Tuesday, March 17, 2026

Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional,por Martín Rafael López

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Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional

Es una de las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera tan determinante sobre la economía global; ese pasillo angosto entre Irán y Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la arteria que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo

·         17 de marzo de 2026

Por Martín Rafael López

 


 

En los últimos días quedó claro que el estrecho de Ormuz es una de las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera tan determinante sobre la economía global. Ese pasillo angosto entre Irán y Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la arteria que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo. La combinación de su geografía vulnerable, tensiones militares persistentes y rivalidades regionales convierte a Ormuz en un termómetro político-estratégico del (des)orden internacional.

En las últimas crisis (ataques, amenazas cruzadas, ejercicios militares, sabotajes), los precios del petróleo reaccionaron con extrema rapidez. Subas repentinas del 6 o 7% en una sola jornada bastaron para demostrar que, aun sin un cierre total, la sola percepción de riesgo basta para sacudir los mercados. Esta sensibilidad tiene explicación directa: Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e incluso Irán dependen de ese corredor para exportar su petróleo.

La centralidad del corredor se vuelve aún más evidente al observar a los grandes consumidores asiáticos. China importó en 2025 un promedio récord de 11,6 millones de barriles diarios, gran parte de ellos provenientes del Golfo y transportados a través de Ormuz, según datos del Center on Global Energy Policy y la International Energy Agency. La India presenta una dependencia similar: alrededor del 50% de sus importaciones de crudo transitan por el estrecho, principalmente desde Irak, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, de acuerdo con datos de la consultora Kpler (enero‑febrero de 2026). Ambos casos ilustran hasta qué punto las principales economías asiáticas dependen de un corredor cuya estabilidad no controlan.

El panorama es incluso más complejo si se considera que, tras la guerra en Ucrania, los grandes consumidores, desde Europa hasta Asia oriental, reconfiguraron su geografía energética. La energía volvió a colocarse en el centro de la competencia entre grandes potencias, mientras que los Estados costeros del estrecho, tradicionalmente dependientes de alianzas externas, ganaron margen de maniobra y autonomía diplomática.

Ormuz pone en evidencia una verdad incómoda para el discurso globalista: la globalización no ha reemplazado a la geopolítica, sino que ha quedado subordinada a ella. Su funcionamiento depende de una serie limitada de espacios estratégicos cuya estabilidad no está garantizada. Cuando uno de esos puntos entra en crisis, el sistema global revela su fragilidad estructural. Un fenómeno presentado durante décadas como universal y autosostenido puede verse condicionado –e incluso temporalmente paralizado– por acontecimientos que tienen lugar en un corredor marítimo. La globalización, así entendida, no constituye un orden estable, sino una arquitectura profundamente vulnerable.

Zhang Yuan y Yu Binqiang, académicos del Instituto de Estudios de Medio Oriente de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, describen esta dinámica con precisión: Ormuz condensa los elementos centrales del mundo en transición. Coexisten allí la pugna entre Estados Unidos y China por el modelo de gobernanza global, la competencia regional entre Arabia Saudita e Irán y, superpuesto a todo, un entramado de actores no estatales (como los hutíes en Yemen) capaces de atacar puertos, oleoductos y buques, alterando el flujo energético con un costo operativo mínimo. Según estos autores, el estrecho funciona como un “laboratorio” donde un shock externo –como una guerra o una pandemia– acelera o invierte lógicas de seguridad preexistentes.

En ese rompecabezas también pesan las percepciones. Aunque un cierre formal y sostenido del estrecho sigue siendo improbable (requeriría una capacidad militar sostenida que Irán no podría mantener), la amenaza funciona como un instrumento político.

Durante la llamada “guerra de los petroleros” en los años 80, cientos de buques fueron atacados, aunque el paso jamás se clausuró por completo. Hoy, los expertos recuerdan esa experiencia para subrayar que el daño no proviene tanto del bloqueo físico del corredor como de la manipulación de la incertidumbre: minas, drones, misiles o interdicciones puntuales provocan alzas en los seguros marítimos, fuerzan desvíos costosos y alimentan la preocupación y ansiedad de la opinión pública global.

Las tensiones en el estrecho no solo giran en torno a quién puede controlar su paso, sino a quién moldea la arquitectura de seguridad regional. Desde hace décadas, Estados Unidos impulsa coaliciones navales y vigilancia avanzada; Europa mantiene misiones de monitoreo; Rusia e Irán promueven arquitecturas alternativas, y China propone un “diálogo de seguridad del Golfo”. Todo ello ocurre en un sistema internacional donde las alianzas dejaron de ser rígidas: son flexibles y, a menudo, contradictorias.

También es evidente que los países del Golfo ya no aceptan ser meros escenarios de disputa: buscan convertirse en jugadores autónomos. Emiratos Árabes Unidos practica una “diplomacia de los estrechos”, alternando acuerdos con Occidente, acercamientos a Irán y negociaciones con Asia. Arabia Saudita explora nuevas combinaciones de alianzas sin renunciar a Washington. Omán, históricamente neutral, sigue intentando mediaciones discretas para evitar que el estrecho se convierta en escenario de una confrontación abierta.

Desde hace tiempo, la región enfrenta una paradoja cada vez más pronunciada: aunque los países del Golfo necesitan estabilidad para no comprometer sus exportaciones, la ausencia de un mecanismo regional de seguridad efectivo vuelve permanente el riesgo de escaladas repentinas. Las iniciativas planteadas en la última década, como el Hormuz Peace Endeavor (HOPE) iraní o la arquitectura de seguridad propuesta por Rusia, no lograron avanzar más allá de la teoría y hoy lucen todavía más inviables en un contexto de creciente confrontación. De hecho, la ofensiva militar reciente terminó de cerrar cualquier margen para la construcción de un marco común de seguridad.

