La nueva desigualdad que puede crear la IA
Por qué la IA podría terminar garantizando que los inteligentes se
vuelvan más inteligentes mientras todos los demás se quedan atrás
Brian
Klaas
Mucho se ha
escrito sobre el potencial y los peligros de la inteligencia artificial (IA).
Los tecnomagnates la idolatran como una panacea que permite
enriquecerse rápidamente y que además tiene un potencial emancipador, y hacen
planes faraónicos para transferir sus mentes y consciencias al éter eterno
gracias al poder de sus abultadas cuentas de criptomonedas. Los megamillonarios CEO de las empresas se babean ante el
aumento de la productividad y el astronómico aumento de los márgenes de
ganancia, liberados al fin de los molestos “sueldos a pagar”.
Por el
contrario, los científicos sociales —y muchos ciudadanos conscientes— temen su disruptivo y masivo impacto en el empleo, así
como el riesgo existencial que podría sumar a un sistema global
ya de por sí frágil.
Para muchos, la
postura ante la IA es de todo o nada: o es una catástrofe que vacía de
humanidad a nuestra especie, o es una revolución de la información que dará
paso a lo antes inimaginable, con un vertiginoso y estimulante empujón digital.
Pero esas
reacciones contrapuestas pasan por alto una dinámica crucial y oculta que ya se
puso en marcha hace tiempo. Y si no tenemos cuidado, uno de los impactos con
mayores consecuencias de la IA será la aparición de una gran brecha cognitiva: una bifurcación de la inteligencia
humana, una nueva era de desigualdad mental, con consecuencias duraderas para
nuestra especie.
I - La
aleccionadora advertencia del vuelo 447 de Air France
El 1 de junio de
2009, a unos 600 kilómetros al noreste de la costa de Brasil, el sistema de
piloto automático del vuelo 447 de Air France con
rumbo a París se desconectó abruptamente. Era algo sumamente inusual: desde el
momento en que alcanzan la altitud crucero, la mayoría de los aviones
comerciales vuelan casi todo el trayecto en piloto automático.
Así que de
repente y sin preaviso, los pilotos se vieron obligados a realizar maniobras
manuales que durante la mayor parte de su carrera habían delegado en una
máquina. Los sensores arrojaban lecturas incorrectas e inverosímiles, las luces
de advertencia se prendían y apagaban, sonaban las alertas sonoras, y los pilotos no lograban entender lo que pasaba. En
medio de esa confusión, el piloto intentó ascender bruscamente y maniobró al
avión en un ángulo demasiado pronunciado.
Incapaz de
interpretar la información que mostraban los sensores, uno de los pilotos gritó
con frustración: “¡No tengo ningún control sobre el avión!”.
Cuatro minutos
después de que se desconectara el piloto automático, el avión, ya apagado,
descendía a una velocidad de casi 3400 metros por segundo. Los pilotos,
acostumbrados a delegar gran parte de la carga cognitiva del vuelo en su fiable
piloto automático, no estaban preparados para que la máquina fallara.
El vuelo 447 de
Air France se estrelló contra el océano a una velocidad tremenda.
Se desintegró por completo, causando la muerte instantánea de los 228 pasajeros
y tripulantes que iban a bordo.
Es un ejemplo
especialmente trágico de delegación cognitiva:
al depender durante tanto tiempo de dispositivos digitales
falibles, las habilidades de los pilotos se
deterioraron y perdieron parte de su capacidad de autonomía. Lo
mismo demuestran las investigaciones sobre los taxistas de Londres, que tienden
a tener un hipocampo más desarrollado gracias a tener que memorizar el mapa
completo de la ciudad, mientras que quienes se desplazan utilizando Google Maps
muestran un peor desempeño en memoria espacial que las generaciones anteriores.
Conclusión: lo que no se usa, se pierde.
Yo mismo he
escrito anteriormente sobre los peligros de la delegación cognitiva que he
experimentado en carne propia:
Cuando era niño, podía recitar números de teléfono de memoria. Los teléfonos
fijos, y después los primeros teléfonos móviles, mamotretos enormes y
aparatosos, verdaderos “ladrillos” que uno cargaba en el bolso. Me sabía esos
números de memoria, y todavía me los sé…
El número de mi
mejor amigo, que vivía en la misma cuadra. El de mis padres. También sabía los nombres de las calles: a los 12 años, por mi
mente serpenteaban cuadrículas y líneas, y yo era una especie de Google Maps
humano. Por entonces uno aprendía a conocer un lugar gracias a la
tecnología GPS de los años 90: “Go Play Somewhere”,
o sea “Andá a jugar a otra parte”.
