Sunday, February 22, 2026

País goma, por Alejandro Borensztein

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País goma

Cierra la fábrica FATE mientras se trata la reforma laboral en un clima enrarecido y escandaloso.


Alejandro Borensztein

Por si algún habitante del Río de la Plata no se enteró, Alberto Samid se fue a veranear a Punta del Este y parece que no le gustó.

La crónica periodística cuenta que el tipo se sintió mal, lo internaron en el Sanatorio Cantegril y pidió públicamente que le mandaran urgente un avión sanitario. Posteó: “Pido encarecidamente al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, a los intendentes peronistas y a todos los compañeros que ayuden con el tema”. Un par de días después, el ministro de salud bonaerense Nicolás Kreplak se movilizó, alguien le mandó el avión, volvió al país y declaró lo siguiente:

“… Si me hubiera quedado en Uruguay hoy estaría en un cajón… por eso a mis compatriotas les digo que si alguna vez tienen un problema en Uruguay rajen para Buenos Aires… no se queden ni un minuto… no tienen medicamentos, no tienen máquinas modernas, los médicos son inexpertos…”. (todo posta, todo textual y todo documentado).

Obviamente, en la Argentina nos conocemos todos pero los hermanos uruguayos, que también nos conocen de memoria, tal vez ignoran algo muy importante de nuestro país. Este es un buen momento para explicárselos.

En la Argentina hay tres niveles. Allá arriba en la cima están nuestros mejores ejemplares: desde Sarmiento a Messi pasando por Borges, Piazzolla, Favaloro y muchos más.

En el nivel del medio convivimos entreverados millones de argentinos que andamos por la vida laburando, pagando impuestos, haciendo lo que podemos y tratando de vivir con más o menos dignidad.

Finalmente, allá abajo en el fondo, están los sótanos de la civilización argenta donde confluyen los desagües cloacales de nuestra historia y el hedor es insoportable. Allí, en ese exacto lugar de la argentinidad, habita Alberto Samid. Obviamente no está solo.

La única vez que Samid salió de allí fue para ir preso por asociación ilícita y evasión impositiva.

Desde acá le pedimos al querido pueblo uruguayo en general y a los médicos orientales en particular que entiendan esto, que sean piadosos y que lo perdonen. Bastante castigo tiene Alberto Samid sabiendo que deberá atravesar toda su existencia siendo Alberto Samid. Para colmo, el destino le concedió el extraño atributo de que cada día le crezcan un poco más las tetas. A veces el demonio castiga de manera caprichosa. Punto.

Hablando de tetas y de gomas, vayamos a lo importante. Cerró FATE.

A la tragedia que de por si implica el daño y el dolor de miles de familias que trabajan de manera directa o indirecta en esa empresa, hay que sumarle otros daños colaterales.

Por ejemplo, los troskos que se suben a la Panamericana para cortarla no van a tener gomas para quemar. Un problemón. Es curioso que para protestar por el cierre de una fábrica de neumáticos vayan a quemar los pocos neumáticos que quedan.

Es muy posible que, de aquí en más, cuando quieran cortar rutas deban usar las pecheras del Partido Obrero para hacer las fogatas más las remeras, las medias y hasta los calzones. Eso siempre y cuando no empiecen a cerrar también las textiles, cosa que también puede pasar en cualquier momento.

Sin embargo, el tema de las gomas habilita a una reflexión más profunda. Veamos.

En principio, aclaremos que acá no estamos para defender al gobierno de Milei ni a ningún otro, pero tengo un amigo que en junio de 2022, en pleno gobierno de Alberto, Cristina y Massa, viajó a Uruguay y cambió las cuatro cubiertas del auto por un tercio de lo que costaba en la Argentina.

El presupuesto en Argentina por las 4 cubiertas modelo 235/55 R18 era de 808.240 pesos. Considerando que ese día de junio de 2022 el dólar cotizaba a 215 pesos, el total de las 4 gomas puestas y alineadas en Buenos Aires ascendía a 3.759 dólares.

En cambio, en la Gomería del Rey en Maldonado sita en la calle Ventura Alegre, pagó por las mismas 4 cubiertas, la alineación y la propina exactamente 1.267 dólares. O sea, un 33% de lo que costaba en Buenos Aires.

Esto ocurrió en una época en que las cosas en Uruguay eran muchísimo más caras que en nuestro país, desde una gaseosa hasta un detergente. En ese contexto tan desfavorable para un argentino, los neumáticos eran mucho más baratos que acá. Recordemos que por entonces gobernaba el kirchnerismo, la economía estaba cerrada y lo único chino que se conseguía eran Arrolladitos primavera y el mejor chou fan de Sudamérica.

Aclaremos que mi amigo cambió las gomas en Punta del Este porque justo había viajado para descansar y visitar amigos con la tranquilidad de saber que, si tenía la mala suerte de sufrir algún problema de salud, iba a ser atendido con todo el amor, profesionalismo y dedicación del mundo por los médicos uruguayos del Sanatorio Mautone o el Sanatorio Cantegril o cualquier otra institución médica del Uruguay.

De haberse enfermado allá, mi amigo jamás hubiera andado lloriqueando por un avión sanitario que lo traiga de vuelta a la Argentina. Ni mucho menos apelando a su condición de peronista para que cualquier mafioso del conurbano lo vaya a buscar. Primero porque no soy ningún llorón y segundo porque tampoco soy peronista.