En este contexto, hoy el riesgo dejó de ser una abstracción: tras los ataques estadounidenses e israelíes sobre territorio iraní y la posterior respuesta de Teherán, el estrecho de Ormuz ingresó en una fase de disrupción sin precedentes desde la década de 1970. Ataques con drones y misiles contra buques comerciales, advertencias explícitas de la Guardia Revolucionaria y el retiro de cobertura por parte de aseguradoras marítimas derivaron en una caída abrupta del tránsito y en la suspensión de operaciones por parte de navieras globales como Maersk o MSC.

Más que un cierre formal, se consolidó un bloqueo de facto: el flujo energético global quedó condicionado no por la imposibilidad física de navegar, sino por la combinación de riesgo militar, costos prohibitivos y ausencia de garantías de seguridad. Ormuz dejó así de ser solo un termómetro del desorden internacional para convertirse en uno de sus aceleradores. La lección es clara: en un sistema internacional fragmentado, sin mecanismos regionales de seguridad efectivos y con potencias dispuestas a escalar, un estrecho de apenas unos kilómetros puede poner en jaque a la economía mundial.

El problema ya no es únicamente el estrecho, sino la velocidad con la que se desintegra el orden que lo contenía. Y es justamente esa velocidad –más que los misiles, los drones o el desarrollo de la IA– la que convierte a Ormuz en uno de los puntos más inquietos y críticos del mapa mundial.

Profesor de Relaciones Internacionales (Ucalp), especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP) y en Asuntos Transnacionales (FPHV)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/ormuz-el-estrecho-que-acelera-la-fragilidad-del-desorden-internacional-nid17032026/


Editorial: La erosión de la confianza

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La erosión de la confianza

Hechos como los protagonizados por Adorni y la falta de respuesta adecuada ante otros escándalos ponen en riesgo la credibilidad del Gobierno

·         17 de marzo de 2026

 

Acorralado por los cuestionamientos de la sociedad, el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, admitió finalmente que haber llevado a su esposa en el avión presidencial a Nueva York fue “un error” y “una pésima decisión”, al tiempo que pidió disculpas. Si de honrar la función pública se trata, correspondía que Adorni presentara su renuncia en forma indeclinable y que esta fuera inmediatamente aceptada por el presidente de la Nación, quien se ha desprendido de otros funcionarios por cuestiones mucho menos relevantes.

Desatado el escándalo por la inapropiada decisión de permitir que la esposa del jefe de Gabinete, que no ocupa cargo alguno en el Gobierno, subiera al Tango 01, se escucharon justificaciones inadmisibles desde el oficialismo. Una de ellas partió del propio presidente Javier Milei, quien señaló que la adición de una pasajera en una plaza del vuelo que de otro modo hubiese quedado vacía no generó un costo adicional al Estado. El primer mandatario intentó así fallidamente enmendar una grave falta ética con un razonamiento matemático.

Ningún funcionario puede ignorar las obligaciones que le impone la tantas veces olvidada ley de ética en el ejercicio de la función pública. Concretamente, el inciso g) de su artículo 2° dispone que entre los deberes y pautas de comportamiento ético se encuentra “abstenerse de usar las instalaciones y servicios del Estado para su beneficio particular o para el de sus familiares, allegados o personas ajenas a la función oficial, a fin de avalar o promover algún producto, servicio o empresa”. Según explicó el propio funcionario, su mujer, Bettina Angeletti, debía viajar a Nueva York por razones profesionales. El mismo artículo podría aplicarse a la sospechosa difusión que, más de un año atrás, le dio el primer mandatario a la criptomoneda que desató el escándalo $LIBRA, que hoy sigue golpeando al Presidente.

Del mismo modo, resulta equivocado sostener que situaciones como la de la esposa del jefe de Gabinete no le generan perjuicios económicos al Estado. Uno de los activos más importantes para la llegada de inversiones y el desarrollo económico de la Argentina es la confianza, y la acción de Adorni, sumada a las sospechas en torno de su viaje a Punta del Este en un costoso jet privado junto a su familia y un amigo contratado por la TV Pública, solo contribuyen a erosionarla.

Si bien es probable que lo sucedido pueda resultar menor frente a los millonarios escándalos de corrupción a los cuales nos tenía acostumbrados el kirchnerismo, no estamos ante una cuestión irrelevante, como pretenderían hacernos creer los escuderos de la gestión de Milei. Mientras el propio presidente de la Nación no se cansa de repetir que está dispuesto a terminar con los privilegios de la casta y proclama la moral como política de Estado, además de hacer un culto de la austeridad, un hecho como el comentado aquí termina socavando la credibilidad del Gobierno.

En agosto de 2024, durante una conferencia que brindó siendo vocero presidencial, Adorni había anunciado un decreto, actualmente vigente, que prohibía los viajes particulares en aeronaves públicas. Especificó, incluso, que de esa manera se terminaría el “privilegio” de llevar familiares en vuelos oficiales. Y, más recientemente, hacia fines de febrero último, el propio Adorni, ya como jefe de Gabinete, firmó una decisión administrativa que restringe las comitivas oficiales en viajes al exterior. La contradicción entre esas disposiciones y la posterior inclusión de la esposa del funcionario en el avión presidencial es flagrante. Más irritativa aún fue la explicación original sobre lo sucedido que dio Adorni: “Vine a deslomarme a Nueva York y quería que mi compañera de vida me acompañe”. Una fundamentación disparatada y una falta de respeto a todo argentino que vive de su trabajo sin los privilegios de los que gozan algunos funcionarios públicos.