Después llegó el
celular. Esa parte de mi cerebro hasta entonces dedicada a retener cifras y
coordenadas fue transferida a aquel pequeño teléfono con tapa, y nunca la
recuperé. No me sé ningún número de teléfono nuevo y los nombres de las
calles pasaron de moda; el futuro es la geocodificación de What3Words. Ahora
es fácil ignorar el entorno, porque siempre está la opción de consultarle al
teléfono. Ahora la gente nos dice: “¡¿Cómo que te perdiste?! ¿Te quedaste sin
batería en el celu?”
Diversos
estudios ya han señalado los riesgos de la externalización cognitiva por el uso
de modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM), como ChatGPT. Un estudio de 2025
del MIT (con una muestra reducida) reveló menor conectividad
cerebral en personas que redactaron un ensayo con ayuda de ChatGPT,
así como incapacidad para recordar lo que acababan de escribir. Asimismo, un
estudio de 2026 —preocupante, aunque preliminar— aporta pruebas de que cuando
las personas utilizan la IA para realizar tareas, se vuelven menos constantes,
abandonan más rápido el aprendizaje de algo, y presentan un rendimiento general
inferior.
Al evaluar
conocimientos recientemente adquiridos, un estudio de 2026 demostró que las
personas asistidas por IA obtenían peores resultados
y desistían de contestar las preguntas antes que quienes aprendían de forma
“natural”.
Nuestro mundo
está a punto de atravesar el mayor experimento natural en la historia de la
cognición: ¿Qué pasaría si la mayoría de las tareas que antes requerían cierto
nivel de procesamiento intelectual pudieran delegarse simplemente en una
máquina? Y más importante aún: a medida que esto ocurra, ¿quiénes serán los ganadores y quiénes los perdedores de esa
nueva realidad, dado que amenaza nuestra capacidad colectiva para pensar de
manera eficiente?
II -
Gimnasios cognitivos y la IA como amplificador
Imaginemos que
alguien se nos acerca en el gimnasio para darnos un consejo útil mientras
estamos levantando pesas o en la cinta de correr.
“Un
autoelevador podría levantar la misma cantidad de peso con muchísimo menos
esfuerzo”, nos dice. “Y en esa cinta no estás optimizando el
tiempo: en bicicleta podrías recorrer cinco kilómetros mucho más rápido, o
mejor aún, en coche”.
Cualquiera de
nosotros se preguntaría, con todo derecho, si esa persona sufre algún trastorno
mental, porque si bien sus sugerencias son obviamente correctas, ha cometido un
garrafal error categórico: el objetivo de ir al gimnasio
no es liberar la mayor cantidad posible de peso del obstinado empuje de la
gravedad, ni correr en la cinta la mayor distancia posible en el
menor tiempo. Si así fuera, ni siquiera existirían los gimnasios: las máquinas
ya pueden hacer todo eso mejor que nosotros.
Sin embargo, a
no todo el mundo le sirven los gimnasios. Para quien está postrado en cama o no
tiene ni idea de cómo levantar pesas, el mero hecho de que exista un gimnasio
no hace que ganen fuerza o se puedan parar. De hecho, la presencia de un gimnasio incluso podría profundizar la
brecha estadística de salud física entre los habitantes de determinada zona,
porque para alguien que ya está en forma y sabe cómo ejercitarse, la apertura
de un gimnasio cerca de su casa puede desbloquear y acelerar mejoras y
beneficios en su cuerpo, y quienes no estaban en forma seguirán sin estarlo,
mientras que los que estaban más en forma estarán aún mejor.
Ahora, agreguemos
a esa ecuación un tercer tipo de persona: alguien que nunca va al gimnasio pero
usa anabólicos esteroides para parecer más fuerte.
Es probable que esa persona desarrolle una visible musculatura, y al verla por
la calle podríamos presumir erróneamente que va al gimnasio con regularidad.
Pero es todo una ilusión: si le hicieran exámenes médicos, probablemente estaría menos sana
que antes de tomar los esteroides. Apariencia sin sustancia.
