Saturday, July 25, 2026

Y un día, la derrota se festejó como un triunfo, por Héctor M. Guyot

The following information is used for educational purposes only.


Y un día, la derrota se festejó como un triunfo

25 de julio de 2026

Por Héctor M. Guyot

Se llegó alto. Pero la ambición era llegar a lo más alto. De allí la frustración que sobrevino a la derrota. La selección argentina enfrentó un equipo que jugó mucho mejor y nos cortó el ascenso a la gloria, cuando estaba tan cerca que ya la dábamos por nuestra. Es un grupo maravilloso y merecía la gloria. Pero no mereció ganar el partido. Se perdió con justicia. Hubo corazón. Faltó fútbol.

Hubo corazón para defender, no para atacar. No hubo hambre de gol y no se buscó el arco. Los nuestros, incluido Messi, estaban como perdidos. Fue un partido raro, tan distinto a lo esperado. Lo atribuyo al cansancio y las lesiones. Y, sobre todo, a la dinámica admirable que desplegó el rival. No compro la lectura conspirativa, no los vi arrugar ni ir a menos. Pero sí jugar mal, sin encontrarse, tal como en partidos anteriores remontados a fuerza de no darse por vencidos. Y muy lejos de la exhibición que dieron en la última media hora del partido contra Inglaterra, que selló una semifinal festejada como una final. El climax se anticipó y eso tal vez incidió en el equipo. Es difícil, desde tan arriba, mantener la cuerda tensa e ir por más. A la tensión le sigue la distensión, es una reacción física.

Pese a haber perdido la Copa, en medio de la desazón, la hinchada argentina festejó sus colores. Raro también, una derrota que se asume como un triunfo. Esa muestra de orgullo, de adhesión al equipo, consoló a los jugadores, que devolvieron el gesto con una actitud que se malinterpretó. Me hubiera gustado que la selección aplaudiera a los ganadores, pero creo que la espalda que les dio a los españoles mientras recibían los premios no fue un desplante. Olvidados del acto oficial y de cualquier protocolo, los nuestros buscaron a su hinchada para hacer con ella el primer duelo por la derrota. Fue un rito al margen de todo. Una ceremonia aparte. Uno de esos momentos en los que sentimientos complejos y contradictorios abruman el ánimo, y en los que uno quiere estar con los suyos. Desde las gradas, en medio de la intimidad de ese duelo compartido, volvió a bajar un poderoso sentimiento de gratitud que después se multiplicaría en el Obelisco y en distintas plazas del país. Gloria a los derrotados.

La emocionalidad al palo del hincha argentino había despertado simpatía en aquellos lugares donde jugaba la selección. Fuimos la hinchada más ruidosa, la que concitaba más atención. No sé cómo, pero de pronto la simpatía dio paso a una ola de rechazo. Eso es lo que se vio en las redes, algunos dicen que a raíz de una campaña impulsada por Rusia. El punto de inflexión quizá fue la bandera de Malvinas que los jugadores desplegaron en la cancha tras vencer a Inglaterra. A mí el gesto me recordó la pancarta contra las pasteras que Evangelina Carrozzo paseó en bikini en medio de una cumbre internacional en Viena, en 2006. No me gustó. Pero el reconocimiento que dijeron haber sentido los olvidados excombatientes me hizo repensar. En todo caso, el hecho fue criticado como un inadmisible acto de rebeldía. Es posible que el estilo argento moleste por irreverente. Somos, a mucha honra, para bien y para mal, insumisos.

Se nos critica por orgullosos, por creernos más o únicos, y algo de eso hay. Lo raro es que se apoyen para eso en un equipo cuyos líderes son el colmo de la modestia. En un video que circula en las redes, un periodista le pregunta a Messi cómo hace para llevar la pelota tan cortita. “La verdad que no hice nada, fue Dios quien me hizo jugar así”, responde el diez con sinceridad. Tanto él como Scaloni viven sacándose el mérito de encima. Por eso no se entiende que Pérez-Reverte dijera, aun con ánimo de defender al país de los ataques, que esta selección representó solo “a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”, cuando es un orgullo nacional que refleja nuestras mejores virtudes.

¿Hubo excesos reprochables? Sí, los hubo, en especial los empellones y cruces con jugadores españoles que protagonizaron ParedesMolina y Roberto Ayala tras la derrota, signos de impotencia que por suerte no pasaron a mayores. Agresiones para lamentar, haya habido provocación previa o no. Pero la mayor parte de los ataques a la argentinidad se montaron sobre prejuicios, y ni hablar de la insólita acusación de ser uno de los países más racistas del mundo, hecha en algunos casos por ciudadanos de países con historia imperial que diezmaron África y mantuvieron, hasta hace no tanto, crueles leyes de segregación racial.

La movida antiargentina que inundó las redes por estos días demostró que, una vez que los algoritmos difunden un tema con la dosis suficiente de odio y resentimiento, la ignorancia hace el resto y la ola crece hasta pasar a la cobertura de los medios más importantes y a la boca suelta de influencers y celebridades que se suman a la estigmatización sin conocimiento alguno y sin medir las consecuencias. En las redes la realidad estalla y los necios se fabrican la propia.

Pero las redes, al mismo tiempo, ofrecieron conmovedores testimonios de extranjeros que valoran muchas cualidades de los argentinos, como la calidez, el sentido de la amistad y la tenacidad en las malas. Ese tesón para no rendirse, para dar la lucha en equipo, es una de las grandes lecciones de esta selección. La última llegó en la final: el éxito no siempre equivale a ganar. El domingo, el país festejó una derrota en honor a una serie de principios. Algo, para mí, inédito. Señal de que quizá seamos capaces, como sociedad, de aprender algo de todo esto.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/y-un-dia-la-derrota-se-festejo-como-un-triunfo-nid25072026/ (Editado)

Comentario:

Este texto invita a reflexionar sobre una idea poco frecuente en el deporte: hay derrotas que, por la forma en que se afrontan, dejan una huella tan valiosa como una victoria. Coincido con el autor en que el verdadero mérito de esta selección no estuvo únicamente en los resultados obtenidos, sino en los valores que transmitió a lo largo del torneo. La entrega, la humildad, el compromiso colectivo y la capacidad de sobreponerse a la adversidad construyeron una identificación que fue mucho más allá de un título.