La Argentina Week, realizada durante la semana última en Nueva York, estaba llamada a representar el retorno del país a la escena internacional, como un destino atractivo para los capitales extranjeros. Sin dudas, el interés que despertaron las exposiciones de los funcionarios argentinos y los anuncios de inversiones concretados constituyen un paso muy positivo.

Lamentablemente, estos importantes hechos fueron eclipsados por el affaire protagonizado por el jefe de Gabinete. También por la profundización del internismo en el seno de la fracción gobernante; en particular, por la lucha por espacios de poder entre la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el asesor presidencial Santiago Caputo, que aún gravita fuertemente en la Secretaría de Inteligencia y en la ARCA. Del mismo modo, ha crecido la rivalidad entre la senadora Patricia Bullrich y el propio Adorni, en tanto ambos aparecen como potenciales contendientes por la jefatura del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Alentar el anticipo de la agenda electoral de 2027 podría ser un grave error del oficialismo, especialmente en un contexto en el que crece la sensibilidad social por las dificultades para derrotar a la inflación y sectores de la oposición buscan evitar las necesarias transformaciones económicas tendientes a poner fin a los desequilibrios fiscales. Frente a un escenario tan exigente, las autoridades nacionales no pueden darse el lujo de cometer desatinos que terminen demoliendo una de las piedras basales en las que se sostuvo el importante respaldo electoral a Milei: la lucha contra los privilegios de la casta política.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/ante-el-peligro-de-la-erosion-de-la-confianza-nid17032026/


Sunday, February 22, 2026

País goma, por Alejandro Borensztein

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País goma

Cierra la fábrica FATE mientras se trata la reforma laboral en un clima enrarecido y escandaloso.


Alejandro Borensztein

Por si algún habitante del Río de la Plata no se enteró, Alberto Samid se fue a veranear a Punta del Este y parece que no le gustó.

La crónica periodística cuenta que el tipo se sintió mal, lo internaron en el Sanatorio Cantegril y pidió públicamente que le mandaran urgente un avión sanitario. Posteó: “Pido encarecidamente al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, a los intendentes peronistas y a todos los compañeros que ayuden con el tema”. Un par de días después, el ministro de salud bonaerense Nicolás Kreplak se movilizó, alguien le mandó el avión, volvió al país y declaró lo siguiente:

“… Si me hubiera quedado en Uruguay hoy estaría en un cajón… por eso a mis compatriotas les digo que si alguna vez tienen un problema en Uruguay rajen para Buenos Aires… no se queden ni un minuto… no tienen medicamentos, no tienen máquinas modernas, los médicos son inexpertos…”. (todo posta, todo textual y todo documentado).

Obviamente, en la Argentina nos conocemos todos pero los hermanos uruguayos, que también nos conocen de memoria, tal vez ignoran algo muy importante de nuestro país. Este es un buen momento para explicárselos.

En la Argentina hay tres niveles. Allá arriba en la cima están nuestros mejores ejemplares: desde Sarmiento a Messi pasando por Borges, Piazzolla, Favaloro y muchos más.

En el nivel del medio convivimos entreverados millones de argentinos que andamos por la vida laburando, pagando impuestos, haciendo lo que podemos y tratando de vivir con más o menos dignidad.

Finalmente, allá abajo en el fondo, están los sótanos de la civilización argenta donde confluyen los desagües cloacales de nuestra historia y el hedor es insoportable. Allí, en ese exacto lugar de la argentinidad, habita Alberto Samid. Obviamente no está solo.

La única vez que Samid salió de allí fue para ir preso por asociación ilícita y evasión impositiva.

Desde acá le pedimos al querido pueblo uruguayo en general y a los médicos orientales en particular que entiendan esto, que sean piadosos y que lo perdonen. Bastante castigo tiene Alberto Samid sabiendo que deberá atravesar toda su existencia siendo Alberto Samid. Para colmo, el destino le concedió el extraño atributo de que cada día le crezcan un poco más las tetas. A veces el demonio castiga de manera caprichosa. Punto.

Hablando de tetas y de gomas, vayamos a lo importante. Cerró FATE.

A la tragedia que de por si implica el daño y el dolor de miles de familias que trabajan de manera directa o indirecta en esa empresa, hay que sumarle otros daños colaterales.

Por ejemplo, los troskos que se suben a la Panamericana para cortarla no van a tener gomas para quemar. Un problemón. Es curioso que para protestar por el cierre de una fábrica de neumáticos vayan a quemar los pocos neumáticos que quedan.

Es muy posible que, de aquí en más, cuando quieran cortar rutas deban usar las pecheras del Partido Obrero para hacer las fogatas más las remeras, las medias y hasta los calzones. Eso siempre y cuando no empiecen a cerrar también las textiles, cosa que también puede pasar en cualquier momento.

Sin embargo, el tema de las gomas habilita a una reflexión más profunda. Veamos.

En principio, aclaremos que acá no estamos para defender al gobierno de Milei ni a ningún otro, pero tengo un amigo que en junio de 2022, en pleno gobierno de Alberto, Cristina y Massa, viajó a Uruguay y cambió las cuatro cubiertas del auto por un tercio de lo que costaba en la Argentina.

El presupuesto en Argentina por las 4 cubiertas modelo 235/55 R18 era de 808.240 pesos. Considerando que ese día de junio de 2022 el dólar cotizaba a 215 pesos, el total de las 4 gomas puestas y alineadas en Buenos Aires ascendía a 3.759 dólares.