Aplicado a la
humanidad, la IA podría terminar cumpliendo la función de una especie de gimnasio cognitivo. Más que tener efectos uniformes y
generalizados, la IA puede actuar como un amplificador que
profundice un abismo entre dos grupos de personas: las que poseen
gran capacidad de pensamiento crítico y disposición para aprender, y quienes
que carecen de esos rasgos.
Admito que a
primera vista no parece así. Para el ojo inexperto, la IA puede parecer una gran
herramienta igualadora, que hace posible que personas funcionalmente
analfabetas elaboren mágicamente un pastiche vistoso, pero vacío, que pasa por
prosa pulida aunque carezca de todo contenido intelectual original.
Es mucha la
gente que se parece al haragán que en vez de ir al gimnasio toma esteroides, el
que cayó en la tentación de usar una autoelevadora para levantar pesas. Parecen más inteligentes por los
resultados que generan, mientras su propia inteligencia se va marchitando.
Al delegar cada vez más el pensamiento crítico en herramientas de IA, esa
excesiva tercerización cognitiva hacia la máquina les atrofia el cerebro.
La IA ya bajó la vara de la calidad de la producción humana: ahora, generar resultados mediocres es absurdamente fácil. Apretando
un par de teclas, cualquiera puede “escribir” una publicación de LinkedIn
medianamente atractiva —aunque con algo de falsa modestia— o un informe técnico
aceptable. Y las presentaciones de PowerPoint y las hojas de cálculo son
directamente un juego de niños.
Sin embargo, la
IA también elevó el techo de lo posible para quienes ya poseen
pensamiento crítico y voluntad de aprender, los profesionales del
conocimiento capaces de potenciar las habilidades que ya tenían, gracias
a potentes herramientas de apoyo digital.
Los matemáticos
podrían analizar problemas complejos con mayor rapidez, incluso con resultados
ingeniosos e inesperados, y eso les permitiría dedicarle más tiempo a las
fronteras matemáticas verdaderamente difíciles del conocimiento. Y antes de
emprender una nueva investigación científica de gran envergadura, un científico
podría entablar una “tormenta de ideas” intelectual con
la IA para identificar los posibles abordajes investigativos.
En los países
emergentes, a las personas inteligentes e intelectualmente curiosas que carecen
de acceso a una educación formal se les puede abrir la puerta
hacia un futuro de desarrollo cognitivo antes inalcanzable, gracias
a herramientas gratuitas de enseñanza basadas en la IA (y eso en parte tal vez
explique por qué en los países más pobres son tan optimistas con la IA).
Como escribió el
biólogo evolutivo Stephen Jay Gould en su célebre
libro El pulgar del panda: “En cierto modo, me interesa,
menos el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein
que la certeza casi absoluta de que hubo personas con igual talento que fueron
explotados y murieron en algodonales y talleres clandestinos”.
El impacto
social neto de la IA bien podría derivar en un mundo de desigualdad económica
más profunda, haciendo realidad la fantasía suprema de los tecnomagnates de
Silicon Valley: la creación de una subclase permanente. En los países ricos, millones de personas perderían su trabajo
mientras los billonarios se transforman en trillonarios. Y en los
países pobres, por optimistas que sean, no hay ningún Silicon Valley, así que
la casi totalidad de los valiosos frutos de la innovación tecnológica serán
cosechados, una vez más, en el Norte Global.
No obstante, un individuo ambicioso e ingenioso de un país pobre hoy
puede volver a su casa después de un día de trabajo precario y utilizar
gratuitamente herramientas de IA que lo instruyen mucho mejor de lo que jamás
habría podido pagarse anteriormente. Sin embargo, eso solo sirve de catalizador
para cierto tipo de individuo: una persona iletrada, agotada
por una labor extenuante en condiciones precarias o incapaz de salir de la
informalidad laboral puede pasarse interminables horas en ChatGPT aprendiendo
matemática e ingeniería, o dominando nuevas áreas de las humanidades, gracias a
una instrucción y tutoriales progresivos; sin embargo, eso difícilmente tenga
repercusiones más allá de su desarrollo cognitivo.
Por lo tanto, el
resultado más probable es muy crudo: los pensadores críticos, trabajadores e
intelectualmente curiosos que sepan utilizar la IA para potenciar su
inteligencia se volverán más inteligentes, y los demás, mientras
tanto, se rezagarán cognitivamente, delegando gustosamente todo esfuerzo mental
en las máquinas.
