Sunday, July 26, 2026

Mentiras, paranoia y mala fama, por Joaquín Morales Solá

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Mentiras, paranoia y mala fama

 

26 de julio de 2026

 

 

Por Joaquín Morales Solá

 

La sociedad argentina no es racista ni xenófoba, pero es cierto que sus gobernantes se han esforzado en construirle una mala fama al país. También debe reconocerse que existe cierta inexplicable arrogancia de algunos argentinos, sobre todo cuando están en el exterior, aunque es una actitud más propia de los que viven en la Capital que de los que están en el interior. Tales precisiones vienen a cuento porque se habla más de lo que se prueba sobre una “campaña antiargentina” tras la derrota del seleccionado nacional frente a la selección de España en la final del campeonato mundial de fútbol. El equipo argentino tuvo un desempeño ejemplar durante todo el campeonato, pero ¿por qué no reconocer que la selección española jugó mejor que la argentina en el último y definitivo partido? ¿Por qué no se puede criticar que un par de jugadores argentinos y un miembro del equipo técnico hayan tenido una actitud agresiva y de malos perdedores cuando maltrataron físicamente a jugadores españoles? Existe también la hilarante teoría de que hubo una conspiración internacional para que la Argentina pierda ese partido y que, por eso, los futbolistas argentinos no jugaron como correspondía. ¿Esos conspiranoicos no perciben, acaso, que están sugiriendo que los futbolistas argentinos se prestaron a una maniobra contra su propio equipo? ¿No advierten que los están acusando de traición a los mismos deportistas que crearon en el país hasta poco antes un instante de felicidad colectiva y de unión nacional? ¿Por qué no explican la razón por la que la FIFA urdió una maniobra para que España ganara el campeonato y la Argentina lo perdiera, aunque su equipo sea el subcampeón del mundo después de haber sido el campeón durante cuatro años? Ningún medio periodístico serio se hizo eco de tales teorías, pero vivimos una época en la que las redes sociales se prestan para conformar ciertos antojos populares. Esa no es la función del periodismo, pero las nuevas tecnologías han creado una manera alternativa de observar la realidad, menos verdadera y más ficcional.

¿Cómo llamar racista o xenófobo a un país que recibió en los últimos años a 258.000 venezolanos, según la Dirección Nacional de Población, en solidaridad por el despotismo y la crisis que debían soportar en su país? ¿Cómo, cuando 100.000 colombianos se sumaron a la sociedad argentina en tiempos recientes? Solo se escuchan de todos ellos, ya sea un médico o un chofer de Uber, palabras de agradecimiento hacia una sociedad que nunca los discriminó. A ellos deben sumárseles 900.000 paraguayos, 700.000 bolivianos y 112.000 uruguayos, entre otras colectividades, como la peruana o la chilena. Esa buena recepción argentina al extranjero se respalda, tal vez, en la propia historia del país, porque las generaciones de la organización nacional (que promovieron la era más exitosa de todo el recorrido argentino) construyeron una sociedad de inmigrantes. “Los argentinos descienden de los barcos”, sentenció el incomparable escritor mexicano Carlos Fuentes, antes de morir prematuramente. Tenía razón. Unos 20 millones de argentinos descienden de españoles y otros tantos tiene raíces italianas. Significan el 80 por ciento de la sociedad argentina. La comunidad judía argentina es la más importante de América Latina y una de las más importantes del mundo. En la Argentina sucedió la primera experiencia de un diálogo interreligioso permanente, que aún existe, impulsado por el entonces cardenal Jorge Bergoglio; participan fundamentalmente las tres religiones monoteístas: la cristiana, la judía y la musulmana. Es verdad que no hay en el país muchos afrodescendientes; solo un 0,66 por ciento de la sociedad argentina se siente afrodescendiente o con antepasados africanos. Más allá de ciertos insultos esporádicos de algún argentino desubicado -desubicados hay en todo el mundo- la Argentina no registra un número preocupante de casos de discriminación. Seguramente es consecuencia de que aquí se eliminó la esclavitud en 1813, tres años más tarde de que se formara el primer gobierno nacional; se terminó entonces el inhumano negocio de la compraventa de esclavos en el país.

 

Quizás porque los argentinos padecieron demasiados fracasos políticos y económicos, son renuentes a aceptar nuevas derrotas, aunque sea solo en el final de un partido de fútbol y después de una excelente trayectoria de la mano de dos líderes deportivos excepcionales: el director técnico Lionel Scaloni y el indescriptible Lionel Messi, que se colocó por encima del mito humano y deportivo de Diego Maradona. Ni Scaloni ni Messi privilegiaron nunca la conspiración frente a la verdad más simple. El jugador Leandro Paredes, que fue uno de los que protagonizó la gresca final con algunos españoles, sintetizó esa verdad, implícitamente arrepentido de lo que hizo: “Ellos jugaron mejor que nosotros”, aceptó. La derrota final reflotó el resentimiento de argentinos que vivieron de frustración en frustración, luego de toda una vida con la ilusión de residir en algún momento en una Argentina convertida en una potencia mundial. Nunca lo fue. El único aspecto cuestionable de lo que pasó con la Argentina y el Mundial es el uso que hicieron la AFA y sus dueños, Claudio “Chiqui” Tapia y su cómplice Pablo Toviggino, tesorero de la millonaria organización del fútbol argentino, del talento de los futbolistas de la selección nacional. Tapia llegó al extremo de exhibir la seguridad de su impunidad delante de los periodistas y escudado por Messi, aunque sin el conocimiento previo de este. ¿Es natural que un país confíe más en la Justicia y en las investigaciones norteamericanas que en las pesquisas nacionales? No es natural ni normal. Pero las fechorías de los dirigentes de la AFA se entrelazaron aquí dentro de una madeja incomprensible dentro de un laberinto judicial. Una justicia que se demora más en discutir sobre competencias y jurisdicciones que en investigar las denuncias de corrupción deja de ser justicia. En síntesis, la selección argentina es exitosa (y también un ejemplo del trabajo de un equipo), pero Tapia y Toviggino -y los que resulten cómplices de ellos- deben responder ante la Justicia por denuncias sobre corruptelas que rondan los 400 millones de dólares. Ya no es soportable seguir mirando cómo la Justicia discute qué juez tiene que investigar la propiedad de un mega mansión en Pilar valuada en 20 millones de dólares, que está a nombre de un monotributista y de su madre, una mujer jubilada. El dueño real, según la versión más fiable, es Toviggino, quien se la prestaba a algunos encaramados jueces para que celebraran sus cumpleaños. Si fuera así, buena parte de los jueces federales deberían excusarse de seguir investigando a Tapia y Toviggino. Ellos estuvieron demasiado cerca del delito y no lo vieron. ¿O no lo quisieron ver?

