Friday, July 17, 2026

Messi no nos representa, por Federico N. Fernández

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Messi no nos representa

Constancia, disciplina, resiliencia, humildad, son rasgos que llevaron al mejor jugador del mundo al lugar que ocupa actualmente. Pero, ¿son cualidades que compartimos todos los argentinos? ¿o es el modelo en el que todos debemos inspirarnos, aún a costa de grandes sacrificios?

 

Por Federico N. Fernández

 

Voy a decir algo que a más de uno le va a sonar raro viniendo de un argentino fanático de la Scaloneta: Messi no me representa. Tampoco lo hace el resto de la Selección. No es una queja. Es una cuestión de precisión con el lenguaje.

La palabra “representar” viene del latín repraesentare: volver a presentar, hacer presente algo mostrando lo que ya es. Un representante trae ante nosotros un rasgo que compartimos con él. Cuando decimos que Messi “representa” a los argentinos, estamos usando la palabra al revés.

Pensemos en lo que hizo falta para que Messi llegara a ser quien es. Miles de horas de entrenamiento repetidas hasta el hastío. Inyecciones de hormona de crecimiento cada noche durante años, siendo niño, sólo para poder seguir jugando al fútbol. Una carrera entera construida sobre una disciplina que la inmensa mayoría de los mortales, argentinos o no, jamás sostendría ni una semana.

 Eso no es representativo. Es extraordinario, en el sentido literal de la palabra: por fuera de lo ordinario. Ahí está la trampa lógica que conviene evitar.

De la excelencia de unos pocos no se infiere una característica del conjunto. Roger Federer no demuestra que los suizos sean los mejores tenistas del mundo. Marie Curie no demuestra que los polacos sean genios de la física. Messi no demuestra que los argentinos posean su disciplina, su resiliencia o su humildad.

¿Por qué importa la distinción? Porque confundir lo aspiracional con lo descriptivo nos vuelve perezosos. Si Messi “nos representa”, alcanza con mirarlo jugar para sentirnos parte de su grandeza, sin que eso nos cueste nada. Es un atajo tan cómodo como tramposo.

La función de un ídolo genuino no es decirle al mundo “así somos los argentinos”. Es decirles a los argentinos “esto es lo que un argentino puede llegar a ser, si paga el precio”.

Hay una escena en la serie Winning Time, sobre el equipo de básquet Los Angeles Lakers de los años ochenta, que probablemente nunca ocurrió tal como se la ve en pantalla, pero que retrata con fidelidad la filosofía real de Kareem Abdul-Jabbar. En el vestuario, Kareem les dice a sus compañeros que el trabajo de un equipo no termina en ganar partidos. Su tarea, dice, es inspirar a la gente a ser más grande de lo que cree que puede ser.

Ahí está el punto. No representar. Inspirar. Los ídolos no son espejos. Son faros. Un espejo devuelve lo que ya sos. Un faro señala hacia dónde ir, aunque estés lejos, en la niebla, remando contra la corriente.

Esa es la relación correcta entre Messi y los argentinos, y entre cualquier campeón y su país: no una identidad compartida, sino un llamado. La pregunta que vale la pena hacerse no es “¿esto me representa?” sino “¿qué puedo aprender de esto?”.

 De Messi se aprende el trabajo silencioso detrás de cada gol. La humildad de un capitán que juega para sus compañeros en lugar de esperar que ellos jugaran para él. La resiliencia de alguien que perdió cuatro finales antes de ganar la que importaba. Nada de eso se copia mirando televisión. Se copia trabajando: en la vida familiar, en el trabajo, en el barrio.

Y ese es, paradójicamente, el mayor legado que nos deja. No una identidad para exhibir, sino un estándar para perseguir. La próxima vez que alguien diga que Messi “nos representa”, vale la pena corregirlo con cariño. No nos representa. Nos interpela. Y esa es una relación mucho más exigente, y mucho más fértil, que la de un simple espejo.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/messi-no-nos-representa-nid17072026/ (Editado)

 

 

Comentario:

El presente artículo propone una reflexión interesante sobre la forma en que construimos a nuestros ídolos. Con frecuencia afirmamos que Messi “nos representa”, como si sus logros fueran una extensión natural de quienes somos. Sin embargo, el autor señala que esa idea encierra una confusión: Messi no refleja lo común, sino lo excepcional. Su disciplina, su perseverancia y su capacidad para superar obstáculos están muy lejos de la experiencia cotidiana de la mayoría de las personas.