Curiosamente fue en el Sanatorio Cantegril donde hace casi 30 años nació mi hijo del medio, traído al mundo por los mejores médicos uruguayos y luego criado en Argentina. Con los años se graduó de médico en la UBA, hizo su residencia de cuatro años en el Hospital Alemán y hoy es un doctor que llena de orgullo a su padre.

Todo este relato se puede documentar con su partida de nacimiento inscripta en el Departamento de Maldonado y también con la factura de las 4 gomas que guardo en la guantera del auto. Siempre lo hago para saber fecha y kilometraje del cambio de gomas. Acá no improvisamos nada.

Ya dijimos que en aquel submundo donde habita Samid hay más gente. Por ejemplo, la diputada kirchnerista Florencia Carignano que esta semana desconectó los micrófonos del recinto donde se trataba la reforma laboral porque no le gustaba el proyecto. Ya había demostrado sus cualidades personales durante la pandemia. Era la directora de migraciones, la misma que se burlaba públicamente de los argentinos que habían quedado varados por el mundo y decidía quien podía volver al país y quien no. Una joyita.

En el debate también se destacó la diputada Caren Tepp que en un alarde de inteligencia demostró que es fácil quebrar fósforos de a uno pero muy difícil hacerlo cuando están en un montoncito. Usó esta idea impactante como metáfora de lo que se logra si los obreros se unen. Es la Stephen Hawking de Unión por la Patria.

Cerró el espectáculo la diputada Kelly Olmos cantando desde su banca el himno peronista. Créase o no, hay un himno peronista cuya letra y música no conocía ni el General Perón. Insólito. Si Olmos quería tener algún éxito hubiera cantado la marchita que es una que sabemos todos.

Entre Carignano, Tepp y Olmos van a lograr que Lilia Lemoine nos parezca Angela Merkel.

En los años 90 Tinelli impuso en la tele el concepto de los “gomas”. Con el tiempo, el término se fue ampliando y deformando.

Pequeñas delicias de un País Goma.


Fuente: https://www.clarin.com/opinion/pais-goma_0_SF1x47tsyh.html

Sunday, February 15, 2026

Los políticos pasan, las tobilleras quedan, por Alejandro Borensztein

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Los políticos pasan, las tobilleras quedan

por Alejandro Borensztein

Cuando todo indicaba que íbamos a tener un verano apacible, Javi prendió los motores, encendió los faroles y empezó otra vez el show.

Hay ocasiones en las que se justifica extender un cachito más las vacaciones. Ya sea porque el año que terminó te dejó extenuado o porque no hay barbaridades políticas que ameriten apurar el retorno. O por ambas cosas, que posiblemente sea el caso.

Con Cristina presa, Macri de campamento con su psicoterapeuta y Javi sedado con 4 gotas de Clonagín a la mañana y otras tantas a la noche (se ve que ya le encontraron la dosis justa), el verano político no parecía ofrecer divertimentos significativos. Sin embargo, acá estamos dando inicio a la 19° temporada de columnas dominicales en la página 2 del poder hegemónico.

Como destacados del verano solo tenemos la pelea de los dos grandes estadistas que ofrece el peronismo: Kicillof y Máximo. También alguna de las barbaridades a las que nos tiene acostumbrados Grabois y la foto de una legisladora libertaria posando semidesnuda y enjabonada con las dos pechugas desafiantes en primer plano. Nada que merezca un análisis político particular.

El único fenómeno político que no se detuvo en enero y siguió creciendo en popularidad fue el del Chiqui Tapia y su batucada. A primera vista, una coalición interesante pero un poco rara. En general los proyectos políticos arrancan con un sustento ideológico y terminan con propiedades, aviones privados, helicópteros y galpones llenos de autos. Acá la cosa parece que arrancó al revés. No está claro si en las próximas elecciones estos muchachos van a sacar muchos votos, pero evidentemente guita para la campaña no les va a faltar.

Tampoco hay que exagerar el caso. La movida que nació en la AFA es nada si la comparamos con la época dorada de los Kirchner, De Vido, José López y el resto de aquellos grandes capocómicos que protagonizaron la inolvidable década ganada.

A propósito, es una pena la manera en que se fue diezmando esa secta. Para colmo, ahora cayó preso Uberti, el de la valija de Antonini Wilson y tantos otros emprendimientos. Todavía anda por ahí boyando el trío Alberto-Tolosa-Albistur, pero es evidente que ya se van apagando. Los ponés en un titular de diario o en un zócalo de televisión y no los mira ni el loro.

Viene zafando Sergio Massa, posiblemente protegido por el propio gobierno ya sabemos todos por qué. Pero ahora empezó a destaparse la gran joda que se potenció durante su paso por el Ministerio de Economía. Para quienes no recuerdan el caso, algunos amigotes conseguían dólares a precio oficial y, aprovechando la brecha cambiaria, los vendían al doble en el mercado paralelo. Sin dudas, uno de los grandes éxitos del gobierno de Alberto y Cristina por el que injustamente los persigue la ley. Decimos injustamente porque los K no fueron los únicos chorros. Tal vez fueron los más golosos pero también los más boludos. Por algo fueron todos presos. La gracia de chorear es que no te atrapen.

A propósito de corruptos y detenidos, este es un buen momento para que los principales dirigentes del país, sobre todo los que gobiernan, aprendan que nada es para siempre. Y que la impunidad que hoy tenés, tarde o temprano la perdés. Los políticos pasan y las tobilleras quedan.