La mala fama de la Argentina no es culpa de sus jugadores de fútbol ni de los argentinos en general; la culpa principal es de su dirigencia política que logró un país que se olvidó de las reglas, buenas o malas. No tiene reglas. La Argentina es históricamente, según el Ciadi, el tribunal arbitral del Banco Mundial, el país con más denuncias de empresas extranjeras, administradas por esa institución, por el incumplimiento de contratos o directamente por la ruptura de contratos. Para la Unctad, un organismo de las Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo de los países, la Argentina es el segundo país, después de Venezuela, en recibir denuncias de compañías extranjeras. La diferencia entre la Argentina y Venezuela es mínima: 67 denuncias contra el país del chavismo y 65 contra la nación del kirchnerismo. Sucede que la Unctad releva todos los arbitrajes internacionales de inversión, independientemente del lugar en el que se tramiten. El Ciadi, en cambio, hace la estadística según los casos que le cayeron solo a ese organismo.

 

La democracia argentina ha sido zigzagueante en materia económica y esa dinámica creó un concepto de país imprevisible, dudoso e inestable, que se extendió luego más allá de los sectores económicos y diplomáticos. El gobierno de Carlos Menem, pero sobre todo de su ministro Domingo Cavallo, estableció una política de garantías absolutas para los inversores extranjeros. El gobierno de Fernando de la Rúa respetó esos compromisos, pero su debilidad política lo convirtió en poco creíble para las compañías que arriesgaban sus dólares en el país. Lo peor estaba por suceder. El arribo del kirchnerismo significó la destrucción de todo lo que lo precedió, aunque el matrimonio Kirchner había apoyado al menemismo en su apogeo. Luego de doce años consecutivos de kirchnerismo, en 2015 llegó Mauricio Macri, quien aplicó también una política de respeto a los inversores, nacionales o extranjeros. Pero empresarios extranjeros (fundamentalmente españoles) le hicieron una advertencia no bien accedió: ellos esperarían que Macri ganara varias elecciones, la relección más que nada, para invertir en la Argentina. Estaban decepcionados (y desvalijados también muchos de ellos) con lo que había pasado entre Menem y los Kirchner, a pesar de que esos presidentes argentinos pertenecían a un mismo partido político. España fue el principal inversor extranjero en la Argentina durante la década del 90 y, por eso, fueron también sus empresas las que más juicios entablaron en el Ciadi. Algunas privatizaciones que beneficiaron a empresas españolas fueron realmente malas, como la de Aerolíneas Argentinas en manos de la empresa Marsans; su principal accionista, Gerardo Díaz Ferrán, terminó preso en España, aunque no por motivos vinculados con la empresa aeronáutica. Repsol se quedó con la mayoría accionaria de YPF, pero aceptó después la presión de los Kirchner para que le vendieran el 25 por ciento de la compañía a la familia Eskenazi, que pagó con sus propios dividendos. Los dividendos se los llevaron todos sus accionistas (también Repsol), la inversión cayó verticalmente y eso significó el vaciamiento de la principal empresa argentina. La verdad es completa o no es verdad. La historia de las transgresiones argentinas no concluyó ahí. La desconfianza de los empresarios extranjeros terminó dándoles la razón. Macri perdió la relección a manos de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner, que en 2019 regresó al poder. Nuevamente el peronismo kirchnerista rompió los contratos de Macri. El posterior arribo de Javier Milei reacomodó las cosas según las políticas de Cavallo y de Macri. Existen ahora algunas inversiones en energía, minería y agroindustria, pero muchos empresarios, extranjeros o nacionales, están esperando ver qué sucede con la suerte política del presidente libertario. “La relección debe ganarse en primera vuelta”, aseguran, con más anhelo que seguridad, cerca de Milei, y lo dicen después de mirar el mapa de las inversiones. Los Kirchner debieron pagar más de 428 millones de dólares en juicios perdidos en tribunales internacionales, además de los 10.000 millones de dólares, incluidos los plazos y los intereses, que el entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, arregló con Repsol por la confiscación de YPF, pero no con los Eskenazi. Esta última parte es la que terminó en Nueva York hace poco, cuando una Cámara de Apelaciones revocó una resolución de la jueza Loretta Preska que le ordenaba al país pagarle 16.000 millones de dólares al fondo Burford, a quien los Eskenazi le vendieron los derechos para litigar. Milei celebró ese día porque le sacaron de encima una deuda impagable. Fue el buen resultado de una estrategia que comenzó con el procurador del Tesoro en tiempos de Macri, Bernardo Saravia Frías, y concluyó con el actual procurador, Sebastián AmerioLa continuidad tiene su valor. A su vez, Macri pagó más de 870 millones de dólares por juicios también perdidos contra el país por las correrías del kirchnerismo. Aunque la orden que dio Milei es recuperar la confianza de los mercados internacionales, a los abogados del Estado, nucleados en la procuración del Tesoro, les será arduo explicar que ya no existe la lógica argentina de los incumplimientos, el litigio y el desaliento a la inversión. No hay peor campaña “antiargentina” que la que promueven los políticos argentinos. Ya es hora de que dejen tranquilos al fútbol y sus jugadores.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/mentiras-paranoia-y-mala-fama-nid26072026/(Editado)

 

Comentario:

Este artículo invita a distinguir entre dos planos que con frecuencia se confunden: la identidad de un pueblo y la conducta de quienes lo gobiernan. Comparto esa mirada porque resulta injusto atribuir a toda la sociedad argentina una reputación negativa construida, en gran parte, por décadas de malas decisiones políticas, corrupción e incumplimiento de las reglas. La imagen de un país no depende únicamente de sus ciudadanos, sino también de la credibilidad de sus instituciones.

