Lo que la escuela dejó de prometer: la movilidad
social
Las pruebas PISA muestran diferencias entre los
resultados obtenidos por los alumnos de diferentes sectores socioeconómicos en
nuestro país. Revelan, además las peores marcas en cuanto a disciplina en el
aula
9 de
septiembre de 2026
Por Gala Díaz Langou
En la Argentina,
sólo 52,7% de los adolescentes cree que la escuela puede torcerles el destino
social. La capacidad de las escuelas para igualar condiciones y habilitar la
movilidad social probablemente sea una de sus funciones más centrales. Y es una capacidad que se encuentra íntimamente vinculada con los
tristes resultados que se publicaron recientemente. Argentina
empeoró su desempeño en las tres áreas evaluadas respecto de 2022: lectura
(cayó de 401 a 389 puntos), matemática (de 378 a 367) y ciencias (de 406 a
393). Se trata del peor resultado histórico del país en matemática, y el nivel
más bajo en casi veinte años en lectura y ciencias. Aunque también es
importante notar que el deterioro viene sucediendo hace 25 años.
La lectura de
datos se problematiza aún más cuando se observan las desigualdades entre
estratos socioeconómicos. Los estudiantes provenientes de familias de mejor
posición socioeconómica no sólo tienen mejores resultados (el 25% más rico
tiene un desempeño muy superior al 75% restante en todas las disciplinas) sino
que cada vez se amplía más la brecha. Por ejemplo, si bien entre 2022 y 2025
todos empeoraron, los estudiantes en desventaja socioeconómica perdieron 7
puntos en ciencias, los aventajados perdieron solo 1, y la brecha entre ambos
grupos creció 6 puntos en apenas tres años.
¿Puede realmente
la escuela igualar condiciones y habilitar la movilidad social? Es una pregunta que viene ocupando a la sociología de la educación
hace sesenta años. Los primeros estudios que existieron, en particular el
Informe Coleman sobre oportunidades educativas de 1966, evidenciaron que el
origen familiar pesaba más que los recursos escolares para marcar las
trayectorias. Pero investigaciones posteriores lograron complejizar este
análisis, al identificar factores específicos que contribuyen a que la escuela
cumpla este tan importante rol como el clima del aula, las expectativas docentes,
el liderazgo escolar y el vínculo con las familias, entre otros.
Aquí
probablemente es donde logremos tener más información acerca de las razones
detrás del pésimo desempeño de nuestro país. Argentina tiene el peor clima
de disciplina en el aula de todos los países relevados por PISA: obtuvo
-0,43, el valor más bajo entre los países con datos disponibles. Más de la
mitad de los estudiantes reportaron ruido y desorden regular en la clase de
ciencias, contra un 30% en el promedio OCDE. De hecho, hay una frase textual en
el reporte de la OCDE donde se nombra a Argentina como uno de los dos casos más
extremos del estudio completo por esta puntuación.
Sin embargo, es
importante notar que, aún en este contexto, hay un vínculo que resiste.
El apoyo docente percibido por los estudiantes argentinos está en 0,30, por
encima del promedio OCDE de 0,03. No es un dato menor: la evidencia muestra que
el vínculo con una persona adulta que pueda actuar como referencia en la
escuela antecede al aprendizaje.
Pero este sostén
ocurre en un contexto muy hostil, al que el sociólogo francés Robert Castel,
definió como de “desafiliación”. Se trata de un proceso en el que una persona
ve debilitarse progresivamente las redes que deberían sostenerla, hasta quedar
suspendida sin red. La escuela es una de las instituciones más fundamentales
para la socialización, para hacer que una persona se sienta parte de la
sociedad que integra y actúe en consecuencia. El proceso de desafiliación
escolar del que estamos siendo testigos pone en jaque justamente eso. Porque si
bien se mantiene el vínculo entre docentes y estudiantes, se está debilitando
todo lo que debería sostenerlo. Un caso paradigmático es el del apoyo familiar
percibido, que está por debajo del promedio OCDE (-0,34 contra -0,19). Un
vínculo fuerte no alcanza para sostener a un chico cuando el entramado que lo
rodea se cae.
Volvamos
entonces a la pregunta de apertura. Si un estudiante no cree que la escuela
puede cambiarle el destino, es poco lo que pueda lograr el
esfuerzo individual docente. Si queremos genuinamente que la
escuela sirva para que todos, independientemente de su origen, puedan generar
aprendizajes que habiliten una vida mejor a nivel individual y una mayor
prosperidad a nivel agregado, tenemos que ineludiblemente preguntarnos cómo se
reconstruye la red que los habilite. Esa reconstrucción excede al aula:
necesita políticas públicas específicas que sean capaces de sostener la
trayectoria escolar y los aprendizajes de cada estudiante. Ahí está la palanca que no deberíamos dejar afuera de la
conversación.
Comentario:
El artículo de Gala Díaz
Langou expone un diagnóstico preocupante: la escuela argentina está perdiendo
su capacidad de igualar oportunidades. Los datos de PISA 2025 no solo confirman
un declive sostenido en lectura, matemática y ciencias, sino que revelan algo
más grave: la brecha entre estudiantes de distinto origen socioeconómico se
amplía año a año, incluso cuando el desempeño general empeora para todos.
Lo más interesante del
texto es cómo conecta los resultados académicos con el concepto de
"desafiliación" de Robert Castel. La autora muestra que el vínculo
entre docentes y estudiantes —un indicador donde Argentina supera el promedio
OCDE— no alcanza para compensar el debilitamiento de las redes familiares y
sociales que rodean a cada alumno. Esto sugiere que el problema educativo no
puede resolverse únicamente dentro del aula, por más comprometidos que estén
los docentes.
El dato sobre disciplina
también resulta revelador: Argentina presenta el peor clima áulico entre los
países evaluados, lo que probablemente erosiona tanto el aprendizaje como la
confianza de los estudiantes en que la escuela puede cambiar su destino.
En definitiva, el texto
plantea una idea central y urgente: sin políticas públicas que reconstruyan el
entramado social que sostiene las trayectorias escolares, ningún esfuerzo
individual —ni de docentes ni de estudiantes— será suficiente para revertir
esta pérdida de movilidad social.
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