Y un día, la derrota se festejó como un triunfo
25 de julio de
2026
Por Héctor M. Guyot
Se llegó alto.
Pero la ambición era llegar a lo más alto. De allí la frustración que sobrevino
a la derrota. La selección argentina enfrentó un equipo que jugó mucho mejor y
nos cortó el ascenso a la gloria, cuando estaba tan cerca que ya la dábamos por
nuestra. Es un grupo maravilloso y merecía la gloria. Pero no mereció ganar el
partido. Se perdió con justicia. Hubo corazón. Faltó fútbol.
Hubo corazón
para defender, no para atacar. No hubo hambre de gol y no se buscó el arco. Los
nuestros, incluido Messi, estaban como
perdidos. Fue un partido raro, tan distinto a lo esperado. Lo atribuyo al
cansancio y las lesiones. Y, sobre todo, a la dinámica admirable que desplegó
el rival. No compro la lectura conspirativa, no los vi arrugar ni ir a menos.
Pero sí jugar mal, sin encontrarse, tal como en partidos anteriores remontados
a fuerza de no darse por vencidos. Y muy lejos de la exhibición que dieron en
la última media hora del partido contra Inglaterra, que selló una semifinal festejada como una final. El climax
se anticipó y eso tal vez incidió en el equipo. Es difícil, desde tan arriba,
mantener la cuerda tensa e ir por más. A la tensión le sigue la distensión, es
una reacción física.
Pese a haber
perdido la Copa, en medio de la desazón, la hinchada argentina festejó sus
colores. Raro también, una derrota que se asume como un triunfo. Esa muestra de
orgullo, de adhesión al equipo, consoló a los jugadores, que devolvieron el
gesto con una actitud que se malinterpretó. Me hubiera gustado que la
selección aplaudiera a los ganadores, pero creo que la espalda que
les dio a los españoles mientras recibían los premios no fue un desplante.
Olvidados del acto oficial y de cualquier protocolo, los nuestros buscaron a su
hinchada para hacer con ella el primer duelo por la derrota. Fue un rito al
margen de todo. Una ceremonia aparte. Uno de esos momentos en los que
sentimientos complejos y contradictorios abruman el ánimo, y en los que uno
quiere estar con los suyos. Desde las gradas, en medio de la intimidad de ese
duelo compartido, volvió a bajar un poderoso sentimiento de gratitud que
después se multiplicaría en el Obelisco y en distintas plazas del país. Gloria
a los derrotados.
La emocionalidad
al palo del hincha argentino había despertado simpatía en aquellos lugares
donde jugaba la selección. Fuimos la hinchada más ruidosa, la que concitaba más
atención. No sé cómo, pero de pronto la simpatía dio paso a una ola de rechazo.
Eso es lo que se vio en las redes, algunos dicen que a raíz de una campaña
impulsada por Rusia. El punto de inflexión quizá fue la bandera de Malvinas que
los jugadores desplegaron en la cancha tras vencer a Inglaterra. A mí el gesto
me recordó la pancarta contra las pasteras que Evangelina
Carrozzo paseó en bikini en medio de una cumbre internacional
en Viena, en 2006. No me gustó. Pero el reconocimiento que dijeron haber
sentido los olvidados excombatientes me hizo repensar. En todo caso, el hecho
fue criticado como un inadmisible acto de rebeldía. Es posible que el estilo
argento moleste por irreverente. Somos, a mucha honra, para bien y para mal,
insumisos.
Se nos critica
por orgullosos, por creernos más o únicos, y algo de eso hay. Lo raro es que se
apoyen para eso en un equipo cuyos líderes son el colmo de la modestia. En un
video que circula en las redes, un periodista le pregunta a Messi cómo hace
para llevar la pelota tan cortita. “La verdad que no hice nada, fue Dios quien
me hizo jugar así”, responde el diez con sinceridad. Tanto él como Scaloni viven sacándose el mérito de encima. Por
eso no se entiende que Pérez-Reverte dijera, aun con ánimo de defender al país
de los ataques, que esta selección representó solo “a la parte más violenta e
irracional de cierta detestable sociedad argentina”, cuando es un orgullo
nacional que refleja nuestras mejores virtudes.
¿Hubo excesos
reprochables? Sí, los hubo, en especial los empellones y cruces con jugadores
españoles que protagonizaron Paredes, Molina y Roberto Ayala tras
la derrota, signos de impotencia que por suerte no pasaron a mayores.
Agresiones para lamentar, haya habido provocación previa o no. Pero la mayor
parte de los ataques a la argentinidad se montaron sobre prejuicios, y ni
hablar de la insólita acusación de ser uno de los países más racistas del
mundo, hecha en algunos casos por ciudadanos de países con historia imperial
que diezmaron África y mantuvieron, hasta hace no tanto, crueles leyes de
segregación racial.
La movida
antiargentina que inundó las redes por estos días demostró que, una vez que los
algoritmos difunden un tema con la dosis suficiente de odio y resentimiento, la
ignorancia hace el resto y la ola crece hasta pasar a la cobertura de los
medios más importantes y a la boca suelta de influencers y
celebridades que se suman a la estigmatización sin conocimiento alguno y sin
medir las consecuencias. En las redes la realidad
estalla y los necios se fabrican la propia.
Pero las redes,
al mismo tiempo, ofrecieron conmovedores testimonios de extranjeros que valoran
muchas cualidades de los argentinos, como la calidez, el sentido de la amistad
y la tenacidad en las malas. Ese tesón para no rendirse, para dar la lucha en
equipo, es una de las grandes lecciones de esta selección. La última llegó en
la final: el éxito no siempre equivale a ganar.
El domingo, el país festejó una derrota en honor a una serie de principios.
Algo, para mí, inédito. Señal de que quizá seamos capaces, como sociedad, de
aprender algo de todo esto.
Comentario:
Este
texto invita a reflexionar sobre una idea poco frecuente en el deporte: hay
derrotas que, por la forma en que se afrontan, dejan una huella tan valiosa
como una victoria. Coincido con el autor en que el verdadero mérito de esta
selección no estuvo únicamente en los resultados obtenidos, sino en los valores
que transmitió a lo largo del torneo. La entrega, la humildad, el compromiso
colectivo y la capacidad de sobreponerse a la adversidad construyeron una
identificación que fue mucho más allá de un título.
También
comparto la idea de que perder no siempre significa fracasar. En la final hubo
un rival superior y reconocerlo no disminuye el enorme recorrido realizado. Al
contrario, aceptar la derrota con honestidad es una muestra de madurez
deportiva y humana. El apoyo incondicional de la hinchada reflejó precisamente
ese reconocimiento: se aplaudió el esfuerzo, la actitud y el sentido de
pertenencia, no el resultado.
El
presente artículo también acierta al advertir sobre los riesgos de las redes
sociales, donde los prejuicios y la desinformación suelen amplificarse hasta
convertirse en verdades aparentes. Generalizar o reducir a un país entero a
estereotipos solo alimenta la intolerancia y empobrece el debate.
Finalmente, la mayor
enseñanza es que el éxito no siempre se mide por una copa levantada. A veces
consiste en inspirar, en representar valores positivos y en dejar un legado de
unidad y resiliencia. Si esa lección logra trascender el deporte, habrá sido una
victoria mucho más importante que cualquier campeonato.
Clara Moras.