También comparto la idea de que perder no siempre significa fracasar. En la final hubo un rival superior y reconocerlo no disminuye el enorme recorrido realizado. Al contrario, aceptar la derrota con honestidad es una muestra de madurez deportiva y humana. El apoyo incondicional de la hinchada reflejó precisamente ese reconocimiento: se aplaudió el esfuerzo, la actitud y el sentido de pertenencia, no el resultado.

El presente artículo también acierta al advertir sobre los riesgos de las redes sociales, donde los prejuicios y la desinformación suelen amplificarse hasta convertirse en verdades aparentes. Generalizar o reducir a un país entero a estereotipos solo alimenta la intolerancia y empobrece el debate.

Finalmente, la mayor enseñanza es que el éxito no siempre se mide por una copa levantada. A veces consiste en inspirar, en representar valores positivos y en dejar un legado de unidad y resiliencia. Si esa lección logra trascender el deporte, habrá sido una victoria mucho más importante que cualquier campeonato.

Clara Moras.


Argentina es más que lo peor que se ha dicho de ella, por Esteban Bullrich

The following information is used for educational purposes only.


Argentina es más que lo peor que se ha dicho de ella

El autor responde a la campaña crítica contra el país en el contexto del Mundial; pide no dejarse llevar por prejuicios e invita a reconocer nuestros fracasos y seguir creciendo

24 de julio de 2026

 

Por Esteban Bullrich

 

Hay momentos en que el silencio se convierte en una forma de rendición.

En las últimas semanas he visto cómo mi país -y nuestra selección de fútbol- se convirtió en blanco de acusaciones que van mucho más allá de la crítica a una conducta inaceptable. Se ha retratado a Argentina como una nación racista. Algunos incluso han sugerido que nuestra identidad nacional está de algún modo entrelazada con el nazismo. Esas palabras duelen. No porque Argentina sea perfecta. No lo es.

Como todos los países, tenemos racismo, prejuicio, ignorancia e intolerancia. Tenemos personas que dicen cosas ofensivas, personas que discriminan y personas que no logran ver la dignidad del otro ser humano. Nunca deberíamos negar esa realidad. Debemos enfrentarla con honestidad. Pero la honestidad también exige contar la historia completa.

Admiro a Samuel L. Jackson desde hace décadas. Su trabajo ha entretenido e inspirado a millones de personas en todo el mundo, incluido yo. También respeto a todo líder público que elige luchar contra el racismo. La humanidad necesita más voces así, no menos. Sin embargo, la admiración no elimina la responsabilidad de disentir cuando el desacuerdo está justificado. Cuando figuras públicas reducen a Argentina a caricaturas, pasan por alto una historia que merece ser conocida.

En 1813, cuando buena parte del mundo todavía aceptaba la esclavitud como algo normal, Argentina sancionó la Ley de Libertad de Vientres, que declaraba libres a los hijos de mujeres esclavizadas. Cuarenta años después, en nuestra Constitución de 1853, la esclavitud fue abolida por completo.

Esas decisiones llegaron medio siglo antes de que Abraham Lincoln firmara la Proclamación de Emancipación y una década antes de que la Decimotercera Enmienda aboliera la esclavitud en todo Estados Unidos.

Esto no es una competencia de virtud moral. La historia nunca debería usarse para declarar a una nación superior a otra. El punto es más simple. Los hechos importan.

Una nación no debería ser juzgada solo por su capítulo más oscuro, ni por sus voces más ruidosas.

Los críticos suelen señalar que criminales de guerra nazis huyeron a Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Eso ocurrió. Es una mancha en nuestra historia que ningún argentino serio busca borrar. Pero la historia también nos dice que muchos países -incluidos Estados Unidos, Canadá y varias naciones europeas- recibieron a antiguos nazis a través de distintos programas de inmigración u operaciones de inteligencia durante la Guerra Fría. El mal explotó circunstancias políticas en varios continentes. Concluir de esa realidad que Argentina es “un país nazi” es tan injusto como decir que Estados Unidos se define por la esclavitud o que Europa se define por el colonialismo. Las civilizaciones siempre son más grandes que sus errores.

Quizás lo que más me entristece es que estas acusaciones surgen en un momento en que el mundo necesita desesperadamente menos desprecio y más humildad.

La humildad comienza por reconocer nuestros propios fracasos antes de condenar los de los demás. Toda sociedad carga heridas. Algunos países luchan contra el antisemitismo. Otros luchan contra la islamofobia. Otros contra la xenofobia. Otros contra la violencia policial arraigada en el racismo. Otros contra la discriminación hacia los pueblos indígenas. Ninguna nación ha completado la tarea de reconocer la igual dignidad de cada ser humano. Argentina ciertamente no lo ha hecho. Pero nadie más tampoco.

Como alguien que vive con ELA, dependo gran parte de mi vida de la bondad de los demás. Ya no puedo hablar con mi propia voz. Solo muevo los ojos. La enfermedad me ha despojado de toda ilusión de autosuficiencia. También me ha enseñado algo inesperado. Cuando el cuerpo se vuelve frágil, las personas dejan de parecer categorías.

No hay conservadores que me ayuden a acostarme. No hay progresistas que me acomoden la silla de ruedas. No hay católicos, judíos, musulmanes o ateos que me brinden consuelo. Solo hay seres humanos sirviendo a otro ser humano. Ahí es donde comienza la dignidad.

Y tal vez ahí también debería comenzar el liderazgo. El liderazgo no es la capacidad de ganar discusiones. Es la voluntad de buscar la verdad antes que el aplauso.

El verdadero liderazgo rechaza el racismo sin convertir a naciones enteras en estereotipos.

Condena las palabras de odio sin olvidar la humanidad de quienes las pronunciaron.

Recuerda que la justicia sin misericordia se convierte fácilmente en autocomplacencia moral.

El fútbol, como la política, a menudo magnifica nuestros peores instintos. La pasión puede volverse arrogancia. La celebración puede volverse insulto. El orgullo nacional puede volverse exclusión.

Cuando eso ocurre, deberíamos pedir disculpas sin excusas. Pero las disculpas nunca deberían exigir aceptar identidades falsas impuestas por otros.