También coincido con la crítica hacia las teorías conspirativas que surgieron tras la derrota de la selección. Reconocer que el rival fue superior no disminuye el mérito del recorrido realizado ni el orgullo por un equipo que volvió a unir a millones de argentinos. La madurez consiste en aceptar la derrota con la misma dignidad con la que se celebra una victoria.

El presente texto recuerda, además, que Argentina ha sido históricamente una nación abierta a la inmigración. Millones de personas encontraron aquí un lugar para vivir, trabajar y formar una familia, lo que contradice las simplificaciones que pretenden definir al país como racista o xenófobo. Sin negar que existan casos de discriminación, reducir toda una sociedad a esos episodios resulta tan injusto como inexacto.

La verdadera autocrítica debería dirigirse hacia una dirigencia que, durante años, debilitó la confianza en el país mediante la improvisación y el incumplimiento. Recuperar el prestigio internacional exige instituciones sólidas, reglas estables y dirigentes responsables. Esa transformación vale mucho más que cualquier campaña de imagen o cualquier triunfo deportivo.

Clara Moras.

Domingo, 26 de julio, Santa Ana y San Joaquín, DÍA DE LOS ABUELOS

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Domingo 26 de julio, Santa Ana y San Joaquín

Santa Ana y San Joaquín son venerados por la tradición cristiana como los padres de la Virgen María y, por lo tanto, los abuelos de Jesús. Aunque los Evangelios no mencionan sus nombres, estos provienen de antiguos escritos de la tradición, especialmente del Protoevangelio de Santiago. La Iglesia los recuerda el 26 de julio como ejemplo de fe, esperanza y confianza en Dios.

Según la tradición, Ana y Joaquín eran un matrimonio justo, piadoso y profundamente creyente que sufrió durante muchos años la tristeza de no poder tener hijos. Sin embargo, nunca perdieron la confianza en el Señor y perseveraron en la oración. Finalmente, Dios escuchó sus súplicas y les concedió el nacimiento de María, quien más tarde sería elegida para ser la Madre de Jesús.

La vida de Santa Ana y San Joaquín nos enseña el valor de la paciencia, la perseverancia y la fidelidad a Dios incluso en los momentos de dificultad. También representan la importancia de la familia como el primer lugar donde se transmiten la fe, los valores y el amor. Su testimonio recuerda que la santidad comienza en la vida cotidiana, mediante gestos sencillos de entrega y confianza. Por ello, son considerados patronos de los abuelos y un modelo para todas las familias cristianas.

DÍA DE LOS ABUELOS

En este Día de los Abuelos queremos rendir un homenaje lleno de cariño y gratitud a quienes, con su ejemplo y su amor incondicional, han dejado una huella imborrable en nuestras vidas. Los abuelos son mucho más que parte de una familia: son guardianes de la memoria, transmisores de valores y testigos de la historia. En sus relatos descubrimos nuestras raíces y, en sus consejos, encontramos la sabiduría que solo regalan los años vividos.

Cada abrazo, cada palabra de aliento y cada gesto de ternura son un regalo que permanece en el corazón para siempre. Ellos nos enseñan que el verdadero amor se demuestra en la paciencia, en el tiempo compartido y en la capacidad de acompañar sin pedir nada a cambio. Su presencia nos recuerda la importancia de la familia, del respeto y de la solidaridad.

Hoy también recordamos con emoción a aquellos abuelos que ya no están físicamente entre nosotros, pero que siguen viviendo en nuestros recuerdos, en nuestras costumbres y en las enseñanzas que nos dejaron. Su legado continúa guiando nuestros pasos y permanece vivo en cada generación.

Que este día sea una oportunidad para agradecer, abrazar, visitar o simplemente dedicar una oración a nuestros abuelos. Que nunca falten el reconocimiento y el afecto hacia quienes tanto hicieron por nosotros.

 ¡FELIZ DÍA,ABUELOS! QUE DIOS LOS BENDIGA Y LOS COLME SIEMPRE DE SALUD, ALEGRÍA Y PAZ.

Clara Moras.

Querido Samuel, por Alejandro Borensztein

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Querido Samuel

Breve mensaje para el actor Samuel L Jackson quien pidió apoyar a España en la final porque, según él, la Argentina es el país más racista del mundo.

25/07/2026

Dear Samuel:

No hace falta que te diga todo lo que te admiramos desde siempre y cuánto hemos disfrutado de tus películas. Por eso nos resultó extraño y duro que hayas dicho: “Argentina es el país más racista del mundo”. No te voy a engañar Samuel, tus palabras nos dolieron.

Argentina no es un país racista. Somos producto de la mezcla de razas, sangres, religiones y nacionalidades. Seguramente, por eso somos un poco caóticos, pero también muy creativos, divertidos y sobre todo indestructibles.

Acá la esclavitud se abolió en 1813. Cincuenta y dos años antes que allá, en tu país. Desde entonces nunca hubo que pelear por derechos para igualar razas o credos. Peleamos por otros derechos, por otras cosas, no te lo voy a negar. Y nos han pegado mucho. Muchísimo. Pero a todos por igual. Blancos y negros, inmigrantes y criollos, occidentales y orientales, católicos, judíos y árabes. Acá cuando la ligamos, la ligamos todos.