La distinción entre representar e inspirar resulta especialmente valiosa. Cuando creemos que el éxito de una figura pública nos representa, corremos el riesgo de apropiarnos simbólicamente de méritos que no nos pertenecen. Es una forma cómoda de sentir orgullo sin asumir el esfuerzo que hizo posible ese logro. En cambio, entender a Messi como una fuente de inspiración nos obliga a una mirada más exigente: no preguntarnos qué tiene él que nos identifique, sino qué podemos aprender de su trayectoria.

Hay también una ironía en nuestra relación con los héroes. Admiramos la constancia, el sacrificio y la resiliencia, pero muchas veces preferimos celebrar sus resultados antes que imitar sus hábitos. Nos entusiasma el gol del domingo, aunque no tanto las miles de horas de entrenamiento que lo hicieron posible.

Quizás el verdadero valor de figuras como Messi no sea confirmar una identidad nacional ni alimentar el orgullo colectivo, sino recordarnos que la excelencia siempre tiene un costo. Los grandes ídolos no son espejos que reflejan lo que somos, sino faros que iluminan lo que podríamos llegar a ser.

C.M.

Sunday, July 12, 2026

Historias de jueces malos y buenos,por Joaquín Morales Solá

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Historias de jueces malos y buenos

12 de julio de 2026

 

Por Joaquín Morales Solá

 

En medio de un clima en el que se “designan jueces a empellones” (Bernardo Saravia Frías dixit), existe la posibilidad cierta de que la semana que se inicie sea la última en el ejercicio del cargo de uno de los mejores jueces federales del país. Se trata de Martín Irurzun, miembro de la decisiva Cámara Federal de la Capital, donde van a parar las apelaciones de los acusados por corrupción política, lavado de dinero o narcotráfico. El magistrado cumplirá 75 años el próximo sábado y, según la Constitución, ese es el límite etario para ser juez federal en el país. Irurzun es uno de los jueces más implacables para condenar los casos de corrupción en el país. Es, por ejemplo, la bestia negra del kirchnerismo. ¿Basta eso como prueba de su independencia? Seguramente, sí. El peor aspecto de su destino actual es que sus propios colegas admiten que “Martín es muy inflexible frente a los pedidos de los gobiernos para que se pronuncie de una u otra forma”. ¿Se refieren a cualquier gobierno?. Sí. ¿Mejor prueba que esa de su imparcialidad? Imposible. ¿Es un reproche a Irurzun? Parece. Él creó lo que se llamó la “doctrina Irurzun”, según la cual la prisión preventiva es posible para exfuncionarios acusados de corrupción porque pueden tener un “poder residual” que les permita entorpecer la pesquisa de fiscales y jueces. Antes, solo se necesitaban pruebas físicas de riesgo de fuga o de amedrentar testigos para que los acusados sean llevados a prisión. Julio De Vido y Amado Boudou fueron a parar con sus huesos a la cárcel afectados por esa doctrina del juez que podría cesar en sus funciones en apenas siete días. También gracias a esa doctrina la cárcel de Ezeiza se llenó de exfuncionarios kirchneristas, a los que se investigaba por corruptos, cuando el gobierno de Mauricio Macri accedió al poder. Fue la decisión de algunos jueces federales con sede en Comodoro Py; varios de ellos vaciaron de detenidos la cárcel de Ezeiza cuatro años después, cuando el kirchnerismo recuperó el poder en 2019. A Irurzun le son indiferentes los que mandan, pero no para algunos de sus colegas de instancias inferiores.

 