Cuando el reo o la rea cumple su condena, se le saca el dispositivo electrónico, se le pasa un trapito con un poco de lavandina y se lo vuelve a usar. Siempre habrá un tobillo disponible de algún gracioso que se hizo pasar por patriota para hacerse rico.

Para el gobierno, el caso LIBRA o la joda que se destapó en la ANDIS son episodios sin consecuencias que se irán perdiendo en el tiempo. Lo mismo pensaba Cristina cuando Lanata mostraba la joda de Lázaro Báez y los hoteles de los Kirchner.

Volviendo al punto, nada parecía alterar la modorra estival. El ministro Caputo, que siempre te rinde, solo metió un hit en todo el verano: “Yo me compro la ropa afuera”, dijo creyendo una vez más que todos los argentinos nos pasamos los fines de semana jugando al rugby y escuchando temas de Cesar Banana Pueyrredón.

Una pelotudez menor si la comparamos con el inolvidable “comprá campeón” y tantos otros éxitos de este verdadero crack de zona norte.

La única movida productiva que siguió funcionando de maravillas durante el verano es el famoso carry trade. No es para cualquiera. Te tienen que sobrar algunos dólares o tenerlos ahorrados de antes.

Todo consiste en vender parte de esos dólares (hay que estar loco para venderlos todos), aprovechar el dólar controlado que ofrece el gobierno, colocarlos en pesos a tasas altas y fumar tranquilo debajo de la sombrilla. Es un truco que, desde Martínez de Hoz para acá, no falla nunca.

En realidad no falla nunca si es que estás atento y sabés salir a tiempo, aunque con los años ya todos aprendimos a salir a tiempo. Si alguien todavía tiene alguna duda, basta preguntarle a Macri y su mejor equipo en 50 años que incluyó a Caputo y a Sturzenegger. ¿De dónde salen los pesos que los inversores se llevan así de fácil? Menos averigua Dios y perdona.

Sin embargo, en algún momento todo se puede complicar. Si bien el gobierno alardea de que está comprando dólares y reforzando las reservas, la cruda realidad es que las reservas netas en dólares y yuanes al 11 de febrero eran negativas en 11.510 millones de dólares.

Para quienes les interesa el tema, esto se desprende de que las reservas brutas, al miércoles pasado, eran de 45.305 millones de dólares pero los pasivos en dólares son de 56.815 millones. De ahí que estamos con 11.510 millones en rojo. Y no estamos peor porque los 4.024 millones de dólares que teníamos en oro (y que se computan en las reservas brutas) se transformaron en 9.848 gracias a la espectacular subida del metal. Moraleja: el carry trade sirve si estás atento. Si te dormiste, perdiste.

En esa calma veraniega estábamos cuando Javi prendió los motores, hizo laburar al Congreso y sacó la tantas veces postergada reforma laboral. Eso nos regaló nuevos episodios. Por ejemplo el senador kirchnerista Recalde declaró estar en contra de la reforma laboral y después explicó que todavía no había leído el proyecto.

También el senador Jorge Capitanich salió a criticar la ley aduciendo que estaba en riesgo la libertad de expresión. Este muchacho debe ser un homónimo del Jorge Capitanich que el 2 de febrero de 2015 pasó a la historia cuando, siendo Jefe de Gabinete, se paró frente a las cámaras de televisión y rompió en vivo varias hojas del diario Clarín. Días antes había dicho que la repercusión mediática por la muerte de Nisman era “una conspiración para tapar el éxito de la temporada marplatense” (textual).

Por suerte Milei los envalentonó y salieron todos de sus ratoneras. El mismo Javi tomó fuerzas y empezó otra vez con el tema de los mandriles y sus derivados.

Por ahora, con cierta cautela. Solo ligaron Paolo Rocca, Luis Novaresio, Marcelo Bonelli, Maria O’Donnell y no muchos más. Pero todo puede cambiar de un día para el otro. Bastaría que una noche se le caiga al piso y se le rompa el frasquito de Clonagin para que el presidente agarre el celu y no lo suelte más.

En el fondo sería una bendición. Un nuevo Campeonato Nacional de Mandriles 2026 nos vendría bárbaro.

Como ve amigo lector, la realidad siempre ofrece mercadería fina. Acá seguiremos para aprovecharla y entretenernos.

Es un placer estar de vuelta.

Arrancó la temporada.

 

Fuente: https://www.clarin.com/opinion/politicos-pasan-tobilleras-quedan_0_xUPg80wm9I.html

Saturday, November 2, 2024

La vejez. Drama y tarea, pero también una oportunidad, por Santiago Kovadloff

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La vejez. Drama y tarea, pero también una oportunidad

Los años permiten relacionarnos de otra forma con nuestro pasado para darle un contenido inédito al presente, dice el filósofo en esta versión abreviada de uno de los capítulos de El enigma del sufrimiento, que se reedita este mes