En cambio, en la Gomería del Rey en Maldonado sita en la calle Ventura Alegre, pagó por las mismas 4 cubiertas, la alineación y la propina exactamente 1.267 dólares. O sea, un 33% de lo que costaba en Buenos Aires.

Esto ocurrió en una época en que las cosas en Uruguay eran muchísimo más caras que en nuestro país, desde una gaseosa hasta un detergente. En ese contexto tan desfavorable para un argentino, los neumáticos eran mucho más baratos que acá. Recordemos que por entonces gobernaba el kirchnerismo, la economía estaba cerrada y lo único chino que se conseguía eran Arrolladitos primavera y el mejor chou fan de Sudamérica.

Aclaremos que mi amigo cambió las gomas en Punta del Este porque justo había viajado para descansar y visitar amigos con la tranquilidad de saber que, si tenía la mala suerte de sufrir algún problema de salud, iba a ser atendido con todo el amor, profesionalismo y dedicación del mundo por los médicos uruguayos del Sanatorio Mautone o el Sanatorio Cantegril o cualquier otra institución médica del Uruguay.

De haberse enfermado allá, mi amigo jamás hubiera andado lloriqueando por un avión sanitario que lo traiga de vuelta a la Argentina. Ni mucho menos apelando a su condición de peronista para que cualquier mafioso del conurbano lo vaya a buscar. Primero porque no soy ningún llorón y segundo porque tampoco soy peronista.

Curiosamente fue en el Sanatorio Cantegril donde hace casi 30 años nació mi hijo del medio, traído al mundo por los mejores médicos uruguayos y luego criado en Argentina. Con los años se graduó de médico en la UBA, hizo su residencia de cuatro años en el Hospital Alemán y hoy es un doctor que llena de orgullo a su padre.

Todo este relato se puede documentar con su partida de nacimiento inscripta en el Departamento de Maldonado y también con la factura de las 4 gomas que guardo en la guantera del auto. Siempre lo hago para saber fecha y kilometraje del cambio de gomas. Acá no improvisamos nada.

Ya dijimos que en aquel submundo donde habita Samid hay más gente. Por ejemplo, la diputada kirchnerista Florencia Carignano que esta semana desconectó los micrófonos del recinto donde se trataba la reforma laboral porque no le gustaba el proyecto. Ya había demostrado sus cualidades personales durante la pandemia. Era la directora de migraciones, la misma que se burlaba públicamente de los argentinos que habían quedado varados por el mundo y decidía quien podía volver al país y quien no. Una joyita.

En el debate también se destacó la diputada Caren Tepp que en un alarde de inteligencia demostró que es fácil quebrar fósforos de a uno pero muy difícil hacerlo cuando están en un montoncito. Usó esta idea impactante como metáfora de lo que se logra si los obreros se unen. Es la Stephen Hawking de Unión por la Patria.

Cerró el espectáculo la diputada Kelly Olmos cantando desde su banca el himno peronista. Créase o no, hay un himno peronista cuya letra y música no conocía ni el General Perón. Insólito. Si Olmos quería tener algún éxito hubiera cantado la marchita que es una que sabemos todos.

Entre Carignano, Tepp y Olmos van a lograr que Lilia Lemoine nos parezca Angela Merkel.

En los años 90 Tinelli impuso en la tele el concepto de los “gomas”. Con el tiempo, el término se fue ampliando y deformando.

Pequeñas delicias de un País Goma.


Fuente: https://www.clarin.com/opinion/pais-goma_0_SF1x47tsyh.html

Sunday, February 15, 2026

Los políticos pasan, las tobilleras quedan, por Alejandro Borensztein

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Los políticos pasan, las tobilleras quedan

por Alejandro Borensztein

Cuando todo indicaba que íbamos a tener un verano apacible, Javi prendió los motores, encendió los faroles y empezó otra vez el show.

Hay ocasiones en las que se justifica extender un cachito más las vacaciones. Ya sea porque el año que terminó te dejó extenuado o porque no hay barbaridades políticas que ameriten apurar el retorno. O por ambas cosas, que posiblemente sea el caso.

Con Cristina presa, Macri de campamento con su psicoterapeuta y Javi sedado con 4 gotas de Clonagín a la mañana y otras tantas a la noche (se ve que ya le encontraron la dosis justa), el verano político no parecía ofrecer divertimentos significativos. Sin embargo, acá estamos dando inicio a la 19° temporada de columnas dominicales en la página 2 del poder hegemónico.

Como destacados del verano solo tenemos la pelea de los dos grandes estadistas que ofrece el peronismo: Kicillof y Máximo. También alguna de las barbaridades a las que nos tiene acostumbrados Grabois y la foto de una legisladora libertaria posando semidesnuda y enjabonada con las dos pechugas desafiantes en primer plano. Nada que merezca un análisis político particular.

El único fenómeno político que no se detuvo en enero y siguió creciendo en popularidad fue el del Chiqui Tapia y su batucada. A primera vista, una coalición interesante pero un poco rara. En general los proyectos políticos arrancan con un sustento ideológico y terminan con propiedades, aviones privados, helicópteros y galpones llenos de autos. Acá la cosa parece que arrancó al revés. No está claro si en las próximas elecciones estos muchachos van a sacar muchos votos, pero evidentemente guita para la campaña no les va a faltar.

Tampoco hay que exagerar el caso. La movida que nació en la AFA es nada si la comparamos con la época dorada de los Kirchner, De Vido, José López y el resto de aquellos grandes capocómicos que protagonizaron la inolvidable década ganada.

