La alarmante declinación educativa argentina
Allí donde la educación se deteriora se afecta la
cohesión de la sociedad en su totalidad y, en consecuencia, sus posibilidades
de desarrollo
10 de
agosto de 2026
Hay crisis
que se presentan de forma abrupta y son fáciles de identificar. Pero hay otras que avanzan en silencio, erosionando lentamente los
cimientos de una nación. La crisis educativa es una de ellas. No estalla ni
logra posicionarse en el ideario de la sociedad como una crisis permanente,
pero se profundiza día a día.
Este carácter sigiloso dificulta precisar su origen. En
nuestro país, ya a fines de la década de 1990, Guillermo Jaim Etcheverry
advertía sobre “la tragedia” del progresivo deterioro del sistema educativo
argentino y sus consecuencias sociales. En una línea convergente, Mariano
Narodowski ha señalado que la escuela argentina enfrenta una crisis tanto de
sentido como de calidad, en la que los avances en términos de inclusión no
siempre han estado acompañados por aprendizajes efectivos.
Allí donde la
educación declina se afecta la cohesión de la sociedad en su totalidad y, en
consecuencia, sus posibilidades de desarrollo. Ello se debe a que la educación trasciende el ámbito de una política pública específica para convertirse en una dimensión transversal del
proyecto de país, pues de ella dependen tanto la formación de los recursos
humanos que requiere el desarrollo nacional como la generación de capacidades
estratégicas, la producción de conocimiento y la construcción de soberanía.
Un país que no forma a sus ciudadanos en pensamiento crítico,
ciencia, tecnología y cultura queda inevitablemente subordinado
a aquellos que sí lo hacen. La dependencia no se expresa sólo en términos
económicos o militares, sino en la incapacidad de generar conocimiento propio,
de innovar y de tomar decisiones autónomas en un mundo cada vez más
interrelacionado y complejo. En pocas palabras: sin educación de calidad, la
independencia formal se convierte en dependencia real.
Al mismo tiempo,
la educación es desarrollo. No hay crecimiento sostenido ni
desarrollo real sin un capital social sólido. Las economías que lideran el
siglo XXI no son las que cuentan con más recursos naturales, sino las que han
invertido de manera sistemática en la formación de su población. La
productividad, la diversificación económica y la capacidad de insertarse en
cadenas de valor globales dependen, en gran medida, de sistemas educativos
robustos. Cuando estos fallan, el resultado suele ser un estancamiento
prolongado, una economía primarizada y niveles crecientes de desigualdad.
Pero la
educación también es protección. Protege
frente a la pobreza estructural, la manipulación, la violencia y la exclusión.
Una sociedad educada es más resiliente, más cohesionada y está mejor preparada
para enfrentar crisis. Por el contrario, la degradación educativa expone a
amplios sectores a la marginalidad, debilita el tejido social y amplifica
tensiones latentes. Así, por ejemplo, la inseguridad -en sus múltiples
dimensiones- encuentra en la crisis educativa un terreno fértil.
En este
marco, el caso argentino presenta una particularidad: un proceso de
“desdesarrollo” difícil de ignorar. Durante buena parte del siglo XX, el país
exhibió indicadores educativos que lo posicionaban favorablemente en la región.
La expansión de la educación pública, la alfabetización temprana y la fuerte
valorización social del conocimiento constituyeron los pilares de un proyecto
de movilidad social ascendente. Sin embargo, ese impulso inicial no logró
sostenerse en el tiempo. La falta de continuidad en las políticas, la pérdida
de calidad, la fragmentación del sistema y la creciente desigualdad educativa
marcaron el inicio de un proceso sempiterno de declinación.
Los datos
confirman con claridad este
deterioro. Las evaluaciones del Programa para la Evaluación Internacional de
Estudiantes (PISA) muestran que la Argentina se ubica por debajo de los
estándares internacionales. En 2022, el país obtuvo alrededor de 378 puntos en
matemática y 401 en lectura, muy por debajo del promedio de la OCDE. Más
preocupante aún, resulta que la mayoría de los estudiantes no alcanza niveles
mínimos en matemática ni en comprensión lectora.
Hoy, la crisis educativa se expresa en múltiples dimensiones: bajos niveles de
aprendizaje, abandono escolar, deterioro de la formación docente y una desconexión
creciente entre la educación y las demandas del mundo contemporáneo. No se
trata sólo de un problema de recursos, sino de prioridades, de visión
estratégica y de consenso social. La educación dejó de ser el eje ordenador del
desarrollo para convertirse, en muchos casos, en una variable más de ajuste.
Esta crisis también refleja una pérdida de orientación en el proceso de
enseñanza-aprendizaje. Educar implica avanzar desde el conocimiento hacia
niveles superiores como la comprensión, la aplicación, el análisis, la síntesis
y la evaluación. Sin embargo, estos objetivos han sido progresivamente
desplazados.