·         2 de Noviembre de 2024

Santiago Kovadloff


-I-

La vejez está en nosotros. Somos nosotros. Es una realidad que nos constituye. A cada cual y desde siempre. Y que, en un momento dado, ya no se deja soslayar. Ella es, de pronto, lo que nos pasa. En esa medida, nos fuerza a encararla. Se nos impone como nuestra verdad. “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, advierte Cesare Pavese. Al obligarnos a reconocerla en nuestro semblante, ella nos prueba hasta dónde estamos involucrados en lo que significa. No obstante, este reconocimiento no implica una dócil identificación. Algo en nosotros se resiste a ser lo que nos pasa. A consistir en lo que nos sucede. Se trata, por eso, de un acontecimiento en el que, sin perder la familiaridad con nosotros mismos, no podemos dejar, pese a ello, de sentirnos otro que aquel que protagoniza lo que nos ocurre. Y sin embargo, ahí está, rotundamente, esa verdad. Algo, en el espejo en el que nos veíamos idénticos, nos desmiente. Y brota en ese espejo la tristeza de vernos envejecer. La pena de advertir que esos rasgos que aún son los nuestros, no son ya tal como hasta entonces presumíamos. Como un barco que de a poco se aparta del muelle y empieza a desdibujarse en la distancia, así hemos comenzado a ser ese otro que se adueña de nosotros. Lo ineludible ha empezado a hacerse oír en nuestro cuerpo.

"Hace doscientos años no más, llegar a viejo era más que improbable. La muerte terminaba con la mayoría de los hombres al cabo de cuatro décadas, cuando no de tres"

En el mundo moderno, la vejez ha dejado de ser un problema inabordable. Pero no ha dejado de ser, para una inmensa mayoría, un pesar anímico. Su consideración de fondo sigue siendo pobre. El progreso, antes que a suprimir ese pesar, solo contribuye a reconfigurarlo sin afectar su vigencia. Y lo digo consciente de que son muchas las dificultades acarreadas por el envejecimiento que han sido aliviadas por la ciencia y resueltas por la técnica. Otras dificultades, no obstante, han aparecido. Algunas, incluso, a consecuencia de esos mismos avances. Y hasta hay dificultades relacionadas con la vejez que, existiendo desde siempre, se han agravado, sobre todo en el siglo que acaba de concluir. Valen, en este sentido, las palabras de Sebastián Ríos: “Llevado al extremo de la irracionalidad, el esfuerzo de la medicina por preservar y cuidar la salud de las personas ha demostrado que es capaz de volverse en contra de aquellos a quienes pretende proteger. Cuando los médicos se empecinan en extender la vida aun más allá de las posibilidades fisiológicas y del deseo de sus pacientes aparece lo que se ha dado en llamar el encarnizamiento terapéutico”.

Hace doscientos años no más, llegar a viejo era más que improbable. La muerte terminaba con la mayoría de los hombres al cabo de cuatro décadas, cuando no de tres. Hoy en cambio, lo que entonces era casi imposible, resulta usual. Ello sin embargo no significa que la vejez sea mejor comprendida donde más atendida está. Ahora los viejos acumulan años pero la vejez ha perdido sentido.

En tiempos pretéritos, bien se lo sabe, los viejos gozaron de gran estima. Más cerca de nosotros, ese privilegio se fue desdibujando. En un escenario poco expuesto al cambio y siempre lento para incorporarlo, los muchos años cursados aseguraban idoneidad en materia de experiencia. Ser viejo equivalía a saber y a saber lo que importaba. Eran tiempos en los cuales el transcurso de los días no acarreaba mayores novedades. Nada ni nadie jaqueaba el conocimiento ancestral. La monotonía era el fundamento de su solidez, el sustento de su suficiencia. Cuando un viejo se pronunciaba, la sabiduría se dejaba oír. Su prestigio no era gratuito. Estaba asentado en una verdad no desmentida por el transcurso del tiempo.

"Había que replantearse su sentido comunitario. ¿Un viejo qué es, qué vale? ¿Qué puede contarnos de nosotros ése que ya no cuenta con autoridad?"

Luego ocurrió el desajuste. El aura del hombre añoso naufragó con las creencias que le daban sostén. Lo imprevisible se impuso, exigió transformaciones. Las respuestas disponibles, tradicionales como eran, no supieron remontar el descrédito. Tras haber sido un hombre superior, el viejo pasó a ser un hombre superado. En él no se vio entonces más que la terca insistencia del pasado por no perder vigencia. ¿Escucharlo para qué? Y si, aun así, se empecinaba en hablar, cabía silenciarlo. Abundó lo novedoso y floreció lo juvenil. Uno y otro se impusieron. Fueron celebrados. El conocimiento, lo que implicaba, fue redefinido. Ahora quería decir estar al tanto de lo no sabido hasta allí. La disposición y la aptitud para innovar dejaron de ser profanas. Una y otra conquistaron un estatuto social inédito. La voluntad transformadora ya no fue sinónimo de transgresión. Menos aún de insensatez. Todo lo contrario: se convirtió en virtud. Dédalo, el inventor mitológico, demuestra en nuestro tiempo su vigencia, el consenso ganado por la facultad de imaginar y crear, el prestigio que rodea al talento capaz de introducir lo inesperado. Lo insospechado y no obstante, propicio y rendidor. De modo que, tras haber sido figura estelar, el viejo cayó en descrédito. Debió replegarse. Primeramente, hacia roles de reparto. Después, hacia el papel de mero espectador. El drama de la lucha por la vida ya nada esperaba de él. Su anonimato cundió. Y con el anonimato, su insignificancia. Había, pues, que replantearse su sentido comunitario. ¿Un viejo qué es, qué vale? ¿Qué puede contarnos de nosotros ése que ya no cuenta con autoridad?

