabetas elaboren mágicamente un pastiche vistoso, pero vacío, que pasa por prosa pulida aunque carezca de todo contenido intelectual original.

Es mucha la gente que se parece al haragán que en vez de ir al gimnasio toma esteroides, el que cayó en la tentación de usar una autoelevadora para levantar pesas. Parecen más inteligentes por los resultados que generan, mientras su propia inteligencia se va marchitando. Al delegar cada vez más el pensamiento crítico en herramientas de IA, esa excesiva tercerización cognitiva hacia la máquina les atrofia el cerebro.

La IA ya bajó la vara de la calidad de la producción humana: ahora, generar resultados mediocres es absurdamente fácil. Apretando un par de teclas, cualquiera puede “escribir” una publicación de LinkedIn medianamente atractiva —aunque con algo de falsa modestia— o un informe técnico aceptable. Y las presentaciones de PowerPoint y las hojas de cálculo son directamente un juego de niños.

Sin embargo, la IA también elevó el techo de lo posible para quienes ya poseen pensamiento crítico y voluntad de aprender, los profesionales del conocimiento capaces de potenciar las habilidades que ya tenían, gracias a potentes herramientas de apoyo digital.

Los matemáticos podrían analizar problemas complejos con mayor rapidez, incluso con resultados ingeniosos e inesperados, y eso les permitiría dedicarle más tiempo a las fronteras matemáticas verdaderamente difíciles del conocimiento. Y antes de emprender una nueva investigación científica de gran envergadura, un científico podría entablar una “tormenta de ideas” intelectual con la IA para identificar los posibles abordajes investigativos.

En los países emergentes, a las personas inteligentes e intelectualmente curiosas que carecen de acceso a una educación formal se les puede abrir la puerta hacia un futuro de desarrollo cognitivo antes inalcanzable, gracias a herramientas gratuitas de enseñanza basadas en la IA (y eso en parte tal vez explique por qué en los países más pobres son tan optimistas con la IA).

Como escribió el biólogo evolutivo Stephen Jay Gould en su célebre libro El pulgar del panda: “En cierto modo, me interesa, menos el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein que la certeza casi absoluta de que hubo personas con igual talento que fueron explotados y murieron en algodonales y talleres clandestinos”.

El impacto social neto de la IA bien podría derivar en un mundo de desigualdad económica más profunda, haciendo realidad la fantasía suprema de los tecnomagnates de Silicon Valley: la creación de una subclase permanente. En los países ricos, millones de personas perderían su trabajo mientras los billonarios se transforman en trillonarios. Y en los países pobres, por optimistas que sean, no hay ningún Silicon Valley, así que la casi totalidad de los valiosos frutos de la innovación tecnológica serán cosechados, una vez más, en el Norte Global.

No obstante, un individuo ambicioso e ingenioso de un país pobre hoy puede volver a su casa después de un día de trabajo precario y utilizar gratuitamente herramientas de IA que lo instruyen mucho mejor de lo que jamás habría podido pagarse anteriormente. Sin embargo, eso solo sirve de catalizador para cierto tipo de individuo: una persona iletrada, agotada por una labor extenuante en condiciones precarias o incapaz de salir de la informalidad laboral puede pasarse interminables horas en ChatGPT aprendiendo matemática e ingeniería, o dominando nuevas áreas de las humanidades, gracias a una instrucción y tutoriales progresivos; sin embargo, eso difícilmente tenga repercusiones más allá de su desarrollo cognitivo.

Por lo tanto, el resultado más probable es muy crudo: los pensadores críticos, trabajadores e intelectualmente curiosos que sepan utilizar la IA para potenciar su inteligencia se volverán más inteligentes, y los demás, mientras tanto, se rezagarán cognitivamente, delegando gustosamente todo esfuerzo mental en las máquinas.

Para entender la razón, debemos analizar un marco económico útil y que explica a la perfección por qué la IA generará una bifurcación en las capacidades cognitivas, dependiendo de quién la utilice y de cómo la incorpore a su vida.

III - Sustitutos versus complementos

Los economistas señalan la distinción teórica entre sustitutos y complementos. ¿Un bien reemplaza a otro o lo respalda y lo mejora? Un concepto relacionado es el de desplazamiento, ese fenómeno por el cual una innovación tecnológica deja obsoleta a una tecnología anterior.