Creéme Samuel que si tu familia, en lugar de haberte criado allá en Tennesse te hubieran criado acá en las pampas argentinas, hubieses podido viajar en el mismo bondi que tomaba el jefe del Ku Klux Klan , y mear con él en el mismo baño todos juntos.

Rosa Parks, la mujer de Alabama que en 1955 desafió al sistema sentándose en la parte del bus reservada para los blancos, acá se hubiese podido sentar donde quería desde el primer día y nadie le hubiese dicho nada. Y si no había asiento libre seguramente cualquier caballero argentino se lo hubiera cedido. Así fue siempre.

Acá no hubo que esperar hasta 1965 para que una ley permitiera que los negros votasen un presidente. Acá votamos todos. Te reconozco que a veces votamos como el orto, pero todos.

Eso sí, fuimos un poco perezosos con las mujeres a las que recién se les otorgó el derecho en 1951. Grave. Feo, pero aceptame que allá fue mucho peor: por ser negro no pudiste votar hasta 1965.

Allá un supremacista es un blanco grandote que te cuelga de un árbol rodeado de antorchas. Acá los supremacistas son los que están en la tribuna cantando “vos sos de la B”.

Te cuento una rareza de la Argentina: la mayoría de nosotros tenemos un amigo al que le decimos “negro”. No solo eso si no que, cuando se lo decimos, su rostro se ilumina.

Acá decir “¿qué haces negrito?” es cariñoso y cotidiano, pero intuyo que allá en Tennesse, si digo “¿qué hacés negrito?” lo más probable es que me rocíen con nafta y me tiren un fósforo, aún con lo caro que se les puso el galón últimamente.

Para nosotros “negro” es simplemente un color, no le damos más vueltas. “Que bien te queda el negro”, “el día se puso negro”“me las veo negras” son expresiones cotidianas por las que en Tennesse me lincharían y probablemente vos estarías de acuerdo con que así sea. Y no te culpo, allá es así. Acá no.

Nuestra mejor voz femenina fue la Negra Sosa y el mejor cuentista de humor fue el Negro Fontanarrosa. Ni hablar de uno de los cómicos más queridos de nuestro país: el Negro Olmedo. Te recomiendo sus películas, especialmente las que hacía con el Gordo Porcel. Sí Samuel, le decíamos gordo a Porcel y negro a Olmedo y acá nadie se ofendía. Mucho menos ellos mismos.

Acá Muhammad Alí no hubiese tenido que cambiarse el nombre en rechazo al legado de la esclavitud. Le hubiésemos dicho el Negro Clay y a otra cosa. Todos contentos.

Para que en la Argentina sea despectivo decirle “negro” a alguien hay que llevar las cosas a otro nivel. Por ejemplo, negro de mierda, negro cagador o negro hijo de puta. Pero si le decís negro a secas, así plain, sin aditivos, eso viene seguido de un abrazo.

Te cuento algo que no me vas a creer. Mi abuelo, al que le decíamos el Zeide, se llamaba Samuel, como vos. Fue un inmigrante polaco y judío al que la Argentina recibió con los brazos abiertos, como a todos los inmigrantes. Sin segregación, sin racismo.

Por supuesto, nunca faltó algún antisemita de los que siempre hay en todo el mundo, ahora un poquito más. Pero desde que llegó al país gozó de los mismos derechos que todos los demás. Laburó como un perro para que sus hijos argentinos crecieran y prosperaran.

El del medio fue mi papá, un gran actor cómico que se llamaba Tato y que con los años se transformó en un símbolo de los mejores valores argentinos. Entre tantos premios y reconocimientos que recibió, ganó mucho Martin Fierro que viene a ser como el Oscar de acá. Toda la familia ganó varios Oscar argentinos. Yo lamento mucho que a vos allá en Hollywood te hayan dado uno solo.

Y encima fue un Oscar a la trayectoria. No hace falta que te explique lo que significa el premio a la trayectoria: se lo dan a los viejos que laburaron mucho. Seamos sinceros, un Oscar de verdad, por un programa o una película concreta, no ganaste ninguno. Una pena Sam.

Sin embargo, tus palabras, como las de otros que también insultaron a nuestro país, han tenido algo positivo. Te cuento.

Acá hay una grieta desde hace mucho tiempo. Eso que a ustedes les pasa ahora con Trump, a nosotros nos pasó muchas veces y en los últimos 20 años nos pasó con los Kirchner. No quiero entrar en detalles, pero creéme Samuel que acá la sociedad está dividida por esta gente. Él ya falleció y ella está presa porque tuvo unos problemitas que no vienen al caso comentarte.

Mirá como serán las cosas que esta ola de agravios contra la Argentina logró lo que nadie imaginaba: estamos todos unidos en defensa de la verdad y la dignidad nacional. La Argentina tendrá sus defectos, pero no es el país más racista del mundo como dijiste vos. De hecho, creo que es menos racista que cualquier país promedio y muchísimo menos que países centrales que han sido colonialistas o directamente segregacionistas, como el tuyo. Por suerte ya no lo es.

Más allá de las diferencias de todo tipo, los argentinos estamos todos unidos detrás de algunas ideas, también de la Selección, de Messi, del recuerdo de Maradona y del hecho de que, si alguien dice que somos el país más racista del mundo, vamos a estar todos de acuerdo en que ese tipo es un pelotudo, con todo respeto. Mirá lo que lograste Sam. Todo un mérito. Ni el Papa Francisco, que era argentino y tanto lo intentó, pudo lograr la unión nacional.

Por eso, yo que vos me pego una vuelta por acá para comprobarlo personalmente. Te invitamos. Te va a gustar. La gente es amable, se come rico, hay muy buen teatro y los paisajes naturales son de los más variados y bellos de la Tierra.

Y si te gusta el fútbol, y veo que es así, te podemos llevar a la cancha para que disfrutes de una de nuestras mayores pasiones, con todos sus logros, incluyendo las 7 finales del mundo y los 3 mundiales ganados.