-II-

Tampoco el anciano sabe qué hacer consigo. Rara vez logra sobreponerse al peso de la sentencia que lo condena. Lo abruma el íntimo dolor de ser quien es. Así, a su intrascendencia social se le suma la autodescalificación. Dos testimonios de ello: el primero es poco menos que remoto. Data del tiempo en que envejecer era inusual y tenía lugar a una edad que hoy estimamos temprana. Está fechado en París el 27 de enero de 1771. Es una carta de Madame Dudeffand enviada a su amigo Horace Walpole, escritor inglés.

“Es necesario que hagamos una confesión, mi espíritu se debilita, se fatiga, se cansa –escribe–; ya no tengo memoria; ya no soy capaz de participar en nada; apenas hay algo que me interese; vivo disgustada de todo; me parece que uno no ha nacido para envejecer, es una crueldad de la naturaleza condenarnos a la vejez; comienzo a hallar mi situación insoportable. Yo he tenido gatos, perros, que han muerto de vejez, y se ocultaban en los agujeros y tenían razón. En situaciones así nadie quiere mostrarse, dejarse ver cuando se es un objeto triste y desagradable”.

"El envejecimiento y la muerte, entre nosotros, no están meditados sino solo tramitados. Se los concibe, a lo sumo, como materia de administración"

El segundo testimonio, un poema, lo atribuyó Pessoa, a principios del siglo XX, a su heterónimo Ricardo Reis: Ya sobre la frente vana / se me encanece el cabello del joven que perdí. / Mis ojos brillan menos. / Ya no merece besos mi boca. / Si aún me amas, por amor, no ames: / Me traicionarás conmigo.

En un medio donde el tiempo solo importa como herramienta y objeto de dominio, es explicable que se margine a quien evidencia que el tiempo ha podido con él. Sus huellas –las del tiempo– son la lepra de la época. El envejecimiento y la muerte, entre nosotros, no están meditados sino solo tramitados. Se los concibe, a lo sumo, como materia de administración. Geriátricos, cementerios y mausoleos así lo prueban. Se me dirá que no es poco. Pero aquí se trata de otra cosa. Se trata de ver lo que tanta diligencia encubre. La finitud concebida como imposición indoblegable no llega a ser interrogada. El mandato social dominante exige soslayar su evidencia. ¿Cómo va a admitirse su estatuto de dilema decisivo en un mundo donde solo reina la voluntad de desterrarla? Concebidas como manifestación de ese poder irreductible a la voluntad de dominio, la vejez y la muerte están desatendidas aun allí donde más atención se les presta. No hay lugar para ellas como expresión de lo inelaborable. Nuestra ciencia y nuestra técnica no se sienten interpeladas por la evidencia de que ser sujeto también quiere decir saberse sujeto, es decir acotado por la ley, por un límite estructural y no apenas coyuntural. Es esta imposición trascendente lo desoído por nuestra cultura. Eso cuyo efecto sobre la subjetividad no se está dispuesto a considerar sino prácticamente.

Dado que nuestra cultura rehuye el trato con lo que no se deja inscribir por entero en un significado y pretende gerenciarlo todo, la vejez, para ella, no puede sino constituir una provocación intolerable. Es agraviante por lo que tiene de indómito. Sin embargo, a medida que la vejez multiplica en nosotros, los actuales, las huellas de su invulnerable fortaleza, nos vemos forzados a admitir lo que tanto empeño se ha puesto en subestimar: la impagable hipoteca contraída por el hombre con la fatalidad. Que el hombre no pueda sustraerse a la subordinación al tiempo, tal como lo atestigua la vejez, es algo que nos afecta donde más nos duele: en la presunción de nuestra supremacía y de nuestra autonomía con respecto a la naturaleza.

Envejecer es encaminarnos por la senda progresivamente hostil de un cuerpo que se marchita y de una conciencia que se sabe protagonizando su decadencia. Hay un momento en que el anciano se reconoce en lo que le sucede. Sabe, advierte, que esa cultura en retirada es él mismo. Que él es esa naturaleza en anárquica expansión, ese progresivo desorden que lo destituye como persona. Pero, paradójicamente, al reconocerse como un gradual desconocido, afirma, todavía, la fortaleza de su identidad. Es que aún somos profundamente humanos cuando advertimos que vamos dejando de serlo. El hecho de poder interrogar nuestra vida en retirada es una manera de afirmarla. Es todavía inscripción en la cultura.

"Hay un vitalismo propio de la vejez que se encuentra en las antípodas de la resignación y de lo burdo"

Sin embargo, envejecer y morir se convierten, a la luz de estrategias escapistas y subterfugios encubridores, en imperativos devaluados. El mandato social determinante es simular que no sucede lo que nos pasa. Si ya no se es joven se debe, no obstante, aparentar que se lo es. Todo, desde la indumentaria hasta la propia piel, tendrá que evidenciar que así se lo ha entendido. El paso del tiempo no debe dejar huellas. El hombre no debe ser un indicio del tiempo. La orden es creer y hacer creer que con uno el envejecimiento no ha podido. Si no somos indemnes al paso de los años debemos actuar como si lo fuéramos.

Ahora bien: ¿es ello imprescindible? No, a juicio de Vladimir Jankélévitch, para quien la vejez es también una oportunidad.

Leámoslo: “La vejez es un modo de ser como la juventud y la edad madura; y este modo de ser solo es deficiente para una sobreconciencia sinóptica, y a condición de comparar, de medir o de juzgar desde fuera; vivido desde dentro, el presente senil no está más vacío para el hombre anciano de lo que está el presente juvenil para el hombre joven: tiene solo otro cariz, otro ritmo, otro tiempo; una tonalidad diferente.