Cuando se inventaron los cajeros automáticos, muchos temieron que el puesto de cajero desaparecería y que cientos de miles de personas perderían su trabajo en un abrir y cerrar de ojos debido a la automatización. Sin embargo, a medida que los cajeros automáticos dejaron de ser una tecnología futurista marginal y se convirtieron en un elemento omnipresente de la vida cotidiana, durante ese periodo el número de empleados de ventanilla aumentó ligeramente.

David Autor estudió este fenómeno y explicó que eso permitió que los empleados bancarios se dedicaran a la llamada banca relacional: la venta de productos bancarios a los clientes, en vez de limitarse a la rutinaria tarea de contar billetes con la mano. Es un ejemplo claro de algo que parecía destinado a desplazar el empleo, pero que acabó complementándolo. Si aplicamos esos conceptos económicos al auge del uso de la IA y a la externalización de las demandas cognitivas, obtenemos un marco claro para comprender lo que denomino la gran brecha cognitiva que asoma en el horizonte.

Para el matemático que utiliza la IA para ampliar las fronteras teóricas de su saber, o para el cirujano cardíaco que se vale de ella para idear nuevas intervenciones médicas con mayor precisión, la inteligencia artificial no desplaza su pensamiento crítico, sino que más bien amplifica su eficacia intelectual y potencia la capacidad de su cerebro para centrarse en la innovación y en encontrar soluciones creativas a problemas obstinados que no pueden resolverse con los datos de entrenamiento existentes.

Por el contrario, si una persona que antes debía emplear su cerebro para llenar hojas de cálculo o redactar informes técnicos ahora utiliza herramientas de IA exclusivamente para delegar su pensamiento crítico —aunque realice las mismas tareas—, con el tiempo esos cerebros individuales acabarán atrofiándose, por no estar sometidos al esfuerzo suficiente para mantenerlos cognitivamente activos. (Lo mismo pasa con navegar pasivamente por las redes sociales, que suele desplazar, y no complementar, actividades cognitivas más enriquecedoras, como la lectura de libros).

Sin embargo, muchas de las tareas que realizan actualmente los seres humanos son tediosas y rutinarias, y la gente se pasa la vida laboral en lo que David Graeber calificó muy gráficamente como bullshit jobs (trabajo “de mierda” o “de mentira”). Aquí es donde el ejemplo de los cajeros automáticos ofrece motivos para el optimismo. La innovación que supuso el cajero automático resultó beneficiosa para todos, y especialmente para el cajero de ventanilla, ​​que pudo centrarse en actividades intelectualmente más estimulantes.

Asimismo, si la IA puede ayudar a agilizar lo que Jamie Bartlett denomina tecnoadministración —esas tareas digitales que consumen el espíritu y que todos debemos realizar en la vida moderna—, ese sería un desplazamiento que habría que celebrar. (No desperdiciar neuronas marcando casillas digitales).

Por eso, estas categorías ofrecen un sólido encuadre teórico para comprender una nueva frontera de la carga cognitiva: el objetivo de la IA para los seres humanos debería ser desplazar las tareas aburridas y tediosas que no aportan nada a nuestra experiencia intelectual de vivir, y complementar nuestras pasiones cognitivas amplificando nuestros talentos naturales y habilidades existentes.

IV: Resistirse al canto de sirena de la delegación cognitiva

Sin embargo, tal como sostenía en mi ensayo anterior sobre “La muerte de la monografía estudiantil”, la amplificación de la inteligencia solo puede producirse cuando el individuo ya posee habilidades de pensamiento crítico y está dispuesto a cultivar dicho pensamiento como un fin en sí mismo. Si no se aprende a usar el “gimnasio cognitivo” ni se esta dispuesto a realizar el exigente trabajo de generar ideas, el cerebro no se desarrolla.

En cuanto a los jóvenes que sustituyen o desplazan su educación con atajos de IA —externalizando o delegando así el proceso de aprender a pensar—, la inteligencia artificial nunca llegará a complementar su capacidad de cognición. Por el contrario, convertirá la educación en un callejón sin salida mental, un límite infranqueable para lo que de otro modo podría ser una vida interior rica, marcada por la curiosidad y el conocimiento.