A propósito, lamento mucho que Bélgica los haya eliminado en octavos de final, con toda la que gastaron. Espero que no haya sido eso lo que motivó tus expresiones contra nosotros.

No te la pierdas, champ. Vení que la vas a pasar fenómeno.

Es más, seguro que alguien te va a proponer filmar una película o una serie. Y si te ofrecen pagarte una parte en negro, no te ofendas. Es para que te ahorres algo del impuesto a las ganancias. Es a favor tuyo.

En fin, querido Samuel, tal vez si venís nos puedas conocer un poco mejor.

Y si no, te lo explico del modo en que lo explicamos nosotros acá: es Argentina, no lo entenderías negrito.

 

Fuente: https://www.clarin.com/opinion/querido-samuel_

Comentario:

Hay textos que, sin proponérselo, logran una hazaña extraordinaria: convencer al lector de que la ironía sigue siendo una de las formas más elegantes de responder a la soberbia. Esta carta lo consigue al tomar una acusación desmesurada y devolverla con humor, datos históricos y una buena dosis de picardía argentina.

Resulta curioso que algunos personajes públicos descubran de pronto el racismo universal... siempre lejos de sus propias fronteras. Parecería que la memoria histórica funciona con GPS: señala con precisión los errores ajenos mientras pierde la señal cuando se acerca a los propios. Argentina, como cualquier sociedad, tiene prejuicios, discriminación y mucho por mejorar. Negarlo sería tan absurdo como afirmar que es "el país más racista del mundo". Entre un extremo y el otro existe un territorio llamado realidad.

El presente texto también recuerda una diferencia fundamental entre describir un problema y convertirlo en una identidad nacional. Si un episodio desafortunado alcanza para definir a todo un país, entonces pocas naciones podrían sobrevivir al juicio de la historia. Habría que rebautizar medio planeta con el nombre de sus peores errores.

La ironía final es quizá la más reveladora: hicieron falta unas declaraciones injustas para unir a un país que suele discutir por todo. Ni la política, ni el fútbol, ni los grandes discursos habían logrado semejante milagro. Quién hubiera imaginado que el camino hacia la unidad nacional pasaría por una frase tan exagerada. A veces, los prejuicios terminan produciendo exactamente el efecto contrario al que pretendían.

Clara Moras.


Saturday, July 25, 2026

Y un día, la derrota se festejó como un triunfo, por Héctor M. Guyot

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Y un día, la derrota se festejó como un triunfo

25 de julio de 2026

Por Héctor M. Guyot

Se llegó alto. Pero la ambición era llegar a lo más alto. De allí la frustración que sobrevino a la derrota. La selección argentina enfrentó un equipo que jugó mucho mejor y nos cortó el ascenso a la gloria, cuando estaba tan cerca que ya la dábamos por nuestra. Es un grupo maravilloso y merecía la gloria. Pero no mereció ganar el partido. Se perdió con justicia. Hubo corazón. Faltó fútbol.

Hubo corazón para defender, no para atacar. No hubo hambre de gol y no se buscó el arco. Los nuestros, incluido Messi, estaban como perdidos. Fue un partido raro, tan distinto a lo esperado. Lo atribuyo al cansancio y las lesiones. Y, sobre todo, a la dinámica admirable que desplegó el rival. No compro la lectura conspirativa, no los vi arrugar ni ir a menos. Pero sí jugar mal, sin encontrarse, tal como en partidos anteriores remontados a fuerza de no darse por vencidos. Y muy lejos de la exhibición que dieron en la última media hora del partido contra Inglaterra, que selló una semifinal festejada como una final. El climax se anticipó y eso tal vez incidió en el equipo. Es difícil, desde tan arriba, mantener la cuerda tensa e ir por más. A la tensión le sigue la distensión, es una reacción física.

Pese a haber perdido la Copa, en medio de la desazón, la hinchada argentina festejó sus colores. Raro también, una derrota que se asume como un triunfo. Esa muestra de orgullo, de adhesión al equipo, consoló a los jugadores, que devolvieron el gesto con una actitud que se malinterpretó. Me hubiera gustado que la selección aplaudiera a los ganadores, pero creo que la espalda que les dio a los españoles mientras recibían los premios no fue un desplante. Olvidados del acto oficial y de cualquier protocolo, los nuestros buscaron a su hinchada para hacer con ella el primer duelo por la derrota. Fue un rito al margen de todo. Una ceremonia aparte. Uno de esos momentos en los que sentimientos complejos y contradictorios abruman el ánimo, y en los que uno quiere estar con los suyos. Desde las gradas, en medio de la intimidad de ese duelo compartido, volvió a bajar un poderoso sentimiento de gratitud que después se multiplicaría en el Obelisco y en distintas plazas del país. Gloria a los derrotados.

La emocionalidad al palo del hincha argentino había despertado simpatía en aquellos lugares donde jugaba la selección. Fuimos la hinchada más ruidosa, la que concitaba más atención. No sé cómo, pero de pronto la simpatía dio paso a una ola de rechazo. Eso es lo que se vio en las redes, algunos dicen que a raíz de una campaña impulsada por Rusia. El punto de inflexión quizá fue la bandera de Malvinas que los jugadores desplegaron en la cancha tras vencer a Inglaterra. A mí el gesto me recordó la pancarta contra las pasteras que Evangelina Carrozzo paseó en bikini en medio de una cumbre internacional en Viena, en 2006. No me gustó. Pero el reconocimiento que dijeron haber sentido los olvidados excombatientes me hizo repensar. En todo caso, el hecho fue criticado como un inadmisible acto de rebeldía. Es posible que el estilo argento moleste por irreverente. Somos, a mucha honra, para bien y para mal, insumisos.