La Argentina que conozco no está construida sobre el odio. Está construida por inmigrantes que cruzaron océanos cargando poco más que esperanza. Está construida por abuelos que escaparon de guerras. Por familias judías que encontraron refugio. Por comerciantes sirios y libaneses. Por italianos y españoles que reconstruyeron sus vidas. Por maestros, médicos, agricultores, trabajadores y voluntarios que sirven silenciosamente a sus comunidades todos los días. Esa Argentina rara vez se convierte en noticia internacional. Debería serlo.

La lección más profunda de mi enfermedad es que a ninguno de nosotros nos recordarán por las discusiones que ganamos en las redes sociales ni por los insultos que dirigimos a desconocidos.

Nos recordarán por si aliviamos la carga de otra persona. Los países merecen la misma medida.

Juzguen a Argentina por la verdad. Júzguennos por nuestra historia completa. Júzguennos por nuestra voluntad de reconocer nuestros fracasos y seguir creciendo. Pero, por favor, no nos juzguen por estereotipos.

El mundo ya ha sufrido suficiente por ellos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/argentina-es-mas-que-lo-peor-que-se-ha-dicho-de-ella-nid24072026//Editado)

Comentario:

Este texto plantea una defensa serena de la Argentina frente a las generalizaciones que han circulado en las últimas semanas. Comparto plenamente esa mirada porque parte de una premisa esencial: reconocer los errores propios no implica aceptar caricaturas injustas. Una sociedad madura debe ser capaz de condenar el racismo, la discriminación y cualquier forma de odio, pero también de rechazar los estereotipos que reducen la identidad de un país a algunos episodios o conductas individuales.

Resulta especialmente valioso el llamado a observar la historia en toda su complejidad. Ninguna nación puede definirse únicamente por sus momentos más oscuros, del mismo modo que ninguna puede proclamarse moralmente superior por sus aciertos. La honestidad exige asumir las deudas pendientes, pero también reconocer los avances y los valores que han construido una sociedad a lo largo del tiempo.

El presente mensaje adquiere una profundidad aún mayor cuando el autor habla desde la fragilidad que le impone su enfermedad. Su experiencia recuerda que, más allá de las diferencias políticas, religiosas o culturales, lo que verdaderamente sostiene a las personas es la solidaridad. Esa perspectiva humaniza un debate que con demasiada frecuencia queda atrapado en acusaciones, prejuicios y enfrentamientos.

Coincido con la idea de que el verdadero liderazgo consiste en buscar la verdad antes que la aprobación inmediata. Solo así será posible condenar el odio sin alimentar nuevos prejuicios. Argentina, como cualquier país, debe seguir mejorando, pero merece ser juzgada por la totalidad de su historia y no por simplificaciones que solo profundizan la división.

Clara Moras.


Monday, July 20, 2026

Una obra clásica, en la actuación de la selección, por Santiago Kovadloff

The following information is used for educational purposes only.

Una obra clásica, en la actuación de la selección

Tres valores de la literatura griega se pusieron en juego con la actuación de Argentina en el Mundial

 

20 de julio de 2026

 

Por Santiago Kovadloff

Cuando el gol estremecedor de Enzo Fernández nos dio la victoria sobre Egipto, me asaltaron – vaya a saber venidos de dónde – tres conceptos de la literatura clásica griega que, a mi ver, calzaban cómodamente en la caracterización de este Mundial; un Mundial que todavía guardaba grandes incógnitas sobre su desenlace. Esos tres conceptos eran lo épico, lo lírico y lo dramático.

Lo épico remite a una fortaleza que no conoce desmayos, a una conducta que no se arredra ante la adversidad y que se empeña en alcanzar su objetivo aun en aquellos momentos en que todo parece indicar que su suerte ha quedado sellada en la desgracia. Épico, pues, es el espíritu de lucha.

Lírica es esa voz que nos habla íntimamente, esa cercanía que linda con la familiaridad y que proviene del encanto ejercido sobre nosotros por aquellos por los que nos sentimos representados. Al actuar, al hacerse oír, su palabra parece buscarnos a cada uno de nosotros y, a la vez y misteriosamente, a todos. Gracias a lo que tan bien hacen, quienes despiertan tanta cercanía se encuentran a nuestro lado mientras mágicamente nos llevan adonde están, lejos de donde estamos.

Lo dramático nos ahoga el corazón, en la congoja, en la incertidumbre que nos niega la evidencia de un desenlace favorable. La áspera sombra de una derrota acorrala nuestra esperanza en el desencanto y parece haber decretado lo irreversible. En horas así, se diría, la adversidad, aspira a devorarlo todo.

Estos tres rasgos provenientes de la literatura clásica griega se me impusieron de pronto como distintivos de todo lo vivido por la selección nacional. Y, como vivencias de quienes, a lo largo de tantos días, la acompañamos haciendo nuestro cada encuentro que le tocó protagonizar.

Creo por eso que, en la historia del deporte mundial y por supuesto argentino, la actuación de la selección quedará inscripta como la de un auténtico clásico, en el sentido proverbial de la palabra.

Pero hay más. Y lo hay – gracias al fútbol – más allá del fútbol. En una sociedad como la nuestra, que ha hecho del fracaso colectivo en órdenes esenciales una experiencia estancada en la reiteración, la odisea del seleccionado obra con fuerza reparadora. Se ha repetido hasta el cansancio que nos distinguen valores individuales que no encuentran su correlato colectivo. Se insiste en que somos, irremediablemente, abanderados de la fragmentación. La selección ha revitalizado el sueño de revertir ese diagnóstico. En primer término, porque demostró que el liderazgo eficiente puede prosperar unido a principios éticamente admirables. Lionel Scaloni como director técnico y Lionel Messi como capitán del equipo han devuelto a la figura del líder la posibilidad de despertar sana admiración y poder de representación. La idealización tiene, en casos como éste, fundamento en el ejemplo de conductas y declaraciones que sorprenden por su hondura y notable moderación. Lo advirtió un pueblo entero. Un pueblo entero lo reconoció. Un pueblo tristemente familiarizado con la demagogia, con las imposiciones de la corrupción, con la impunidad del delito, con la soberbia de los que mandan y el desprecio del adversario. La integridad floreció ante nuestros ojos perplejos y conmovidos.