A propósito, es una pena la manera en que se fue diezmando esa secta. Para colmo, ahora cayó preso Uberti, el de la valija de Antonini Wilson y tantos otros emprendimientos. Todavía anda por ahí boyando el trío Alberto-Tolosa-Albistur, pero es evidente que ya se van apagando. Los ponés en un titular de diario o en un zócalo de televisión y no los mira ni el loro.

Viene zafando Sergio Massa, posiblemente protegido por el propio gobierno ya sabemos todos por qué. Pero ahora empezó a destaparse la gran joda que se potenció durante su paso por el Ministerio de Economía. Para quienes no recuerdan el caso, algunos amigotes conseguían dólares a precio oficial y, aprovechando la brecha cambiaria, los vendían al doble en el mercado paralelo. Sin dudas, uno de los grandes éxitos del gobierno de Alberto y Cristina por el que injustamente los persigue la ley. Decimos injustamente porque los K no fueron los únicos chorros. Tal vez fueron los más golosos pero también los más boludos. Por algo fueron todos presos. La gracia de chorear es que no te atrapen.

A propósito de corruptos y detenidos, este es un buen momento para que los principales dirigentes del país, sobre todo los que gobiernan, aprendan que nada es para siempre. Y que la impunidad que hoy tenés, tarde o temprano la perdés. Los políticos pasan y las tobilleras quedan.

Cuando el reo o la rea cumple su condena, se le saca el dispositivo electrónico, se le pasa un trapito con un poco de lavandina y se lo vuelve a usar. Siempre habrá un tobillo disponible de algún gracioso que se hizo pasar por patriota para hacerse rico.

Para el gobierno, el caso LIBRA o la joda que se destapó en la ANDIS son episodios sin consecuencias que se irán perdiendo en el tiempo. Lo mismo pensaba Cristina cuando Lanata mostraba la joda de Lázaro Báez y los hoteles de los Kirchner.

Volviendo al punto, nada parecía alterar la modorra estival. El ministro Caputo, que siempre te rinde, solo metió un hit en todo el verano: “Yo me compro la ropa afuera”, dijo creyendo una vez más que todos los argentinos nos pasamos los fines de semana jugando al rugby y escuchando temas de Cesar Banana Pueyrredón.

Una pelotudez menor si la comparamos con el inolvidable “comprá campeón” y tantos otros éxitos de este verdadero crack de zona norte.

La única movida productiva que siguió funcionando de maravillas durante el verano es el famoso carry trade. No es para cualquiera. Te tienen que sobrar algunos dólares o tenerlos ahorrados de antes.

Todo consiste en vender parte de esos dólares (hay que estar loco para venderlos todos), aprovechar el dólar controlado que ofrece el gobierno, colocarlos en pesos a tasas altas y fumar tranquilo debajo de la sombrilla. Es un truco que, desde Martínez de Hoz para acá, no falla nunca.

En realidad no falla nunca si es que estás atento y sabés salir a tiempo, aunque con los años ya todos aprendimos a salir a tiempo. Si alguien todavía tiene alguna duda, basta preguntarle a Macri y su mejor equipo en 50 años que incluyó a Caputo y a Sturzenegger. ¿De dónde salen los pesos que los inversores se llevan así de fácil? Menos averigua Dios y perdona.

Sin embargo, en algún momento todo se puede complicar. Si bien el gobierno alardea de que está comprando dólares y reforzando las reservas, la cruda realidad es que las reservas netas en dólares y yuanes al 11 de febrero eran negativas en 11.510 millones de dólares.

Para quienes les interesa el tema, esto se desprende de que las reservas brutas, al miércoles pasado, eran de 45.305 millones de dólares pero los pasivos en dólares son de 56.815 millones. De ahí que estamos con 11.510 millones en rojo. Y no estamos peor porque los 4.024 millones de dólares que teníamos en oro (y que se computan en las reservas brutas) se transformaron en 9.848 gracias a la espectacular subida del metal. Moraleja: el carry trade sirve si estás atento. Si te dormiste, perdiste.

En esa calma veraniega estábamos cuando Javi prendió los motores, hizo laburar al Congreso y sacó la tantas veces postergada reforma laboral. Eso nos regaló nuevos episodios. Por ejemplo el senador kirchnerista Recalde declaró estar en contra de la reforma laboral y después explicó que todavía no había leído el proyecto.

También el senador Jorge Capitanich salió a criticar la ley aduciendo que estaba en riesgo la libertad de expresión. Este muchacho debe ser un homónimo del Jorge Capitanich que el 2 de febrero de 2015 pasó a la historia cuando, siendo Jefe de Gabinete, se paró frente a las cámaras de televisión y rompió en vivo varias hojas del diario Clarín. Días antes había dicho que la repercusión mediática por la muerte de Nisman era “una conspiración para tapar el éxito de la temporada marplatense” (textual).

Por suerte Milei los envalentonó y salieron todos de sus ratoneras. El mismo Javi tomó fuerzas y empezó otra vez con el tema de los mandriles y sus derivados.

Por ahora, con cierta cautela. Solo ligaron Paolo Rocca, Luis Novaresio, Marcelo Bonelli, Maria O’Donnell y no muchos más. Pero todo puede cambiar de un día para el otro. Bastaría que una noche se le caiga al piso y se le rompa el frasquito de Clonagin para que el presidente agarre el celu y no lo suelte más.

En el fondo sería una bendición. Un nuevo Campeonato Nacional de Mandriles 2026 nos vendría bárbaro.