Para entender la
razón, debemos analizar un marco económico útil y que explica a la perfección
por qué la IA generará una bifurcación en las capacidades cognitivas,
dependiendo de quién la utilice y de cómo la incorpore a su vida.
III -
Sustitutos versus complementos
Los economistas
señalan la distinción teórica entre sustitutos y complementos. ¿Un bien reemplaza a otro o lo
respalda y lo mejora? Un concepto relacionado es el de desplazamiento, ese fenómeno por el cual una innovación
tecnológica deja obsoleta a una tecnología anterior.
Cuando se inventaron
los cajeros automáticos, muchos temieron que el puesto de
cajero desaparecería y que cientos de miles de personas perderían su trabajo en
un abrir y cerrar de ojos debido a la automatización. Sin embargo, a medida que
los cajeros automáticos dejaron de ser una tecnología futurista marginal y se
convirtieron en un elemento omnipresente de la vida cotidiana, durante ese
periodo el número de empleados de ventanilla aumentó ligeramente.
David Autor
estudió este fenómeno y explicó que eso permitió que los empleados bancarios se
dedicaran a la llamada banca relacional: la venta de productos bancarios a los clientes, en vez de
limitarse a la rutinaria tarea de contar billetes con la mano. Es un
ejemplo claro de algo que parecía destinado a desplazar el empleo, pero que
acabó complementándolo. Si aplicamos esos conceptos económicos al auge del uso
de la IA y a la externalización de las demandas cognitivas, obtenemos un marco
claro para comprender lo que denomino la gran brecha cognitiva
que asoma en el horizonte.
Para el
matemático que utiliza la IA para ampliar las fronteras teóricas de su saber, o
para el cirujano cardíaco que se vale de ella para idear nuevas intervenciones
médicas con mayor precisión, la inteligencia artificial no desplaza su
pensamiento crítico, sino que más bien amplifica su eficacia
intelectual y potencia la capacidad de su cerebro para centrarse en
la innovación y en encontrar soluciones creativas a problemas obstinados que no pueden resolverse con los datos de entrenamiento
existentes.
Por el
contrario, si una persona que antes debía emplear su cerebro para llenar hojas
de cálculo o redactar informes técnicos ahora utiliza herramientas de IA
exclusivamente para delegar su pensamiento crítico —aunque realice las mismas
tareas—, con el tiempo esos cerebros individuales acabarán atrofiándose, por
no estar sometidos al esfuerzo suficiente para mantenerlos cognitivamente
activos. (Lo mismo pasa con navegar pasivamente por las
redes sociales, que suele desplazar, y no complementar, actividades
cognitivas más enriquecedoras, como la lectura de libros).
Sin embargo, muchas de las tareas que realizan actualmente los seres
humanos son tediosas y rutinarias, y la gente se pasa la vida laboral en lo que
David Graeber calificó muy gráficamente como bullshit jobs (trabajo
“de mierda” o “de mentira”). Aquí es donde el ejemplo de los
cajeros automáticos ofrece motivos para el optimismo. La innovación
que supuso el cajero automático resultó beneficiosa para todos, y especialmente
para el cajero de ventanilla, que pudo
centrarse en actividades intelectualmente más estimulantes.
Asimismo, si la
IA puede ayudar a agilizar lo que Jamie Bartlett denomina tecnoadministración —esas tareas
digitales que consumen el espíritu y que todos debemos realizar en la vida
moderna—, ese sería un desplazamiento que habría que celebrar. (No desperdiciar
neuronas marcando casillas digitales).
Por eso, estas
categorías ofrecen un sólido encuadre teórico para comprender una nueva
frontera de la carga cognitiva: el objetivo de la IA para los
seres humanos debería ser desplazar las tareas aburridas y tediosas que no
aportan nada a nuestra experiencia intelectual de vivir, y
complementar nuestras pasiones cognitivas amplificando nuestros talentos
naturales y habilidades existentes.
IV:
Resistirse al canto de sirena de la delegación cognitiva
Sin embargo, tal
como sostenía en mi ensayo anterior sobre “La muerte de la monografía
estudiantil”, la amplificación de la inteligencia solo puede
producirse cuando el individuo ya posee habilidades
de pensamiento crítico y está dispuesto a cultivar dicho pensamiento como un
fin en sí mismo. Si no se aprende a usar el “gimnasio cognitivo”
ni se esta dispuesto a realizar el exigente trabajo de generar ideas, el
cerebro no se desarrolla.