Nada asegura sin embargo que el sentimiento de unidad nacional, si bien fortalecido no solo por los éxitos sino esencialmente por el espíritu de cohesión y de lucha de que dio pruebas la selección nacional, no se extinguirá tras las movilizaciones que seguirán al arribo al país de estos hombres admirables. Pero la evidencia de que es posible nutrirlo con ejemplaridad tuvo lugar. Y la mejor prueba de ello es que el reconocimiento de la selección ya colma todos los corazones argentinos, y ya quiere decir antes incluso de conocer el desenlace del partido de ayer.

No estamos ante una hinchada fervorosa. Es mucho más que eso: estamos ante una sociedad que con todas sus contradicciones ha dejado de estar hipotecada en el exclusivo desencanto con sus dirigentes. Esta ejemplaridad, al ser tan alta en el deporte, logró, en nuestro país, ser rotundamente cívica también.

En suma y como bien dijo un inglés inolvidable: “Nunca tan pocos hicieron tanto por tantos”.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/una-obra-clasica-en-la-actuacion-de-la-seleccion-nid20072026/(Editado)

 

Comentario:

Este artículo invita a mirar la actuación de la Selección desde una perspectiva poco habitual: no solo como una sucesión de triunfos deportivos, sino como un relato que reúne los tres grandes elementos de la tragedia clásica: lo épico, lo lírico y lo dramático. La comparación resulta acertada porque este equipo no conquistó la admiración únicamente por ganar, sino por la manera en que enfrentó la adversidad, sostuvo la esperanza y construyó una identidad colectiva basada en el esfuerzo y la humildad.

Más allá del fútbol, este texto plantea una reflexión valiosa sobre el liderazgo. En una sociedad acostumbrada a la desconfianza hacia quienes ocupan posiciones de poder, figuras como Scaloni y Messi demostraron que es posible conducir con serenidad, respeto y coherencia. Su autoridad no nació del discurso grandilocuente, sino del ejemplo cotidiano, del trabajo silencioso y de la capacidad de poner al grupo por encima del protagonismo individual.

Quizá esa sea la enseñanza más profunda que deja esta Selección. No cambió la realidad política ni resolvió los problemas estructurales del país, pero recordó que la cooperación, el compromiso y la integridad siguen siendo valores posibles. Por un instante, millones de argentinos dejaron de sentirse unidos solo por la frustración y compartieron una esperanza común. Tal vez ese sea el verdadero triunfo: demostrar que el éxito colectivo nace cuando el talento individual encuentra un propósito compartido y un liderazgo capaz de inspirarlo.

C.M.


Sunday, July 19, 2026

Ley de Compensación Futbolera, por Alejandro Borensztein

The following information is used for educational purposes only.


Ley de Compensación Futbolera

Tal vez la gloria futbolística de la Argentina sea una compensación por la catástrofe política en la que vivimos desde hace décadas.

Por Alejandro Borensztein

Messi. Dios nos compensó con la gloria eterna. REUTERS

Antes que nada, destaquemos la buena noticia de esta semana que quedó sepultada bajo la euforia mundialista: Javi presentó una reforma de la carta orgánica del Banco Central y cambió su propuesta original. Afuera con la idea de cerrarlo, incendiarlo o dinamitarlo como tantas veces prometió durante la campaña electoral. Gracias a Dios, aquel compromiso no se va a cumplir.

El temor de que pudieran colocar cargas de trotyl, lanzar drones, misiles o algún otro procedimiento de destrucción masiva quedó descartado. Excelente noticia para todos los empleados del banco, para el edificio mismo, los linderos y los vecinos. Se salva toda la calle Reconquista entre Corrientes y Bartolomé Mitre. También zafan el Banco Hipotecario, obra maestra de Clorindo Testa, que está casi enfrente del BCRA, la Universidad Tecnológica y el ITBA que están a la vuelta. Respiran los bomberos, el SAME y el Doctor Crescenti.

Evidentemente tenían razón los econochantas cuando decían que no era necesario hacer tanto quilombo para frenar la emisión monetaria. En cualquier caso, es una gran medida del gobierno. Tal vez la mejor de este primer mandato. Ojalá este cambio de Milei sirva también para calmar a los que dicen que el presidente está más loco que un plumero.

Dicho esto, vamos a lo importante. En realidad, a lo único importante.

Al hermano de la novia del hermano de mi novia le sobraba una entrada. Por razones que con el tiempo olvidé, me la dieron a mí. Así fue como en 1978 pude entrar al Monumental y ver la final entre Argentina y Holanda. Fue la única vez que estuve en un partido mundialista. Nunca antes y nunca después.

Me tocó platea baja, detrás del arco en el que Kempes hizo los dos goles, Naninga el empate parcial de Holanda y Dios nos salvó en el minuto 90 cuando hizo que el pelotazo de Rensenbrink pegara en el palo.

Del hermano de la novia del hermano de mi novia no recuerdo ni siquiera el nombre. De hecho, nunca más me lo cruce en la vida, dicho esto con todo respeto, cariño y agradecimiento por aquel ticket. Nos abrazamos como pocas veces uno se abraza con alguien. Era la primera vez que Argentina ganaba un título mundial, algo que siempre nos había quedado lejísimo.

Considerando que para tener noción de lo que significa ganar un mundial necesitás al menos tener 10 años de vida, lo que a partir de esa tarde le pasó a mi generación es único en la historia del mundo. Vimos los tres mundiales que ganamos y, contando la de hoy, seis de la siete finales que jugamos.

Por suerte no vi la de 1930, digo por suerte porque si la hubiese visto ya tendría más de 100 años. O ya habría pasado a la inmortalidad. Puesto a elegir, prefiero no haberla visto y ser todavía un pibe.

Teniendo en cuenta todo esto, solo un brasileño con casi 80 años o un alemán con 90 vió más que nosotros. Cuando digo nosotros me refiero a la generación argentina + 50 o +55. Bueno, digamos los +60 y cerramos ahí.

Por si alguno no se acuerda, vivimos los triunfos de 1978, 1986 y 2022. Y las finales perdidas de 1990 y 2014. Y encima lo de hoy. Un montón. Como si esto fuera poco, nos tocaron los dos más grandes de la historia, por lejos: Messi y Diego.

¿Por qué será? Salvo para los creyentes o los amantes de la suerte, la única respuesta posible es que se trata de un fenómeno científico: la llamada Ley de Compensación Futbolera. La Argentina es la demostración de la hipótesis. Veamos.