Hay, pues, un vitalismo propio de la vejez que se encuentra en las antípodas de la resignación y de lo burdo. Es otra conformación del goce de la vida. De ese goce que, según Jankélévitch, puede ser codiciado y obtenido en la ancianidad.

Envejecer puede también convertirse en un proceso de gradual y relativa adecuación fructífera al paso del tiempo. Constituye, en este sentido, un tránsito hacia una posibilidad y configuración inéditas del goce de vivir y no una mera desaparición de modalidades y recursos previos. Es en este nuevo marco perceptivo donde corresponde inscribir como conjunto el sentimiento de la propia vida cumplida. La vida entendida como “un conjunto”, según la designa Jankélévitch, solo se recorta como procedimiento creador cuando el hombre de edad reconoce afirmativamente su ancianidad. Y ya no con melancolía, como alguien en quien la juventud y la madurez, al extinguirse, lo han despojado de todo sentido y de toda tarea.

-III-

Se trata de aprender a volverse hacia el ayer desde otra percepción del presente propio. Se trata de pasar de la condición residual a la creadora, que también es posible en la vejez. La nostalgia y la disconformidad ante lo perdido no tienen porqué serlo todo. Es factible encarar de otra manera el ayer. Es posible encararlo con expectativa, interrogarlo, explorarlo. Solicitarle una verdad sobre el ser propio que, hasta ese momento no puede concebirse, imaginarse ni alcanzarse. Es la que solo llega a ofrecer una vida cuando se la interpreta como conjunto eventual, es decir como manifestación de una verdad que aún palpita en la temporalidad. Como otra cosa que pérdida, que extenuación, que resto. Esta revelación de la suma de los días es un privilegio de la vejez. Un privilegio hacia el cual rara vez se tiende. Y en esto consiste lo que todavía no nos ha ocurrido, eso que resulta de una nueva manera de relacionarnos con nuestro pasado, de un nuevo saber sobre él que da impulso y contenido inédito al presente. Se trata, quiero decir, de reelaborar nuestra experiencia del tiempo. Del tiempo tal como nuestro cuerpo la tramita, condicionado por la cultura que le infunde o lo priva de sentido.

"El tiempo que nos constituye es el mismo que nos destituye. Su comprensión usual jamás nos reconciliará con él"

Se trata, entonces, de restituirnos tiempo. Se trata de proceder de tal modo que el tiempo deje de ser aquello que únicamente acumulamos en nosotros (materia inerte) y pase a reconfigurarse como energía (materia dinámica) de que disponemos para proseguir en la vejez la construcción de nosotros como en lo que en ella somos ahora: ancianos. Estancado en nuestro cuerpo, el tiempo es veneno para el alma. No procesado, detenido, deja de ser lo que nos constituye para convertirse en lo que nos destituye. Nada más que en lo que nos destituye. Su paso ya no nos implica como sujetos sino como objetos. Al no convocarnos a hacer algo con él, sencillamente nos deshace. La pétrea inmovilidad del anciano retrata acabadamente la atroz hegemonía de un tiempo liberado de todo control subjetivo. Reconquistada la relación laboral con el tiempo, reaparece el presente: es el escenario en el que se juega nuestra relación con el futuro. Nuestra posible experiencia de la vejez como tarea y ya no, primeramente, como ceniza de la vida que se fue.

-IV-

El tiempo que nos constituye es el mismo que nos destituye. Su comprensión usual jamás nos reconciliará con él. Podremos hacerlo, en cambio, si dejamos de entenderlo como duración para empezar a reconocerlo como intensidad. Ni el tiempo ni el hombre duran. No son sino transfiguración. Antes, pues, que al plano fáctico, el hombre y el tiempo pertenecen al orden simbólico. Lo singular de nosotros, lo que hace de nuestra condición una instancia humana, es que no consistimos ante todo en ser sino en significar. Como signo que va en pos de su significado, el hombre está llamado a constituirse en el campo de la valoración.

El propósito del hombre, concebido como signo en busca de significación, es el de apersonarse. El de hacerse presente. El presente es la instancia de la significación. El escenario donde cada uno de nosotros algo quiere decir, algo puede significar. Ganar realidad es para el hombre que envejece, tal como Martín Buber lo advirtió, ser reconocido en su personal singularidad.

“El mundo del pasado –propone Norberto Bobbio–, es aquél donde reconstruyes tu identidad. No te detengas. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudarán a sobrevivir”


Fuente:https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-vejez-drama-y-tarea-pero-tambien-una-oportunidad-nid02112024/


Sunday, June 16, 2024

DÍA DEL PADRE

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En este Domingo del Día del Padre rindamos homenaje a nuestro 

padre con un fuerte abrazo, un lindo recuerdo, palabras cariñosas, 

alguna disculpa, un pedido de enmienda de algo que,

de adultos-y tal vez como padres también-pudimos ver que debe 

corregirse.

Siempre hay tiempo o alguna forma,aún en la ausencia, de decir, 

prometer, recuperar, paliar ciertas cosas que debieron o deben 

hacerse mejor.No nos olvidemos, en tanto , que no llegamos a este 

mundo con un manual de instrucciones-más bien lo vamos 

escribiendo sobre la marcha,con nuestras acciones, palabras, 

gestos y actitudes, sin olvidarnos de ninguno de los roles de padre 

e hijo/a  que ninguno sabe a priori cómo va a resultarle.