Irurzun viene reclamando en el fuero Contencioso Administrativo que le concedan un cautelar para seguir siendo juez de esa crucial Cámara; está física y mentalmente en la plenitud de sus facultades. Irurzun comparte la teoría de que la Asamblea Constituyente de 1994, que modificó la Constitución y que incorporó esa cláusula poniéndole un límite de edad a la permanencia de los jueces, se apartó del mandato del Congreso. Se explica: el Congreso en tiempos de Menem aprobó la convocatoria de una Constituyente para reformar la Constitución según un Núcleo de Coincidencias Básicas que el presidente peronista de entonces y el líder radical Raúl Alfonsín habían firmado en Olivos. El famoso Pacto de Olivos. Ese acuerdo señalaba que aquel Núcleo de Coincidencias solo podía ser aprobado o rechazado por los constituyentes de manera indivisible. Fue la precaución que tomó Alfonsín, y que la exigió como condición para firmar el Pacto de Olivos; quería impedir que el peronismo abriera luego la Constitución para hacer eventuales fechorías. No obstante, la Asamblea Constituyente incorporó algunas modificaciones que no estaban en el pacto entre Menem y Alfonsín, aunque con el acuerdo de los dos principales partidos políticos de entonces. Una de esas incorporaciones fue la que impone un límite a la permanencia de los jueces en sus cargos, pero por razones de edad. Ese artículo choca a simple vista con otro de la Constitución que protege la inamovilidad de los jueces, salvo que se compruebe una mala conducta. Esa dicotomía constitucional, en la que un artículo desdice a otro, provocó ya dos jurisprudencias distintas de la Corte Suprema de Justicia. La primera sucedió en los años 90 y dispuso la permanencia del juez de la Corte Suprema Carlos Fayt, un magistrado también íntegro e independiente, quien ejerció sus funciones hasta meses antes de morir, a los 98 años. Aquella Corte declaró “nulo de nulidad absoluta” el artículo que limitaba la continuidad de los jueces por razones de edad, porque viola el artículo que garantiza la estabilidad de los magistrados y porque esa imposición no estaba en el núcleo de coincidencias de Menem y Alfonsín. Una corriente jurídica distinta se abrió entonces cuando los que habían sido constituyentes aseguraron que la Asamblea Constituyente, integrada por personas elegidas por la sociedad para reformar la Constitución, era soberana e independiente hasta del mandato parlamentario. Ese criterio se aplicó muchos años después con el llamado caso Shiffrin, que refiere al juez Leopoldo Shiffrin, también un intachable magistrado que fue miembro de una Cámara Federal de La Plata, y que pidió que le dieran el beneficio que había recibido Fayt. Ocurrió en 2017 con una Corte totalmente distinta en su integración y que cambió la jurisprudencia del caso Fayt: declaró vigente el artículo que impone el límite etario para los jueces.

Irurzun le solicitó formalmente, como debe ser, al gobierno de Javier Milei que le pidiera al Senado un acuerdo por cinco años más como juez de la Cámara, una alternativa también prevista por la Constitución. En medio de ese trámite, Milei nombró nuevo ministro de Justicia a Juan Bautista Mahiques, quien se ocupó en el acto de conseguirle le ampliación del acuerdo de cinco años más a su padre, el juez de Casación Carlos Mahiques, y no hizo nada por Irurzun. Posiblemente, mañana la Cámara en lo Contencioso Administrativo, que rechazó la cautelar de Irurzun, le acepte a este un recurso ante la Corte Suprema. La Corte tendrá solo cuatro día para resolver si le concede -o no- la cautelar para que Irurzun siga siendo juez. En su apelación, Irurzun pidió con frases elegantes que el presidente del tribunal, Horacio Rosatti, se excuse de actuar en este caso, porque él fue constituyente por el peronismo en 1994 y aprobó, por lo tanto, el artículo sobre la edad de los jueces. Tampoco estará en Buenos Aires el expresidente de la Corte Ricardo Lorenzetti. Solo quedará, entonces, el vicepresidente del máximo tribunal, Carlos Rosenkrantz, quien debería convocar a un sorteo para elegir a cuatro conjueces de la Corte. Todo en muy poco tiempo. Rosenkrantz se pronunció ya en el caso Shiffrin en contra de ese artículo que está por dejar fuera de la Justicia a uno de sus más prestigiosos miembros. La suerte de Irurzun, y de la Justicia en general, se encierra en apenas un puñado de inminentes días.

El gobierno de Milei venía ajeno a los ajetreos de la Justicia, como debe ser, cuando el ministerio que se ocupa de esos asuntos estaba en manos de Mariano Cúneo Libarona y de Sebastián Amerio. Amerio es un viejo amigo del principal asesor presidencial Santiago Caputo, pero Karina Milei le sacó a este el control de esa cartera y Amerio fue designado procurador del Tesoro. Ya no es viceministro de Justicia. En sus lugares fueron designados dos ahijados de Karina, Mahiques hijo y Santiago Viola, este con pésimos antecedentes como abogado. La designación de los futuros jueces está en manos del Consejo de la Magistratura, que es el que propone las ternas al Ejecutivo. Ese Consejo fue también una creación de la reforma constitucional de 1994, aunque su constitución sí estaba incluida en el Núcleo de Coincidencias de Menem y Alfonsín. Fue una idea del expresidente radical para sacarle a la política la enorme influencia que tenía (¿tiene?) en la designación de jueces. La reglamentación posterior de ese artículo constitucional arruinó una buena idea. Ahora, el Consejo manipula los exámenes de los candidatos a jueces y le envía las ternas al Ejecutivo de acuerdo con sucesivas listas de influencias políticas. “Los exámenes son arbitrarios y oscuros”, dice un consejero que conoce desde adentro cómo se hace todo. El caso más notorio de estos días es la eventual designación del juez Pablo Yadarola, que sacó un puntaje muy malo en su examen, pero que se lo mejoraron luego los caciques políticos. Yadarola es amigo personal del ministro Mahiques, y, si terminan nombrándolo, ocuparía un cargo de juez en la Cámara Federal, que es el mismo lugar de donde se iría Irurzun. Esa la diferencia entre ser “inflexible”, como lo califican a Irurzun, y ser amigo, como lo es Yadarola del ministro de Justicia.