El siguiente párrafo ya fue escrito alguna vez en esta página pero sigue siendo válido:

“Mi generación arrancó con los crímenes de Firmenich y López Rega en medio de aquella locura que el peronismo denominaba 'Isabel conducción' y que duró el tiempo justo y necesario como para incubar la peor oscuridad de nuestra historia: el Proceso Militar, el terror y finalmente la aventura de Malvinas, cuyo trágico final habilitó una breve oportunidad de ilusionarnos y luego desilusionarnos con Alfonsín, para después atravesar una desopilante década peronista llamada 'menemismo' hasta que llegó la Alianza, el corralito, los cinco presidentes en una semana, la crisis que piloteó Duhalde con Remes y Lavagna, y que desembocó en el más ignorante y autoritario despilfarro del que se tenga memoria: 'la década ganada' con la actuación estelar de los Kirchner y su simpática banda de malhechores que terminaron habilitando un blooper político conocido como 'Macri presidente' cuyo fracaso le abrió la puerta al mayor cachivache institucional, económico y social que se recuerda, ideado y liderado por Cristina, con la invalorable colaboración de Alberto y Massa, lo cual no podía culminar en nada más delirante que tener que elegir entre Massa y Milei, o sea entre el tipo que terminó de destruir la economía argentina y el que prometía arreglarla dinamitando el Banco Central cosa que, como vimos al principio, por suerte no va a pasar”.

Un solo párrafo como este, corrido y sin puntos, alcanza y sobra para sintetizar la vida política de mi generación. Sin duda, una vida de mierda. Debe ser por eso que Dios nos compensó con la gloria eterna en el fútbol, pensarán muchos.

O por la inapelable Ley de Compensación: la gloria futbolística es directamente proporcional a la tragedia política. Para decirlo de otro modo, cuanto mayor es el desastre que hace la dirigencia de un país, mayores son los éxitos futboleros.

A cada locura de los militares le correspondió la guapeza y la fuerza de Kempes y Passarella, o sea la primera gran alegría.

A cada híper de Alfonsín y Menem y a cada disparate judicial de la década menemista le calzó la llegada del Diego.

A la locura de los Kirchner, sus bolsos y vestidores llenos de guita le correspondió un alucinante Messi de fuerza igual y contraria. Tal vez alguno de los goles de Di María se lo debamos a Boudou o a Alberto. De ser así, para algo habrán servido estos dos inútiles.

Quien te dice, el derechazo de Enzo en la semifinal se lo debemos a Adorni, a las jubiladas y a la escribana. Nunca se sabe.

Los españoles también tienen su historia. Franco gobernó en dictadura durante 40 años pero curiosamente durante esas cuatro décadas nunca pasaron de cuartos. Tuvieron que esperar hasta el 2010 para mojar la medialuna por primera vez. Debe ser que la ley tiene algún efecto retroactivo.

De todos modos, para cumplir la Ley de Compensación y alcanzar la gloria futbolera hace falta un nivel de desastre político que, con todo respeto por los españoles, todavía ellos no están ni cerca de lograrlo.

Este domingo nos veremos en Nueva York. Tienen un equipazo y un Lamine Yamal que, con 19 años, ya parece haber jugado cinco mundiales. Le ganaron a los franceses con baile y todo. Se merecen estar donde están.

Pero ellos no acumularon 50 años de fracasos y frustraciones que las fuerzas del Universo todavía deben compensar. Nosotros sí. La deuda cósmica y las fuerzas de la física están de nuestro lado.

Desde la tarde en que vi a Rensenbrink estrellar la pelota en el palo derecho de Fillol hasta hoy, nos han quebrado una y otra vez como ningún manual de ciencia política pudo anticipar.

Quizás por eso estamos otra vez en la final. Con Messi y con el mejor equipo de la historia. Nos lo merecemos. Que sea.

En cualquier caso, la leyenda continúa.

 

Fuente: https://www.clarin.com/opinion/ley-compensacion-futbolera_(Editado)

Comentario:

El artículo propone, con una ironía tan aguda como resignada, una teoría que bien podría aspirar a convertirse en disciplina universitaria: la Ley de Compensación Futbolera. Según este principio, cada crisis política argentina genera, tarde o temprano, un gol memorable, una copa levantada o un nuevo héroe vestido de celeste y blanco. Si la economía se derrumba, tranquilos: seguramente aparecerá un Messi. Si la dirigencia se supera en torpezas, el universo responderá con una atajada imposible o un zurdazo al ángulo.

La idea provoca una sonrisa porque juega con una verdad incómoda: muchas veces el fútbol ha funcionado como un refugio emocional frente a las frustraciones colectivas. Sin embargo, también deja una pregunta inquietante. ¿No estaremos aceptando con demasiada facilidad que las alegrías deportivas compensen los fracasos institucionales? Sería un pésimo negocio cambiar estabilidad, educación o justicia por una copa cada veinte años, aunque esa copa nos haga llorar de felicidad.

Quizás la verdadera compensación no deba venir del destino, de la física cuántica ni de una misteriosa deuda cósmica, sino de ciudadanos que exijan la misma excelencia a sus dirigentes que la que celebran en la cancha. Porque si seguimos aplicando esta ley al pie de la letra, habrá que empezar a preocuparse: cada campeonato ganado podría anunciar que la próxima temporada política viene con prórroga, penales... y déficit fiscal incluido.

C.M.


Friday, July 17, 2026

Messi no nos representa, por Federico N. Fernández

The following information is used for educational purposes only.

Messi no nos representa

Constancia, disciplina, resiliencia, humildad, son rasgos que llevaron al mejor jugador del mundo al lugar que ocupa actualmente. Pero, ¿son cualidades que compartimos todos los argentinos? ¿o es el modelo en el que todos debemos inspirarnos, aún a costa de grandes sacrificios?

 

Por Federico N. Fernández

 

Voy a decir algo que a más de uno le va a sonar raro viniendo de un argentino fanático de la Scaloneta: Messi no me representa. Tampoco lo hace el resto de la Selección. No es una queja. Es una cuestión de precisión con el lenguaje.

La palabra “representar” viene del latín repraesentare: volver a presentar, hacer presente algo mostrando lo que ya es. Un representante trae ante nosotros un rasgo que compartimos con él. Cuando decimos que Messi “representa” a los argentinos, estamos usando la palabra al revés.