Como ve amigo lector, la realidad siempre ofrece mercadería fina. Acá seguiremos para aprovecharla y entretenernos.

Es un placer estar de vuelta.

Arrancó la temporada.

 

Fuente: https://www.clarin.com/opinion/politicos-pasan-tobilleras-quedan_0_xUPg80wm9I.html

Saturday, November 2, 2024

La vejez. Drama y tarea, pero también una oportunidad, por Santiago Kovadloff

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La vejez. Drama y tarea, pero también una oportunidad

Los años permiten relacionarnos de otra forma con nuestro pasado para darle un contenido inédito al presente, dice el filósofo en esta versión abreviada de uno de los capítulos de El enigma del sufrimiento, que se reedita este mes

·         2 de Noviembre de 2024

Santiago Kovadloff


-I-

La vejez está en nosotros. Somos nosotros. Es una realidad que nos constituye. A cada cual y desde siempre. Y que, en un momento dado, ya no se deja soslayar. Ella es, de pronto, lo que nos pasa. En esa medida, nos fuerza a encararla. Se nos impone como nuestra verdad. “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, advierte Cesare Pavese. Al obligarnos a reconocerla en nuestro semblante, ella nos prueba hasta dónde estamos involucrados en lo que significa. No obstante, este reconocimiento no implica una dócil identificación. Algo en nosotros se resiste a ser lo que nos pasa. A consistir en lo que nos sucede. Se trata, por eso, de un acontecimiento en el que, sin perder la familiaridad con nosotros mismos, no podemos dejar, pese a ello, de sentirnos otro que aquel que protagoniza lo que nos ocurre. Y sin embargo, ahí está, rotundamente, esa verdad. Algo, en el espejo en el que nos veíamos idénticos, nos desmiente. Y brota en ese espejo la tristeza de vernos envejecer. La pena de advertir que esos rasgos que aún son los nuestros, no son ya tal como hasta entonces presumíamos. Como un barco que de a poco se aparta del muelle y empieza a desdibujarse en la distancia, así hemos comenzado a ser ese otro que se adueña de nosotros. Lo ineludible ha empezado a hacerse oír en nuestro cuerpo.

"Hace doscientos años no más, llegar a viejo era más que improbable. La muerte terminaba con la mayoría de los hombres al cabo de cuatro décadas, cuando no de tres"

En el mundo moderno, la vejez ha dejado de ser un problema inabordable. Pero no ha dejado de ser, para una inmensa mayoría, un pesar anímico. Su consideración de fondo sigue siendo pobre. El progreso, antes que a suprimir ese pesar, solo contribuye a reconfigurarlo sin afectar su vigencia. Y lo digo consciente de que son muchas las dificultades acarreadas por el envejecimiento que han sido aliviadas por la ciencia y resueltas por la técnica. Otras dificultades, no obstante, han aparecido. Algunas, incluso, a consecuencia de esos mismos avances. Y hasta hay dificultades relacionadas con la vejez que, existiendo desde siempre, se han agravado, sobre todo en el siglo que acaba de concluir. Valen, en este sentido, las palabras de Sebastián Ríos: “Llevado al extremo de la irracionalidad, el esfuerzo de la medicina por preservar y cuidar la salud de las personas ha demostrado que es capaz de volverse en contra de aquellos a quienes pretende proteger. Cuando los médicos se empecinan en extender la vida aun más allá de las posibilidades fisiológicas y del deseo de sus pacientes aparece lo que se ha dado en llamar el encarnizamiento terapéutico”.

Hace doscientos años no más, llegar a viejo era más que improbable. La muerte terminaba con la mayoría de los hombres al cabo de cuatro décadas, cuando no de tres. Hoy en cambio, lo que entonces era casi imposible, resulta usual. Ello sin embargo no significa que la vejez sea mejor comprendida donde más atendida está. Ahora los viejos acumulan años pero la vejez ha perdido sentido.

En tiempos pretéritos, bien se lo sabe, los viejos gozaron de gran estima. Más cerca de nosotros, ese privilegio se fue desdibujando. En un escenario poco expuesto al cambio y siempre lento para incorporarlo, los muchos años cursados aseguraban idoneidad en materia de experiencia. Ser viejo equivalía a saber y a saber lo que importaba. Eran tiempos en los cuales el transcurso de los días no acarreaba mayores novedades. Nada ni nadie jaqueaba el conocimiento ancestral. La monotonía era el fundamento de su solidez, el sustento de su suficiencia. Cuando un viejo se pronunciaba, la sabiduría se dejaba oír. Su prestigio no era gratuito. Estaba asentado en una verdad no desmentida por el transcurso del tiempo.

"Había que replantearse su sentido comunitario. ¿Un viejo qué es, qué vale? ¿Qué puede contarnos de nosotros ése que ya no cuenta con autoridad?"