Recuperar
la evaluación objetiva (de alumnos y de docentes) resulta imprescindible no solo para diagnosticar el nivel alcanzado, sino también para
reinstalar el incentivo al esfuerzo y la mejora continua. Reconocer la
centralidad de la educación implica asumir que su recuperación debe ser una
política de Estado sostenida en el tiempo. Requiere inversión, pero también
reformas profundas, evaluación constante y un compromiso colectivo que
trascienda coyunturas. Implica, sobre todo, entender que el futuro no se
construye con improvisación, sino con planificación y conocimiento.
Este
proceso exige, además, revalorizar la racionalidad como recurso central del poder humano: la capacidad de orientar medios hacia fines,
evaluar costos y gestionar el tiempo. La búsqueda de la excelencia, junto con
una administración eficiente del tiempo, debe volver a ocupar un lugar central
en la formación. Al mismo tiempo, resulta necesario revertir la pérdida de
hábitos fundamentales como la disciplina, la resiliencia y la tolerancia a la
frustración, sin los cuales ningún proceso educativo logra sostenerse.
Porque lo
que está en juego es mucho más que el rendimiento escolar. La educación define el posicionamiento de un país en el mundo: allí donde
se fortalece, se abren oportunidades; donde se degrada, se consolidan
limitaciones. Su degradación no solo impacta en la economía o la cohesión
social, sino también en la formación de las nuevas generaciones de decisores
políticos, en la capacidad de sostener políticas de largo plazo y en la defensa
de causas nacionales.
La
dificultad para construir consensos en torno a cómo proceder para la reivindicación y defensa de cuestiones estratégicas (como la
soberanía territorial, la protección de la infraestructura crítica o la
definición de objetivos de interés nacional) da cuenta de una carencia más
profunda: la pérdida de una cultura cívica y estratégica que otrora formó parte
del horizonte educativo.
En este
contexto, resulta indispensable recuperar la transmisión de valores que históricamente definieron el ethos argentino,
sostenidos tanto en el ejemplo docente como en el compromiso indelegable de las
familias. Esto implica también restituir al aprendizaje su lugar central dentro
de la escuela. La Argentina enfrenta el desafío de revertir una tendencia que
compromete seriamente su lugar en el siglo XXI. La tragedia educativa no fue
solo un diagnóstico, sino que fue -y continúa siendo- una advertencia que
relativizamos.
La educación
es, en esencia, poder nacional. Potencia la calidad, la
eficacia y la resiliencia de una sociedad; optimiza el uso de los recursos,
fortalece la economía y amplía las capacidades de desarrollo y proyección
estratégica. Educar es generar conocimiento; el conocimiento es capacidad; y la
capacidad, poder para transformar la realidad en favor del interés nacional.
Es tiempo
de sincerarnos, actuar en consecuencia y exigir una emergencia educativa como política de Estado. Porque sin educación no hay soberanía,
desarrollo, ni futuro. En las aulas comienza la defensa de la Nación y la
transmisión de los valores que sostienen su libertad y unidad. Y como todo
recurso estratégico, la educación nunca es neutral: allí donde se debilita,
otros consolidan su ventaja.
Profesor de
Relaciones Internacionales (UCALP). Especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP).
Asuntos
Transnacionales (FPHV).
Comentario:
El
presente texto plantea una afirmación difícil de ignorar: la crisis educativa
argentina no es un fenómeno reciente ni repentino, sino el resultado de un
deterioro progresivo que durante décadas no ha recibido la atención que merece.
Su carácter silencioso puede ser, precisamente, uno de sus aspectos más
peligrosos. Mientras otras crisis generan respuestas inmediatas, la pérdida de
calidad educativa se manifiesta gradualmente y sus consecuencias suelen hacerse
visibles cuando resulta mucho más difícil revertirlas.
Uno
de los argumentos más relevantes de este artículo es que la educación no puede
considerarse simplemente una política pública más. Constituye una condición
necesaria para el desarrollo económico, la cohesión social y la autonomía de un
país. Una sociedad que no desarrolla capacidades científicas, tecnológicas y de
pensamiento crítico corre el riesgo de depender permanentemente del
conocimiento y de las decisiones producidas en otros lugares.
Sin
embargo, atribuir la crisis exclusivamente a la falta de recursos sería
insuficiente. El problema parece estar también relacionado con la ausencia de
políticas educativas sostenidas, la falta de evaluación sistemática, la
formación docente y la pérdida de ciertos hábitos vinculados con el esfuerzo,
la disciplina y la responsabilidad. Invertir más es necesario, pero no
garantiza por sí mismo mejores resultados.
En este sentido, recuperar
la educación requiere mucho más que una reforma puntual. Hace falta construir
un consenso social y político que permita establecer objetivos de largo plazo y
sostenerlos más allá de los cambios de gobierno. La educación debería dejar de
ser una cuestión secundaria o coyuntural y convertirse nuevamente en una
verdadera política de Estado.
Clara Moras.