Se nos critica por orgullosos, por creernos más o únicos, y algo de eso hay. Lo raro es que se apoyen para eso en un equipo cuyos líderes son el colmo de la modestia. En un video que circula en las redes, un periodista le pregunta a Messi cómo hace para llevar la pelota tan cortita. “La verdad que no hice nada, fue Dios quien me hizo jugar así”, responde el diez con sinceridad. Tanto él como Scaloni viven sacándose el mérito de encima. Por eso no se entiende que Pérez-Reverte dijera, aun con ánimo de defender al país de los ataques, que esta selección representó solo “a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”, cuando es un orgullo nacional que refleja nuestras mejores virtudes.

¿Hubo excesos reprochables? Sí, los hubo, en especial los empellones y cruces con jugadores españoles que protagonizaron ParedesMolina y Roberto Ayala tras la derrota, signos de impotencia que por suerte no pasaron a mayores. Agresiones para lamentar, haya habido provocación previa o no. Pero la mayor parte de los ataques a la argentinidad se montaron sobre prejuicios, y ni hablar de la insólita acusación de ser uno de los países más racistas del mundo, hecha en algunos casos por ciudadanos de países con historia imperial que diezmaron África y mantuvieron, hasta hace no tanto, crueles leyes de segregación racial.

La movida antiargentina que inundó las redes por estos días demostró que, una vez que los algoritmos difunden un tema con la dosis suficiente de odio y resentimiento, la ignorancia hace el resto y la ola crece hasta pasar a la cobertura de los medios más importantes y a la boca suelta de influencers y celebridades que se suman a la estigmatización sin conocimiento alguno y sin medir las consecuencias. En las redes la realidad estalla y los necios se fabrican la propia.

Pero las redes, al mismo tiempo, ofrecieron conmovedores testimonios de extranjeros que valoran muchas cualidades de los argentinos, como la calidez, el sentido de la amistad y la tenacidad en las malas. Ese tesón para no rendirse, para dar la lucha en equipo, es una de las grandes lecciones de esta selección. La última llegó en la final: el éxito no siempre equivale a ganar. El domingo, el país festejó una derrota en honor a una serie de principios. Algo, para mí, inédito. Señal de que quizá seamos capaces, como sociedad, de aprender algo de todo esto.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/y-un-dia-la-derrota-se-festejo-como-un-triunfo-nid25072026/ (Editado)

Comentario:

Este texto invita a reflexionar sobre una idea poco frecuente en el deporte: hay derrotas que, por la forma en que se afrontan, dejan una huella tan valiosa como una victoria. Coincido con el autor en que el verdadero mérito de esta selección no estuvo únicamente en los resultados obtenidos, sino en los valores que transmitió a lo largo del torneo. La entrega, la humildad, el compromiso colectivo y la capacidad de sobreponerse a la adversidad construyeron una identificación que fue mucho más allá de un título.

También comparto la idea de que perder no siempre significa fracasar. En la final hubo un rival superior y reconocerlo no disminuye el enorme recorrido realizado. Al contrario, aceptar la derrota con honestidad es una muestra de madurez deportiva y humana. El apoyo incondicional de la hinchada reflejó precisamente ese reconocimiento: se aplaudió el esfuerzo, la actitud y el sentido de pertenencia, no el resultado.

El presente artículo también acierta al advertir sobre los riesgos de las redes sociales, donde los prejuicios y la desinformación suelen amplificarse hasta convertirse en verdades aparentes. Generalizar o reducir a un país entero a estereotipos solo alimenta la intolerancia y empobrece el debate.

Finalmente, la mayor enseñanza es que el éxito no siempre se mide por una copa levantada. A veces consiste en inspirar, en representar valores positivos y en dejar un legado de unidad y resiliencia. Si esa lección logra trascender el deporte, habrá sido una victoria mucho más importante que cualquier campeonato.

Clara Moras.


Argentina es más que lo peor que se ha dicho de ella, por Esteban Bullrich

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Argentina es más que lo peor que se ha dicho de ella

El autor responde a la campaña crítica contra el país en el contexto del Mundial; pide no dejarse llevar por prejuicios e invita a reconocer nuestros fracasos y seguir creciendo

24 de julio de 2026

 

Por Esteban Bullrich

 

Hay momentos en que el silencio se convierte en una forma de rendición.

En las últimas semanas he visto cómo mi país -y nuestra selección de fútbol- se convirtió en blanco de acusaciones que van mucho más allá de la crítica a una conducta inaceptable. Se ha retratado a Argentina como una nación racista. Algunos incluso han sugerido que nuestra identidad nacional está de algún modo entrelazada con el nazismo. Esas palabras duelen. No porque Argentina sea perfecta. No lo es.

Como todos los países, tenemos racismo, prejuicio, ignorancia e intolerancia. Tenemos personas que dicen cosas ofensivas, personas que discriminan y personas que no logran ver la dignidad del otro ser humano. Nunca deberíamos negar esa realidad. Debemos enfrentarla con honestidad. Pero la honestidad también exige contar la historia completa.

Admiro a Samuel L. Jackson desde hace décadas. Su trabajo ha entretenido e inspirado a millones de personas en todo el mundo, incluido yo. También respeto a todo líder público que elige luchar contra el racismo. La humanidad necesita más voces así, no menos. Sin embargo, la admiración no elimina la responsabilidad de disentir cuando el desacuerdo está justificado. Cuando figuras públicas reducen a Argentina a caricaturas, pasan por alto una historia que merece ser conocida.

En 1813, cuando buena parte del mundo todavía aceptaba la esclavitud como algo normal, Argentina sancionó la Ley de Libertad de Vientres, que declaraba libres a los hijos de mujeres esclavizadas. Cuarenta años después, en nuestra Constitución de 1853, la esclavitud fue abolida por completo.

Esas decisiones llegaron medio siglo antes de que Abraham Lincoln firmara la Proclamación de Emancipación y una década antes de que la Decimotercera Enmienda aboliera la esclavitud en todo Estados Unidos.