Luego ocurrió el desajuste. El aura del hombre añoso naufragó con las creencias que le daban sostén. Lo imprevisible se impuso, exigió transformaciones. Las respuestas disponibles, tradicionales como eran, no supieron remontar el descrédito. Tras haber sido un hombre superior, el viejo pasó a ser un hombre superado. En él no se vio entonces más que la terca insistencia del pasado por no perder vigencia. ¿Escucharlo para qué? Y si, aun así, se empecinaba en hablar, cabía silenciarlo. Abundó lo novedoso y floreció lo juvenil. Uno y otro se impusieron. Fueron celebrados. El conocimiento, lo que implicaba, fue redefinido. Ahora quería decir estar al tanto de lo no sabido hasta allí. La disposición y la aptitud para innovar dejaron de ser profanas. Una y otra conquistaron un estatuto social inédito. La voluntad transformadora ya no fue sinónimo de transgresión. Menos aún de insensatez. Todo lo contrario: se convirtió en virtud. Dédalo, el inventor mitológico, demuestra en nuestro tiempo su vigencia, el consenso ganado por la facultad de imaginar y crear, el prestigio que rodea al talento capaz de introducir lo inesperado. Lo insospechado y no obstante, propicio y rendidor. De modo que, tras haber sido figura estelar, el viejo cayó en descrédito. Debió replegarse. Primeramente, hacia roles de reparto. Después, hacia el papel de mero espectador. El drama de la lucha por la vida ya nada esperaba de él. Su anonimato cundió. Y con el anonimato, su insignificancia. Había, pues, que replantearse su sentido comunitario. ¿Un viejo qué es, qué vale? ¿Qué puede contarnos de nosotros ése que ya no cuenta con autoridad?

-II-

Tampoco el anciano sabe qué hacer consigo. Rara vez logra sobreponerse al peso de la sentencia que lo condena. Lo abruma el íntimo dolor de ser quien es. Así, a su intrascendencia social se le suma la autodescalificación. Dos testimonios de ello: el primero es poco menos que remoto. Data del tiempo en que envejecer era inusual y tenía lugar a una edad que hoy estimamos temprana. Está fechado en París el 27 de enero de 1771. Es una carta de Madame Dudeffand enviada a su amigo Horace Walpole, escritor inglés.

“Es necesario que hagamos una confesión, mi espíritu se debilita, se fatiga, se cansa –escribe–; ya no tengo memoria; ya no soy capaz de participar en nada; apenas hay algo que me interese; vivo disgustada de todo; me parece que uno no ha nacido para envejecer, es una crueldad de la naturaleza condenarnos a la vejez; comienzo a hallar mi situación insoportable. Yo he tenido gatos, perros, que han muerto de vejez, y se ocultaban en los agujeros y tenían razón. En situaciones así nadie quiere mostrarse, dejarse ver cuando se es un objeto triste y desagradable”.

"El envejecimiento y la muerte, entre nosotros, no están meditados sino solo tramitados. Se los concibe, a lo sumo, como materia de administración"

El segundo testimonio, un poema, lo atribuyó Pessoa, a principios del siglo XX, a su heterónimo Ricardo Reis: Ya sobre la frente vana / se me encanece el cabello del joven que perdí. / Mis ojos brillan menos. / Ya no merece besos mi boca. / Si aún me amas, por amor, no ames: / Me traicionarás conmigo.

En un medio donde el tiempo solo importa como herramienta y objeto de dominio, es explicable que se margine a quien evidencia que el tiempo ha podido con él. Sus huellas –las del tiempo– son la lepra de la época. El envejecimiento y la muerte, entre nosotros, no están meditados sino solo tramitados. Se los concibe, a lo sumo, como materia de administración. Geriátricos, cementerios y mausoleos así lo prueban. Se me dirá que no es poco. Pero aquí se trata de otra cosa. Se trata de ver lo que tanta diligencia encubre. La finitud concebida como imposición indoblegable no llega a ser interrogada. El mandato social dominante exige soslayar su evidencia. ¿Cómo va a admitirse su estatuto de dilema decisivo en un mundo donde solo reina la voluntad de desterrarla? Concebidas como manifestación de ese poder irreductible a la voluntad de dominio, la vejez y la muerte están desatendidas aun allí donde más atención se les presta. No hay lugar para ellas como expresión de lo inelaborable. Nuestra ciencia y nuestra técnica no se sienten interpeladas por la evidencia de que ser sujeto también quiere decir saberse sujeto, es decir acotado por la ley, por un límite estructural y no apenas coyuntural. Es esta imposición trascendente lo desoído por nuestra cultura. Eso cuyo efecto sobre la subjetividad no se está dispuesto a considerar sino prácticamente.

Dado que nuestra cultura rehuye el trato con lo que no se deja inscribir por entero en un significado y pretende gerenciarlo todo, la vejez, para ella, no puede sino constituir una provocación intolerable. Es agraviante por lo que tiene de indómito. Sin embargo, a medida que la vejez multiplica en nosotros, los actuales, las huellas de su invulnerable fortaleza, nos vemos forzados a admitir lo que tanto empeño se ha puesto en subestimar: la impagable hipoteca contraída por el hombre con la fatalidad. Que el hombre no pueda sustraerse a la subordinación al tiempo, tal como lo atestigua la vejez, es algo que nos afecta donde más nos duele: en la presunción de nuestra supremacía y de nuestra autonomía con respecto a la naturaleza.

Envejecer es encaminarnos por la senda progresivamente hostil de un cuerpo que se marchita y de una conciencia que se sabe protagonizando su decadencia. Hay un momento en que el anciano se reconoce en lo que le sucede. Sabe, advierte, que esa cultura en retirada es él mismo. Que él es esa naturaleza en anárquica expansión, ese progresivo desorden que lo destituye como persona. Pero, paradójicamente, al reconocerse como un gradual desconocido, afirma, todavía, la fortaleza de su identidad. Es que aún somos profundamente humanos cuando advertimos que vamos dejando de serlo. El hecho de poder interrogar nuestra vida en retirada es una manera de afirmarla. Es todavía inscripción en la cultura.