Aún así trabajemos para hacer de ese papel el mejor de nuestra 

vida.Sabemos que hay modelos y referentes que podemos seguir 

para que nos sirvan de guía.Busquemos hacerlo posible. 









Fuente:Palabras de Clara Moras(2019)

Saturday, March 4, 2023

ChatGPT, una introducción realista, por Ariel Torres

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          ChatGPT, una introducción realista 

 ChatGPT parece haber alcanzado el Santo Grial de la inteligencia artificial generalista, pero en realidad el único problema que resuelve (y no es menor) es el de interpretar y generar texto basado en sus lecturas 

 4 de Marzo de 2023 

 Ariel Torres 

 Si oíste hablar por ahí de ChatGPT y todavía no te queda claro si es un nuevo jueguito de carreras, un bot de inteligencia artificial o el Fin del los Tiempos, tengo dos buenas noticias. Primera, hay tiempo. Lo de este nuevo chat –que es mitad entusiasmo y mitad un avance notable– va para largo. Segunda, lo que sigue es una introducción concisa, pero medulosa y sin mística, al bot de inteligencia artificial creado por OpenAI y puesto al alcance del público el 30 de noviembre último. Entusiasmo, para ponerle un poquito de sal etimológica al asunto, viene del griego y literalmente significa “poseído por los dioses”. Creo que, si vamos a hablar de asuntos técnicos, deberíamos dejar de lado la posesión divina. Pero vamos a los hechos. 

 El nombre 

 Las siglas GPT de este chat –que sostiene con idéntica convicción cosas ciertas y cosas disparatadas– vienen de Generative Pre-trained Transformer. Obvio, esto no te dice nada, y tampoco vamos a intentar desarmar el tema en unos pocos párrafos, porque tiene muchas vueltas muy técnicas, como ocurre con todo lo que etiquetamos de inteligencia artificial. Pero lo bueno de saber que GPT viene de Generative Pre-trained Transformer es que ya no te vas a confundir, como le pasó a más de uno estos días. Es GPT, no GTP, TGP ni PGT.

 De dónde salió

 Ya sé, la frase que origina estas siglas suena a delirio místico. Como dije, no lo vamos a desarmar ahora, pero los transformers no tienen (repito, no tienen) nada que ver con la película de Michael Bay. Son un tipo de modelo de aprendizaje profundo que lanzó Google en 2017, mediante su proyecto Brain, y se lo usa para visión artificial y para entender y generar lenguaje natural. Al revés que el modelo que los precedía, los transformadores procesan toda la entrada de datos de una vez, en lugar de hacerlo secuencialmente. Como adelanté, en el caso de ChatGPT, se trata de una tecnología que Open AI llama Transformadores Generativos Pre-entrenados (Generative Pre-trained Transformes) y que lanzaron en junio de 2018. Lo de pre-trained se refiere a que estos modelos, basados en redes neuronales, son primero expuestos a grandes masas de datos. Entrenados previamente, como indica su nombre. Por ejemplo, toda la Wikipedia (en inglés) fue usada para entrenar a este bot que pide a gritos un nombre más lindo. No se trata de ninguna trampa. Las personas también llegan a decir cosas interesantes luego de un larguísimo entrenamiento previo. Pero cuidado, ahí terminan las similitudes. Por supuesto, cuantas más personas conversaban (por así decir) con ChatGPT, más datos se suman a su dataset; esto, hay que aclararlo, deja de ser así desde ahora, porque OpenAI decidió no usar más datos de los usuarios para entrenar a su bot. 

 Solo para ver cuán profunda podría ser la explicación que da este bot sobre algún tema, le pregunté (después del cierre, en la madrugada del sábado) qué es exactamente un GPT. Se lo pregunté en inglés, porque chatGPT funciona mejor en inglés que en español u otros lenguajes, y luego le pedí que tradujera su respuesta a nuestro idioma. Este es el resultado: “Un Generative Pre-trained Transformer (GPT) es un tipo de arquitectura de red neuronal que ha sido pre-entrenada con grandes cantidades de datos de texto para generar respuestas de lenguaje natural de alta calidad. La arquitectura del transformer es un tipo de red neuronal que utiliza mecanismos de auto-atención para procesar secuencias de datos de entrada, lo que la hace particularmente adecuada para tareas de procesamiento de lenguaje natural. “El modelo GPT se pre-entrena utilizando un objetivo de modelado de lenguaje, donde el modelo se entrena para predecir la siguiente palabra en una secuencia dada de texto. Este paso de pre-entrenamiento permite que el modelo aprenda patrones y relaciones en los datos de lenguaje, lo que lo hace capaz de generar texto coherente y de alta calidad en función de una entrada o una consulta. “Una vez que el modelo GPT está pre-entrenado, se puede ajustar finamente en tareas específicas, como la clasificación de texto o la traducción de lenguaje, mediante su entrenamiento con una cantidad menor de datos específicos de la tarea. Este paso de ajuste fino permite que el modelo se adapte a los requisitos específicos de la tarea en cuestión y mejora aún más su rendimiento. 