Esto no es una competencia de virtud moral. La historia nunca debería usarse para declarar a una nación superior a otra. El punto es más simple. Los hechos importan.

Una nación no debería ser juzgada solo por su capítulo más oscuro, ni por sus voces más ruidosas.

Los críticos suelen señalar que criminales de guerra nazis huyeron a Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Eso ocurrió. Es una mancha en nuestra historia que ningún argentino serio busca borrar. Pero la historia también nos dice que muchos países -incluidos Estados Unidos, Canadá y varias naciones europeas- recibieron a antiguos nazis a través de distintos programas de inmigración u operaciones de inteligencia durante la Guerra Fría. El mal explotó circunstancias políticas en varios continentes. Concluir de esa realidad que Argentina es “un país nazi” es tan injusto como decir que Estados Unidos se define por la esclavitud o que Europa se define por el colonialismo. Las civilizaciones siempre son más grandes que sus errores.

Quizás lo que más me entristece es que estas acusaciones surgen en un momento en que el mundo necesita desesperadamente menos desprecio y más humildad.

La humildad comienza por reconocer nuestros propios fracasos antes de condenar los de los demás. Toda sociedad carga heridas. Algunos países luchan contra el antisemitismo. Otros luchan contra la islamofobia. Otros contra la xenofobia. Otros contra la violencia policial arraigada en el racismo. Otros contra la discriminación hacia los pueblos indígenas. Ninguna nación ha completado la tarea de reconocer la igual dignidad de cada ser humano. Argentina ciertamente no lo ha hecho. Pero nadie más tampoco.

Como alguien que vive con ELA, dependo gran parte de mi vida de la bondad de los demás. Ya no puedo hablar con mi propia voz. Solo muevo los ojos. La enfermedad me ha despojado de toda ilusión de autosuficiencia. También me ha enseñado algo inesperado. Cuando el cuerpo se vuelve frágil, las personas dejan de parecer categorías.

No hay conservadores que me ayuden a acostarme. No hay progresistas que me acomoden la silla de ruedas. No hay católicos, judíos, musulmanes o ateos que me brinden consuelo. Solo hay seres humanos sirviendo a otro ser humano. Ahí es donde comienza la dignidad.

Y tal vez ahí también debería comenzar el liderazgo. El liderazgo no es la capacidad de ganar discusiones. Es la voluntad de buscar la verdad antes que el aplauso.

El verdadero liderazgo rechaza el racismo sin convertir a naciones enteras en estereotipos.

Condena las palabras de odio sin olvidar la humanidad de quienes las pronunciaron.

Recuerda que la justicia sin misericordia se convierte fácilmente en autocomplacencia moral.

El fútbol, como la política, a menudo magnifica nuestros peores instintos. La pasión puede volverse arrogancia. La celebración puede volverse insulto. El orgullo nacional puede volverse exclusión.

Cuando eso ocurre, deberíamos pedir disculpas sin excusas. Pero las disculpas nunca deberían exigir aceptar identidades falsas impuestas por otros.

La Argentina que conozco no está construida sobre el odio. Está construida por inmigrantes que cruzaron océanos cargando poco más que esperanza. Está construida por abuelos que escaparon de guerras. Por familias judías que encontraron refugio. Por comerciantes sirios y libaneses. Por italianos y españoles que reconstruyeron sus vidas. Por maestros, médicos, agricultores, trabajadores y voluntarios que sirven silenciosamente a sus comunidades todos los días. Esa Argentina rara vez se convierte en noticia internacional. Debería serlo.

La lección más profunda de mi enfermedad es que a ninguno de nosotros nos recordarán por las discusiones que ganamos en las redes sociales ni por los insultos que dirigimos a desconocidos.

Nos recordarán por si aliviamos la carga de otra persona. Los países merecen la misma medida.

Juzguen a Argentina por la verdad. Júzguennos por nuestra historia completa. Júzguennos por nuestra voluntad de reconocer nuestros fracasos y seguir creciendo. Pero, por favor, no nos juzguen por estereotipos.

El mundo ya ha sufrido suficiente por ellos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/argentina-es-mas-que-lo-peor-que-se-ha-dicho-de-ella-nid24072026//Editado)

Comentario:

Este texto plantea una defensa serena de la Argentina frente a las generalizaciones que han circulado en las últimas semanas. Comparto plenamente esa mirada porque parte de una premisa esencial: reconocer los errores propios no implica aceptar caricaturas injustas. Una sociedad madura debe ser capaz de condenar el racismo, la discriminación y cualquier forma de odio, pero también de rechazar los estereotipos que reducen la identidad de un país a algunos episodios o conductas individuales.

Resulta especialmente valioso el llamado a observar la historia en toda su complejidad. Ninguna nación puede definirse únicamente por sus momentos más oscuros, del mismo modo que ninguna puede proclamarse moralmente superior por sus aciertos. La honestidad exige asumir las deudas pendientes, pero también reconocer los avances y los valores que han construido una sociedad a lo largo del tiempo.

El presente mensaje adquiere una profundidad aún mayor cuando el autor habla desde la fragilidad que le impone su enfermedad. Su experiencia recuerda que, más allá de las diferencias políticas, religiosas o culturales, lo que verdaderamente sostiene a las personas es la solidaridad. Esa perspectiva humaniza un debate que con demasiada frecuencia queda atrapado en acusaciones, prejuicios y enfrentamientos.

Coincido con la idea de que el verdadero liderazgo consiste en buscar la verdad antes que la aprobación inmediata. Solo así será posible condenar el odio sin alimentar nuevos prejuicios. Argentina, como cualquier país, debe seguir mejorando, pero merece ser juzgada por la totalidad de su historia y no por simplificaciones que solo profundizan la división.

Clara Moras.