"Hay un vitalismo propio de la vejez que se encuentra en las antípodas de la resignación y de lo burdo"

Sin embargo, envejecer y morir se convierten, a la luz de estrategias escapistas y subterfugios encubridores, en imperativos devaluados. El mandato social determinante es simular que no sucede lo que nos pasa. Si ya no se es joven se debe, no obstante, aparentar que se lo es. Todo, desde la indumentaria hasta la propia piel, tendrá que evidenciar que así se lo ha entendido. El paso del tiempo no debe dejar huellas. El hombre no debe ser un indicio del tiempo. La orden es creer y hacer creer que con uno el envejecimiento no ha podido. Si no somos indemnes al paso de los años debemos actuar como si lo fuéramos.

Ahora bien: ¿es ello imprescindible? No, a juicio de Vladimir Jankélévitch, para quien la vejez es también una oportunidad.

Leámoslo: “La vejez es un modo de ser como la juventud y la edad madura; y este modo de ser solo es deficiente para una sobreconciencia sinóptica, y a condición de comparar, de medir o de juzgar desde fuera; vivido desde dentro, el presente senil no está más vacío para el hombre anciano de lo que está el presente juvenil para el hombre joven: tiene solo otro cariz, otro ritmo, otro tiempo; una tonalidad diferente.

Hay, pues, un vitalismo propio de la vejez que se encuentra en las antípodas de la resignación y de lo burdo. Es otra conformación del goce de la vida. De ese goce que, según Jankélévitch, puede ser codiciado y obtenido en la ancianidad.

Envejecer puede también convertirse en un proceso de gradual y relativa adecuación fructífera al paso del tiempo. Constituye, en este sentido, un tránsito hacia una posibilidad y configuración inéditas del goce de vivir y no una mera desaparición de modalidades y recursos previos. Es en este nuevo marco perceptivo donde corresponde inscribir como conjunto el sentimiento de la propia vida cumplida. La vida entendida como “un conjunto”, según la designa Jankélévitch, solo se recorta como procedimiento creador cuando el hombre de edad reconoce afirmativamente su ancianidad. Y ya no con melancolía, como alguien en quien la juventud y la madurez, al extinguirse, lo han despojado de todo sentido y de toda tarea.

-III-

Se trata de aprender a volverse hacia el ayer desde otra percepción del presente propio. Se trata de pasar de la condición residual a la creadora, que también es posible en la vejez. La nostalgia y la disconformidad ante lo perdido no tienen porqué serlo todo. Es factible encarar de otra manera el ayer. Es posible encararlo con expectativa, interrogarlo, explorarlo. Solicitarle una verdad sobre el ser propio que, hasta ese momento no puede concebirse, imaginarse ni alcanzarse. Es la que solo llega a ofrecer una vida cuando se la interpreta como conjunto eventual, es decir como manifestación de una verdad que aún palpita en la temporalidad. Como otra cosa que pérdida, que extenuación, que resto. Esta revelación de la suma de los días es un privilegio de la vejez. Un privilegio hacia el cual rara vez se tiende. Y en esto consiste lo que todavía no nos ha ocurrido, eso que resulta de una nueva manera de relacionarnos con nuestro pasado, de un nuevo saber sobre él que da impulso y contenido inédito al presente. Se trata, quiero decir, de reelaborar nuestra experiencia del tiempo. Del tiempo tal como nuestro cuerpo la tramita, condicionado por la cultura que le infunde o lo priva de sentido.

"El tiempo que nos constituye es el mismo que nos destituye. Su comprensión usual jamás nos reconciliará con él"

Se trata, entonces, de restituirnos tiempo. Se trata de proceder de tal modo que el tiempo deje de ser aquello que únicamente acumulamos en nosotros (materia inerte) y pase a reconfigurarse como energía (materia dinámica) de que disponemos para proseguir en la vejez la construcción de nosotros como en lo que en ella somos ahora: ancianos. Estancado en nuestro cuerpo, el tiempo es veneno para el alma. No procesado, detenido, deja de ser lo que nos constituye para convertirse en lo que nos destituye. Nada más que en lo que nos destituye. Su paso ya no nos implica como sujetos sino como objetos. Al no convocarnos a hacer algo con él, sencillamente nos deshace. La pétrea inmovilidad del anciano retrata acabadamente la atroz hegemonía de un tiempo liberado de todo control subjetivo. Reconquistada la relación laboral con el tiempo, reaparece el presente: es el escenario en el que se juega nuestra relación con el futuro. Nuestra posible experiencia de la vejez como tarea y ya no, primeramente, como ceniza de la vida que se fue.

-IV-

El tiempo que nos constituye es el mismo que nos destituye. Su comprensión usual jamás nos reconciliará con él. Podremos hacerlo, en cambio, si dejamos de entenderlo como duración para empezar a reconocerlo como intensidad. Ni el tiempo ni el hombre duran. No son sino transfiguración. Antes, pues, que al plano fáctico, el hombre y el tiempo pertenecen al orden simbólico. Lo singular de nosotros, lo que hace de nuestra condición una instancia humana, es que no consistimos ante todo en ser sino en significar. Como signo que va en pos de su significado, el hombre está llamado a constituirse en el campo de la valoración.

El propósito del hombre, concebido como signo en busca de significación, es el de apersonarse. El de hacerse presente. El presente es la instancia de la significación. El escenario donde cada uno de nosotros algo quiere decir, algo puede significar. Ganar realidad es para el hombre que envejece, tal como Martín Buber lo advirtió, ser reconocido en su personal singularidad.

“El mundo del pasado –propone Norberto Bobbio–, es aquél donde reconstruyes tu identidad. No te detengas. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudarán a sobrevivir”


Fuente:https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-vejez-drama-y-tarea-pero-tambien-una-oportunidad-nid02112024/


Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional,por Martín Rafael López

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