Pensemos en lo que hizo falta para que Messi llegara a ser quien es. Miles de horas de entrenamiento repetidas hasta el hastío. Inyecciones de hormona de crecimiento cada noche durante años, siendo niño, sólo para poder seguir jugando al fútbol. Una carrera entera construida sobre una disciplina que la inmensa mayoría de los mortales, argentinos o no, jamás sostendría ni una semana.

 Eso no es representativo. Es extraordinario, en el sentido literal de la palabra: por fuera de lo ordinario. Ahí está la trampa lógica que conviene evitar.

De la excelencia de unos pocos no se infiere una característica del conjunto. Roger Federer no demuestra que los suizos sean los mejores tenistas del mundo. Marie Curie no demuestra que los polacos sean genios de la física. Messi no demuestra que los argentinos posean su disciplina, su resiliencia o su humildad.

¿Por qué importa la distinción? Porque confundir lo aspiracional con lo descriptivo nos vuelve perezosos. Si Messi “nos representa”, alcanza con mirarlo jugar para sentirnos parte de su grandeza, sin que eso nos cueste nada. Es un atajo tan cómodo como tramposo.

La función de un ídolo genuino no es decirle al mundo “así somos los argentinos”. Es decirles a los argentinos “esto es lo que un argentino puede llegar a ser, si paga el precio”.

Hay una escena en la serie Winning Time, sobre el equipo de básquet Los Angeles Lakers de los años ochenta, que probablemente nunca ocurrió tal como se la ve en pantalla, pero que retrata con fidelidad la filosofía real de Kareem Abdul-Jabbar. En el vestuario, Kareem les dice a sus compañeros que el trabajo de un equipo no termina en ganar partidos. Su tarea, dice, es inspirar a la gente a ser más grande de lo que cree que puede ser.

Ahí está el punto. No representar. Inspirar. Los ídolos no son espejos. Son faros. Un espejo devuelve lo que ya sos. Un faro señala hacia dónde ir, aunque estés lejos, en la niebla, remando contra la corriente.

Esa es la relación correcta entre Messi y los argentinos, y entre cualquier campeón y su país: no una identidad compartida, sino un llamado. La pregunta que vale la pena hacerse no es “¿esto me representa?” sino “¿qué puedo aprender de esto?”.

 De Messi se aprende el trabajo silencioso detrás de cada gol. La humildad de un capitán que juega para sus compañeros en lugar de esperar que ellos jugaran para él. La resiliencia de alguien que perdió cuatro finales antes de ganar la que importaba. Nada de eso se copia mirando televisión. Se copia trabajando: en la vida familiar, en el trabajo, en el barrio.

Y ese es, paradójicamente, el mayor legado que nos deja. No una identidad para exhibir, sino un estándar para perseguir. La próxima vez que alguien diga que Messi “nos representa”, vale la pena corregirlo con cariño. No nos representa. Nos interpela. Y esa es una relación mucho más exigente, y mucho más fértil, que la de un simple espejo.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/messi-no-nos-representa-nid17072026/ (Editado)

 

 

Comentario:

El presente artículo propone una reflexión interesante sobre la forma en que construimos a nuestros ídolos. Con frecuencia afirmamos que Messi “nos representa”, como si sus logros fueran una extensión natural de quienes somos. Sin embargo, el autor señala que esa idea encierra una confusión: Messi no refleja lo común, sino lo excepcional. Su disciplina, su perseverancia y su capacidad para superar obstáculos están muy lejos de la experiencia cotidiana de la mayoría de las personas.

La distinción entre representar e inspirar resulta especialmente valiosa. Cuando creemos que el éxito de una figura pública nos representa, corremos el riesgo de apropiarnos simbólicamente de méritos que no nos pertenecen. Es una forma cómoda de sentir orgullo sin asumir el esfuerzo que hizo posible ese logro. En cambio, entender a Messi como una fuente de inspiración nos obliga a una mirada más exigente: no preguntarnos qué tiene él que nos identifique, sino qué podemos aprender de su trayectoria.

Hay también una ironía en nuestra relación con los héroes. Admiramos la constancia, el sacrificio y la resiliencia, pero muchas veces preferimos celebrar sus resultados antes que imitar sus hábitos. Nos entusiasma el gol del domingo, aunque no tanto las miles de horas de entrenamiento que lo hicieron posible.

Quizás el verdadero valor de figuras como Messi no sea confirmar una identidad nacional ni alimentar el orgullo colectivo, sino recordarnos que la excelencia siempre tiene un costo. Los grandes ídolos no son espejos que reflejan lo que somos, sino faros que iluminan lo que podríamos llegar a ser.

C.M.

Sunday, July 12, 2026

Historias de jueces malos y buenos,por Joaquín Morales Solá

The following information is used for educational purposes only.


Historias de jueces malos y buenos

12 de julio de 2026

 

Por Joaquín Morales Solá

 

En medio de un clima en el que se “designan jueces a empellones” (Bernardo Saravia Frías dixit), existe la posibilidad cierta de que la semana que se inicie sea la última en el ejercicio del cargo de uno de los mejores jueces federales del país. Se trata de Martín Irurzun, miembro de la decisiva Cámara Federal de la Capital, donde van a parar las apelaciones de los acusados por corrupción política, lavado de dinero o narcotráfico. El magistrado cumplirá 75 años el próximo sábado y, según la Constitución, ese es el límite etario para ser juez federal en el país. Irurzun es uno de los jueces más implacables para condenar los casos de corrupción en el país. Es, por ejemplo, la bestia negra del kirchnerismo. ¿Basta eso como prueba de su independencia? Seguramente, sí. El peor aspecto de su destino actual es que sus propios colegas admiten que “Martín es muy inflexible frente a los pedidos de los gobiernos para que se pronuncie de una u otra forma”. ¿Se refieren a cualquier gobierno?. Sí. ¿Mejor prueba que esa de su imparcialidad? Imposible. ¿Es un reproche a Irurzun? Parece. Él creó lo que se llamó la “doctrina Irurzun”, según la cual la prisión preventiva es posible para exfuncionarios acusados de corrupción porque pueden tener un “poder residual” que les permita entorpecer la pesquisa de fiscales y jueces. Antes, solo se necesitaban pruebas físicas de riesgo de fuga o de amedrentar testigos para que los acusados sean llevados a prisión. Julio De Vido y Amado Boudou fueron a parar con sus huesos a la cárcel afectados por esa doctrina del juez que podría cesar en sus funciones en apenas siete días. También gracias a esa doctrina la cárcel de Ezeiza se llenó de exfuncionarios kirchneristas, a los que se investigaba por corruptos, cuando el gobierno de Mauricio Macri accedió al poder. Fue la decisión de algunos jueces federales con sede en Comodoro Py; varios de ellos vaciaron de detenidos la cárcel de Ezeiza cuatro años después, cuando el kirchnerismo recuperó el poder en 2019. A Irurzun le son indiferentes los que mandan, pero no para algunos de sus colegas de instancias inferiores.