Monday, July 20, 2026

Una obra clásica, en la actuación de la selección, por Santiago Kovadloff

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Una obra clásica, en la actuación de la selección

Tres valores de la literatura griega se pusieron en juego con la actuación de Argentina en el Mundial

 

20 de julio de 2026

 

Por Santiago Kovadloff

Cuando el gol estremecedor de Enzo Fernández nos dio la victoria sobre Egipto, me asaltaron – vaya a saber venidos de dónde – tres conceptos de la literatura clásica griega que, a mi ver, calzaban cómodamente en la caracterización de este Mundial; un Mundial que todavía guardaba grandes incógnitas sobre su desenlace. Esos tres conceptos eran lo épico, lo lírico y lo dramático.

Lo épico remite a una fortaleza que no conoce desmayos, a una conducta que no se arredra ante la adversidad y que se empeña en alcanzar su objetivo aun en aquellos momentos en que todo parece indicar que su suerte ha quedado sellada en la desgracia. Épico, pues, es el espíritu de lucha.

Lírica es esa voz que nos habla íntimamente, esa cercanía que linda con la familiaridad y que proviene del encanto ejercido sobre nosotros por aquellos por los que nos sentimos representados. Al actuar, al hacerse oír, su palabra parece buscarnos a cada uno de nosotros y, a la vez y misteriosamente, a todos. Gracias a lo que tan bien hacen, quienes despiertan tanta cercanía se encuentran a nuestro lado mientras mágicamente nos llevan adonde están, lejos de donde estamos.

Lo dramático nos ahoga el corazón, en la congoja, en la incertidumbre que nos niega la evidencia de un desenlace favorable. La áspera sombra de una derrota acorrala nuestra esperanza en el desencanto y parece haber decretado lo irreversible. En horas así, se diría, la adversidad, aspira a devorarlo todo.

Estos tres rasgos provenientes de la literatura clásica griega se me impusieron de pronto como distintivos de todo lo vivido por la selección nacional. Y, como vivencias de quienes, a lo largo de tantos días, la acompañamos haciendo nuestro cada encuentro que le tocó protagonizar.

Creo por eso que, en la historia del deporte mundial y por supuesto argentino, la actuación de la selección quedará inscripta como la de un auténtico clásico, en el sentido proverbial de la palabra.

Pero hay más. Y lo hay – gracias al fútbol – más allá del fútbol. En una sociedad como la nuestra, que ha hecho del fracaso colectivo en órdenes esenciales una experiencia estancada en la reiteración, la odisea del seleccionado obra con fuerza reparadora. Se ha repetido hasta el cansancio que nos distinguen valores individuales que no encuentran su correlato colectivo. Se insiste en que somos, irremediablemente, abanderados de la fragmentación. La selección ha revitalizado el sueño de revertir ese diagnóstico. En primer término, porque demostró que el liderazgo eficiente puede prosperar unido a principios éticamente admirables. Lionel Scaloni como director técnico y Lionel Messi como capitán del equipo han devuelto a la figura del líder la posibilidad de despertar sana admiración y poder de representación. La idealización tiene, en casos como éste, fundamento en el ejemplo de conductas y declaraciones que sorprenden por su hondura y notable moderación. Lo advirtió un pueblo entero. Un pueblo entero lo reconoció. Un pueblo tristemente familiarizado con la demagogia, con las imposiciones de la corrupción, con la impunidad del delito, con la soberbia de los que mandan y el desprecio del adversario. La integridad floreció ante nuestros ojos perplejos y conmovidos.

Nada asegura sin embargo que el sentimiento de unidad nacional, si bien fortalecido no solo por los éxitos sino esencialmente por el espíritu de cohesión y de lucha de que dio pruebas la selección nacional, no se extinguirá tras las movilizaciones que seguirán al arribo al país de estos hombres admirables. Pero la evidencia de que es posible nutrirlo con ejemplaridad tuvo lugar. Y la mejor prueba de ello es que el reconocimiento de la selección ya colma todos los corazones argentinos, y ya quiere decir antes incluso de conocer el desenlace del partido de ayer.

No estamos ante una hinchada fervorosa. Es mucho más que eso: estamos ante una sociedad que con todas sus contradicciones ha dejado de estar hipotecada en el exclusivo desencanto con sus dirigentes. Esta ejemplaridad, al ser tan alta en el deporte, logró, en nuestro país, ser rotundamente cívica también.

En suma y como bien dijo un inglés inolvidable: “Nunca tan pocos hicieron tanto por tantos”.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/una-obra-clasica-en-la-actuacion-de-la-seleccion-nid20072026/(Editado)

 

Comentario:

Este artículo invita a mirar la actuación de la Selección desde una perspectiva poco habitual: no solo como una sucesión de triunfos deportivos, sino como un relato que reúne los tres grandes elementos de la tragedia clásica: lo épico, lo lírico y lo dramático. La comparación resulta acertada porque este equipo no conquistó la admiración únicamente por ganar, sino por la manera en que enfrentó la adversidad, sostuvo la esperanza y construyó una identidad colectiva basada en el esfuerzo y la humildad.

Más allá del fútbol, este texto plantea una reflexión valiosa sobre el liderazgo. En una sociedad acostumbrada a la desconfianza hacia quienes ocupan posiciones de poder, figuras como Scaloni y Messi demostraron que es posible conducir con serenidad, respeto y coherencia. Su autoridad no nació del discurso grandilocuente, sino del ejemplo cotidiano, del trabajo silencioso y de la capacidad de poner al grupo por encima del protagonismo individual.

Quizá esa sea la enseñanza más profunda que deja esta Selección. No cambió la realidad política ni resolvió los problemas estructurales del país, pero recordó que la cooperación, el compromiso y la integridad siguen siendo valores posibles. Por un instante, millones de argentinos dejaron de sentirse unidos solo por la frustración y compartieron una esperanza común. Tal vez ese sea el verdadero triunfo: demostrar que el éxito colectivo nace cuando el talento individual encuentra un propósito compartido y un liderazgo capaz de inspirarlo.

C.M.


Mentiras, paranoia y mala fama, por Joaquín Morales Solá

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