 “En general, el modelo GPT es una herramienta poderosa para tareas de procesamiento de lenguaje natural, especialmente para la generación de texto y la comprensión del lenguaje. Su capacidad de pre-entrenamiento y ajuste fino lo convierten en una herramienta versátil y efectiva para una amplia gama de aplicaciones relacionadas con el lenguaje.” O sea, no sabemos casi nada más ahora que antes de hacerle la pregunta, aunque dentro de la verborragia propia de este bot podemos detectar que un mecanismo llamado de auto-atención podría ser importante. Claro, lo es. Pero el bot no abunda en detalles, incluso cuando esos detalles están suficientemente explicados por todas partes en la web. Si uno insiste y le pregunta al bot de Open AI qué es un mecanismo de auto-atención, responde de nuevo con un montón de texto y aclara un poco, pero en su abundancia pierde la capacidad de aislar el concepto central y traducirlo en una imagen más comprensible. Todo lo cual, no obstante, es comprensible y, además, podrá mejorarse.

 ¿No tiene asistencia humana? 

 Estos días de frenesí quedó la sensación de que ChatGPT es alguna clase de entidad autónoma, consciente y enteramente mecánica, si me permiten el viejazo. Bueno, sí y no. El modelo desarrollado por Open AI reduce la necesidad de asistencia humana para que un sistema de aprendizaje automático se represente (de nuevo, por así decir) el mundo; pero como ocurre con cualquier bot (sobre todo si se abre al público, como Boti, el de la Ciudad de Buenos Aires), hay personas trabajando detrás de escena. Personas humanas, quiero decir. Y hay temas con los que ChatGPT no se va a meter. Y, en general, no teniendo ni consciencia del mundo ni consciencia de sí (dicho esto por el mismo ChatGPT), el bot no va a hacer nada por voluntad propia. En futuras notas vamos mirar un poco más lo que estos tecnicismos significan (favor de entender, vosotros, los iniciados) y cuánto hay de inteligencia aquí o de simple mímesis. Lo que sí me interesa dejar claro en una introducción es que ChatGPT no es Skynet, como se dijo en muchas ocasiones estos días; ni mucho menos. 

 Es más, la empresa que creó ChatGPT fue fundada –entre otros– por Elon Musk con el fin de investigar en inteligencia artificial de tal modo que resultara beneficiosa para la humanidad. El inocultable tufillo a Liga de Superhéroes que impregna este discurso habla claro de su misión, aunque OpenAI ya no es lo que supo ser. En 2019 dejó de ser una organización sin fines de lucro y Microsoft es hoy uno de sus principales inversores. En total: vamos a ver estos modelos de interpretación y generación de lenguaje natural hasta en la sopa, prometido. Dato importante: los propios responsables de Open AI y de ChatGPT quedaron atónitos con la viralización de su bot, según le dijeron a la revista del Massachusetts Institute of Technology. 

 ¿Cómo lo solventan? 

 Por ahora el servicio es gratis, pero, aparte las inversiones de grandes compañías, el plan es monetizarlo. Podría costar algo así como 20 dólares por mes. Ahí se va a terminar el amor, supongo.

 ¿Es realmente una revolución? 

 Por supuesto, estuve hablando (digámoslo así) largo y tendido con ChatGPT y tengo varios experimentos muy interesantes para compartir con ustedes. Pero antes de eso me parece que es oportuno reflexionar sobre la súbita posesión divina que experimentó casi todo el mundo con el bot de OpenAI. Las palabras que más oímos fueron nuevo, revolucionario, reinvención y cambio de paradigma. Va a haber un poco de todo eso, se los puedo garantizar, pero lo que en realidad pasó fue que OpenAI tuvo la idea (genial) de poner su bot al alcance de cualquier persona con una computadora, conexión con internet y un poco de curiosidad. La tecnología detrás de ChatGPT existe desde hace bastante y los transformadores en particular están desarrollándose desde hace cinco años. Pero como ocurrió con la computadora personal entre 1977 y 1981, el público de pronto tuvo la oportunidad de usar la inteligencia artificial en casa, en el trabajo, en la escuela, de una forma intuitiva y para su propio provecho. Por supuesto, la onda expansiva fue descomunal. 

 ChatGPT es un avance, no cabe duda. Tanto como lo era la IBM/PC respecto de las máquinas para hobbistas que existían antes. Pero la computación ya hacía maravillas antes de la PC. Es más, a las PC se las conocía en la industria como “esos juguetes de 8 bits”. Pero hasta entonces el poder de cómputo estaba reservado a gobiernos y grandes organizaciones, y de pronto la tuvimos en casa. Fue todo una locura; estuve allí, no me lo contaron. La PC fue persona del año de la revista Time en 1982. Ahora, aunque no como persona del año, ChatGPT fue también tapa de la revista Time, aunque el planteo de base de la revista está, a mi juicio, equivocado. No importa, eso es algo que podemos debatir. Lo que parece evidente es que, Como pasó muchas veces, las tecnologías florecen cuando muchas personas tienen acceso a ellas. 

 Lo más disruptivo 

 El análisis de lo que puede y no puede hacer ChatGPT ahora y en el futuro es un debate muy interesante, muy técnico y multidisciplinario. Pero el fenómeno mediático ChatGPT no reside tanto en la tecnología como en la gente. Ahora que sabemos lo que estas tecnologías pueden hacer, es posible que los incalculables desafíos que la IA impone en algo tan sensible como el empleo lleguen por fin a la agenda de la clase dirigente. Ahora, digo, que un bot puede responder una pregunta incómoda con casi el mismo discurso pre digerido y desangelado que un político en campaña.

 Fuente:https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/chatgpt-una-introduccion-realista-nid04032023/

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