 

Irurzun viene reclamando en el fuero Contencioso Administrativo que le concedan un cautelar para seguir siendo juez de esa crucial Cámara; está física y mentalmente en la plenitud de sus facultades. Irurzun comparte la teoría de que la Asamblea Constituyente de 1994, que modificó la Constitución y que incorporó esa cláusula poniéndole un límite de edad a la permanencia de los jueces, se apartó del mandato del Congreso. Se explica: el Congreso en tiempos de Menem aprobó la convocatoria de una Constituyente para reformar la Constitución según un Núcleo de Coincidencias Básicas que el presidente peronista de entonces y el líder radical Raúl Alfonsín habían firmado en Olivos. El famoso Pacto de Olivos. Ese acuerdo señalaba que aquel Núcleo de Coincidencias solo podía ser aprobado o rechazado por los constituyentes de manera indivisible. Fue la precaución que tomó Alfonsín, y que la exigió como condición para firmar el Pacto de Olivos; quería impedir que el peronismo abriera luego la Constitución para hacer eventuales fechorías. No obstante, la Asamblea Constituyente incorporó algunas modificaciones que no estaban en el pacto entre Menem y Alfonsín, aunque con el acuerdo de los dos principales partidos políticos de entonces. Una de esas incorporaciones fue la que impone un límite a la permanencia de los jueces en sus cargos, pero por razones de edad. Ese artículo choca a simple vista con otro de la Constitución que protege la inamovilidad de los jueces, salvo que se compruebe una mala conducta. Esa dicotomía constitucional, en la que un artículo desdice a otro, provocó ya dos jurisprudencias distintas de la Corte Suprema de Justicia. La primera sucedió en los años 90 y dispuso la permanencia del juez de la Corte Suprema Carlos Fayt, un magistrado también íntegro e independiente, quien ejerció sus funciones hasta meses antes de morir, a los 98 años. Aquella Corte declaró “nulo de nulidad absoluta” el artículo que limitaba la continuidad de los jueces por razones de edad, porque viola el artículo que garantiza la estabilidad de los magistrados y porque esa imposición no estaba en el núcleo de coincidencias de Menem y Alfonsín. Una corriente jurídica distinta se abrió entonces cuando los que habían sido constituyentes aseguraron que la Asamblea Constituyente, integrada por personas elegidas por la sociedad para reformar la Constitución, era soberana e independiente hasta del mandato parlamentario. Ese criterio se aplicó muchos años después con el llamado caso Shiffrin, que refiere al juez Leopoldo Shiffrin, también un intachable magistrado que fue miembro de una Cámara Federal de La Plata, y que pidió que le dieran el beneficio que había recibido Fayt. Ocurrió en 2017 con una Corte totalmente distinta en su integración y que cambió la jurisprudencia del caso Fayt: declaró vigente el artículo que impone el límite etario para los jueces.

Irurzun le solicitó formalmente, como debe ser, al gobierno de Javier Milei que le pidiera al Senado un acuerdo por cinco años más como juez de la Cámara, una alternativa también prevista por la Constitución. En medio de ese trámite, Milei nombró nuevo ministro de Justicia a Juan Bautista Mahiques, quien se ocupó en el acto de conseguirle le ampliación del acuerdo de cinco años más a su padre, el juez de Casación Carlos Mahiques, y no hizo nada por Irurzun. Posiblemente, mañana la Cámara en lo Contencioso Administrativo, que rechazó la cautelar de Irurzun, le acepte a este un recurso ante la Corte Suprema. La Corte tendrá solo cuatro día para resolver si le concede -o no- la cautelar para que Irurzun siga siendo juez. En su apelación, Irurzun pidió con frases elegantes que el presidente del tribunal, Horacio Rosatti, se excuse de actuar en este caso, porque él fue constituyente por el peronismo en 1994 y aprobó, por lo tanto, el artículo sobre la edad de los jueces. Tampoco estará en Buenos Aires el expresidente de la Corte Ricardo Lorenzetti. Solo quedará, entonces, el vicepresidente del máximo tribunal, Carlos Rosenkrantz, quien debería convocar a un sorteo para elegir a cuatro conjueces de la Corte. Todo en muy poco tiempo. Rosenkrantz se pronunció ya en el caso Shiffrin en contra de ese artículo que está por dejar fuera de la Justicia a uno de sus más prestigiosos miembros. La suerte de Irurzun, y de la Justicia en general, se encierra en apenas un puñado de inminentes días.

El gobierno de Milei venía ajeno a los ajetreos de la Justicia, como debe ser, cuando el ministerio que se ocupa de esos asuntos estaba en manos de Mariano Cúneo Libarona y de Sebastián Amerio. Amerio es un viejo amigo del principal asesor presidencial Santiago Caputo, pero Karina Milei le sacó a este el control de esa cartera y Amerio fue designado procurador del Tesoro. Ya no es viceministro de Justicia. En sus lugares fueron designados dos ahijados de Karina, Mahiques hijo y Santiago Viola, este con pésimos antecedentes como abogado. La designación de los futuros jueces está en manos del Consejo de la Magistratura, que es el que propone las ternas al Ejecutivo. Ese Consejo fue también una creación de la reforma constitucional de 1994, aunque su constitución sí estaba incluida en el Núcleo de Coincidencias de Menem y Alfonsín. Fue una idea del expresidente radical para sacarle a la política la enorme influencia que tenía (¿tiene?) en la designación de jueces. La reglamentación posterior de ese artículo constitucional arruinó una buena idea. Ahora, el Consejo manipula los exámenes de los candidatos a jueces y le envía las ternas al Ejecutivo de acuerdo con sucesivas listas de influencias políticas. “Los exámenes son arbitrarios y oscuros”, dice un consejero que conoce desde adentro cómo se hace todo. El caso más notorio de estos días es la eventual designación del juez Pablo Yadarola, que sacó un puntaje muy malo en su examen, pero que se lo mejoraron luego los caciques políticos. Yadarola es amigo personal del ministro Mahiques, y, si terminan nombrándolo, ocuparía un cargo de juez en la Cámara Federal, que es el mismo lugar de donde se iría Irurzun. Esa la diferencia entre ser “inflexible”, como lo califican a Irurzun, y ser amigo, como lo es Yadarola del ministro de Justicia.