En cuanto a los
jóvenes que sustituyen o desplazan su educación con atajos de IA
—externalizando o delegando así el proceso de aprender a pensar—, la inteligencia artificial nunca llegará a complementar su
capacidad de cognición. Por el contrario, convertirá la educación en
un callejón sin salida mental, un límite infranqueable para lo que de otro modo
podría ser una vida interior rica, marcada por la curiosidad y el conocimiento.
Del mismo modo,
quienes ponen erróneamente como objetivo final “los resultados” —en lugar de considerarlos simplemente el subproducto
económicamente útil de poner el cerebro en marcha— se sentirán cada
vez más tentados a delegar todo en herramientas de IA,
poniéndose en la misma situación que quienes nunca llegaron a desarrollar el
pensamiento crítico.
Para ambos
grupos el problema es el siguiente: algunas personas llegarán a dominar realmente bien ChatGPT o alguna
otra IA y generarán resultados aparentemente excelentes, lo que les inducirá a
creer falsamente que poseen una ventaja comparativa.
Pero si no aprenden a pensar, cualquier habilidad que
desarrollen basada en la IA adolecerá de dos defectos:
En primer lugar, sus competencias estarán atadas exclusivamente a una tecnología
concreta, en lugar de constituir una aptitud cognitiva flexible
capaz de perdurar ante futuros avances tecnológicos.
En segundo
lugar, dichas habilidades no serán en absoluto singulares. Hoy en día, es
posible obtener una ventaja profesional gracias al dominio de herramientas de
IA, dado que algunas personas se adaptan mejor que otras a esta tecnología. Sin embargo, así como antes la gente incluía con orgullo en sus CV
que dominaba Word y Excel, con el paso del tiempo esas habilidades pasaron a
darse por sentadas. Y en un mundo que inevitablemente integrará la
IA en la experiencia humana, nadie destacará por
su habilidad para redactar prompts
(instrucciones) para la IA.
Por eso,
mientras la externalización cognitiva seduce a una población obsesionada con la
eficiencia optimizada, la ventaja finalmente la tendrán
los pensadores inteligentes y diligentes que complementan su propia
inteligencia en lugar de sustituir su mente
por un modelo de lenguaje (LLM).
A esto los
convoco: a resistir el canto de sirena de una excesiva delegación cognitiva. La
próxima vez que utilicen ChatGPT pregúntense: ¿lo estoy usando como
sustituto de mi mente o como un complemento que me permite usar mejor mi
cerebro? ¿Estoy agilizando una tarea irrelevante para centrarme en
ideas más interesantes, o me estoy privando de esas ideas interesantes porque
me sedujo un atajo?
El cerebro
humano es la creación más compleja y maravillosa del universo conocido, pero si no se utiliza, se marchita. Y me preocupa que
con cada instrucción mecánica y carente de reflexión que le damos a la IA ya
estemos avanzando como sonámbulos, paso a paso, hacia ese abismo mental.
(Traducción
de Jaime Arrambide)
(Editado)
Comentario:
El presente artículo ofrece una lectura
sumamente lúcida y oportuna sobre el impacto de la inteligencia artificial,
desplazando el debate habitual hacia un riesgo menos visible pero más profundo:
la "gran brecha cognitiva".
Frente a la polarización simplista que ve
a la IA o bien como una salvación mesiánica o bien como una catástrofe total,
el texto advierte sobre los peligros de la delegación y la externalización
mental. Utilizando la trágica metáfora del vuelo 447 de Air France y la
analogía de los gimnasios, el autor ilustra con precisión cómo el cerebro
humano —al igual que un músculo— se atrofia cuando se prescinde del esfuerzo
intelectual, un fenómeno respaldado por estudios recientes sobre el uso de
modelos de lenguaje
Lo más valioso del análisis es la distinción
económica entre sustitutos
y complementos. Mientras
que los pensadores curiosos y críticos utilizan la IA para potenciar sus
capacidades y elevar el techo de lo posible, quienes caen en la tentación de
sustituir su propio pensamiento por atajos tecnológicos terminan atrofiando sus
habilidades cognitivas y quedando rezagados
No comments:
Post a Comment
All comments are welcomed as far as they are constructive and polite.