Del mismo modo, quienes ponen erróneamente como objetivo final “los resultados” —en lugar de considerarlos simplemente el subproducto económicamente útil de poner el cerebro en marcha— se sentirán cada vez más tentados a delegar todo en herramientas de IA, poniéndose en la misma situación que quienes nunca llegaron a desarrollar el pensamiento crítico.

Para ambos grupos el problema es el siguiente: algunas personas llegarán a dominar realmente bien ChatGPT o alguna otra IA y generarán resultados aparentemente excelentes, lo que les inducirá a creer falsamente que poseen una ventaja comparativa.

Pero si no aprenden a pensar, cualquier habilidad que desarrollen basada en la IA adolecerá de dos defectos:

En primer lugar, sus competencias estarán atadas exclusivamente a una tecnología concreta, en lugar de constituir una aptitud cognitiva flexible capaz de perdurar ante futuros avances tecnológicos.

En segundo lugar, dichas habilidades no serán en absoluto singulares. Hoy en día, es posible obtener una ventaja profesional gracias al dominio de herramientas de IA, dado que algunas personas se adaptan mejor que otras a esta tecnología. Sin embargo, así como antes la gente incluía con orgullo en sus CV que dominaba Word y Excel, con el paso del tiempo esas habilidades pasaron a darse por sentadas. Y en un mundo que inevitablemente integrará la IA en la experiencia humana, nadie destacará por su habilidad para redactar prompts (instrucciones) para la IA.

Por eso, mientras la externalización cognitiva seduce a una población obsesionada con la eficiencia optimizada, la ventaja finalmente la tendrán los pensadores inteligentes y diligentes que complementan su propia inteligencia en lugar de sustituir su mente por un modelo de lenguaje (LLM).

A esto los convoco: a resistir el canto de sirena de una excesiva delegación cognitiva. La próxima vez que utilicen ChatGPT pregúntense: ¿lo estoy usando como sustituto de mi mente o como un complemento que me permite usar mejor mi cerebro? ¿Estoy agilizando una tarea irrelevante para centrarme en ideas más interesantes, o me estoy privando de esas ideas interesantes porque me sedujo un atajo?

El cerebro humano es la creación más compleja y maravillosa del universo conocido, pero si no se utiliza, se marchita. Y me preocupa que con cada instrucción mecánica y carente de reflexión que le damos a la IA ya estemos avanzando como sonámbulos, paso a paso, hacia ese abismo mental.

(Traducción de Jaime Arrambide)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/la-gran-brecha-cognitiva-la-nueva-desigualdad-que-puede-crear-la-ia-nid26092026/

(Editado)


Comentario:

El presente artículo ofrece una lectura sumamente lúcida y oportuna sobre el impacto de la inteligencia artificial, desplazando el debate habitual hacia un riesgo menos visible pero más profundo: la "gran brecha cognitiva".

Frente a la polarización simplista que ve a la IA o bien como una salvación mesiánica o bien como una catástrofe total, el texto advierte sobre los peligros de la delegación y la externalización mental. Utilizando la trágica metáfora del vuelo 447 de Air France y la analogía de los gimnasios, el autor ilustra con precisión cómo el cerebro humano —al igual que un músculo— se atrofia cuando se prescinde del esfuerzo intelectual, un fenómeno respaldado por estudios recientes sobre el uso de modelos de lenguaje.

Lo más valioso del análisis es la distinción económica entre sustitutos y complementos. Mientras que los pensadores curiosos y críticos utilizan la IA para potenciar sus capacidades y elevar el techo de lo posible, quienes caen en la tentación de sustituir su propio pensamiento por atajos tecnológicos terminan atrofiando sus habilidades cognitivas y quedando rezagados. En última instancia, la verdadera desigualdad del futuro no será solo económica, sino mental: un abismo entre quienes usan las herramientas para pensar mejor y quienes eligen dejar de pensar. Una advertencia indispensable para no caminar como sonámbulos hacia el estancamiento intelectual.

 Clara Moras.

 


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