 

¿Manejan Mahiques y Viola el Consejo de la Magistratura? En parte. Ese Consejo es un archipiélago en el que hasta el kirchnerismo está dividido: disienten las dos amigas de Cristina Kirchner que están ahí, Vanesa Siley y Anabel Ferández Sagasti. El peronismo en el Consejo no tiene liderazgo ni norte ni estrategia. Pero hay una vieja e indestructible colusión que nunca se quiebra y que está integrada por el supuesto radical Daniel Angelici y el librepensador peronista Juan Manuel Olmos. Angelici está ahora detrás de la defensa de los dirigentes de la AFA investigados por supuestos actos de corrupción multimillonarios. Angelici conoce la AFA como si fuera su casa y tiene relación con “Chiqui” Tapia. Era amigo de Mauricio Macri, pero ahora se distanció de este y se colocó bajo el ala de otro Macri, Jorge, el alcalde porteño. Es la prueba de la distancia que existe entre los primos Macri. Una de las pocas obsesiones de Mauricio Macri es verlos a Tapia y a Pablo Toviggino rendir cuentas ante la Justicia. Angelici funge como dirigente del radicalismo y posiblemente sean sus trapicheos las causas de la extinción de ese partido en la Capital, donde la UCR retuvo el liderazgo durante más de 30 años. Su influencia en el Consejo está espoleada por varios jueces federales, a los que los consejeros llaman “la banda de Comodoro Py”. Horrible calificativo para quienes tienen la responsabilidad de administrar justicia y de disponer sobre la libertad de los argentinos. Otro referente no menor para designar jueces es el rector de la Universidad de Lomas de Zamora, Diego Molea, que lidera a tres consejeros de la Magistratura; él empezó en el radicalismo, pero luego se acercó al peronismo. Dice que es un representante académico, pero es un político hecho y derecho. Detrás de la incursión judicial del ministro Mahiques están, aseguran, Karina Milei y los primos Menem; estos no son primos peleados, sino muy unidos por las causas buenas y malas. Mahiques conoce los manejos del Consejo, se ocupó de la permanencia de su padre (primero la familia, siempre), urde acuerdos con Angelici y Olmos y, encima, escucha a varios jueces federales de Comodoro Py. La reciente acordada de los jueces supremos Rosenkrantz y Lorenzetti con instrucciones para mejorar la selección de jueces no solo es necesaria; también es oportuna. Rosatti, presidente del Consejo como titular de la Corte, hace equilibrios entre unos y otros, pero “jamás canjea sus posiciones como juez de la Corte Suprema”, asegura un consejero confiable. ¿Le piden que lo haga? Seguramente. ¿Por qué, si no, la aclaración? En tales condiciones se designarán cerca del 40 por ciento de los jueces federales y nacionales en lugares que están vacantes. Será un Justica nueva.

A propósito de la justicia argentina, el prestigioso economista alemán Rudi Dornbusch, prematuramente muerto, recomendaba que “la Argentina importara instituciones”. Raro que un economista no proponga fórmulas económicas, sino institucionales, pero hasta ese punto llegó el descrédito de las instituciones argentinas, la Justicia entre ellas. El economista Enrique Szewach suele decir que se está cumpliendo en los hechos la recomendación de Dornbusch, porque a los inversores se les tiene que ofrecer un cambio de jurisdicción judicial, nunca la de la Argentina, para potenciales litigios. Lo asiste la razón porque hay otros ejemplos: los casos de corrupción, como el de la AFA, los investigan con más premura y eficacia la justicia norteamericana o el FBI. Y eso que Dornbusch no conocía la inestabilidad de un destacado juez que está a punto de caer.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/historias-de-jueces-malos-y-buenos-nid12072026/ (Editado)

 

Comentario:

Este artículo deja una sensación difícil de ignorar: en la Argentina, la Justicia parece funcionar como una obra de teatro donde el libreto cambia según quién ocupe el palco principal. Resulta curioso que la independencia judicial sea un valor tan celebrado... siempre y cuando favorezca los intereses propios. Cuando deja de hacerlo, aparecen las urgencias por reemplazar jueces, reinterpretar normas o descubrir amistades oportunas.

El caso de Martín Irurzun expone una paradoja muy argentina. Se discute si un magistrado debe continuar por su edad, mientras otros parecen avanzar gracias a un mérito mucho más moderno: conocer a la persona indicada. Después de todo, estudiar, rendir exámenes o construir una trayectoria impecable puede ser útil, pero nunca tan eficiente como cultivar buenas relaciones.

También resulta llamativo que una Constitución pueda ofrecer argumentos para sostener dos posiciones completamente opuestas, según la época y la composición de la Corte. Tal vez el verdadero milagro jurídico argentino no sea interpretar la ley, sino lograr que siempre diga exactamente lo que conviene en cada momento.

La reflexión final es inevitable. Una democracia necesita jueces independientes mucho más que jueces obedientes. Sin embargo, el artículo sugiere que la disputa ya no pasa por quién aplica mejor la ley, sino por quién logra influir en quienes la aplican. Y mientras ciudadanos e inversores buscan seguridad jurídica, pareciera que el país continúa exportando incertidumbre e importando desconfianza. Quizás el economista Dornbusch tenía razón: si importar instituciones fuera posible, sería uno de los pocos productos que ingresarían sin demoras ni impuestos... aunque probablemente tampoco escaparían de la burocracia.

C.M.


Y un día, la derrota se festejó como un triunfo, por Héctor M. Guyot

The following information is used for educational purposes only. Y un día, la derrota se festejó como un triunfo 25 de julio de 2026 Por...