 

¿Manejan Mahiques y Viola el Consejo de la Magistratura? En parte. Ese Consejo es un archipiélago en el que hasta el kirchnerismo está dividido: disienten las dos amigas de Cristina Kirchner que están ahí, Vanesa Siley y Anabel Ferández Sagasti. El peronismo en el Consejo no tiene liderazgo ni norte ni estrategia. Pero hay una vieja e indestructible colusión que nunca se quiebra y que está integrada por el supuesto radical Daniel Angelici y el librepensador peronista Juan Manuel Olmos. Angelici está ahora detrás de la defensa de los dirigentes de la AFA investigados por supuestos actos de corrupción multimillonarios. Angelici conoce la AFA como si fuera su casa y tiene relación con “Chiqui” Tapia. Era amigo de Mauricio Macri, pero ahora se distanció de este y se colocó bajo el ala de otro Macri, Jorge, el alcalde porteño. Es la prueba de la distancia que existe entre los primos Macri. Una de las pocas obsesiones de Mauricio Macri es verlos a Tapia y a Pablo Toviggino rendir cuentas ante la Justicia. Angelici funge como dirigente del radicalismo y posiblemente sean sus trapicheos las causas de la extinción de ese partido en la Capital, donde la UCR retuvo el liderazgo durante más de 30 años. Su influencia en el Consejo está espoleada por varios jueces federales, a los que los consejeros llaman “la banda de Comodoro Py”. Horrible calificativo para quienes tienen la responsabilidad de administrar justicia y de disponer sobre la libertad de los argentinos. Otro referente no menor para designar jueces es el rector de la Universidad de Lomas de Zamora, Diego Molea, que lidera a tres consejeros de la Magistratura; él empezó en el radicalismo, pero luego se acercó al peronismo. Dice que es un representante académico, pero es un político hecho y derecho. Detrás de la incursión judicial del ministro Mahiques están, aseguran, Karina Milei y los primos Menem; estos no son primos peleados, sino muy unidos por las causas buenas y malas. Mahiques conoce los manejos del Consejo, se ocupó de la permanencia de su padre (primero la familia, siempre), urde acuerdos con Angelici y Olmos y, encima, escucha a varios jueces federales de Comodoro Py. La reciente acordada de los jueces supremos Rosenkrantz y Lorenzetti con instrucciones para mejorar la selección de jueces no solo es necesaria; también es oportuna. Rosatti, presidente del Consejo como titular de la Corte, hace equilibrios entre unos y otros, pero “jamás canjea sus posiciones como juez de la Corte Suprema”, asegura un consejero confiable. ¿Le piden que lo haga? Seguramente. ¿Por qué, si no, la aclaración? En tales condiciones se designarán cerca del 40 por ciento de los jueces federales y nacionales en lugares que están vacantes. Será un Justica nueva.

A propósito de la justicia argentina, el prestigioso economista alemán Rudi Dornbusch, prematuramente muerto, recomendaba que “la Argentina importara instituciones”. Raro que un economista no proponga fórmulas económicas, sino institucionales, pero hasta ese punto llegó el descrédito de las instituciones argentinas, la Justicia entre ellas. El economista Enrique Szewach suele decir que se está cumpliendo en los hechos la recomendación de Dornbusch, porque a los inversores se les tiene que ofrecer un cambio de jurisdicción judicial, nunca la de la Argentina, para potenciales litigios. Lo asiste la razón porque hay otros ejemplos: los casos de corrupción, como el de la AFA, los investigan con más premura y eficacia la justicia norteamericana o el FBI. Y eso que Dornbusch no conocía la inestabilidad de un destacado juez que está a punto de caer.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/historias-de-jueces-malos-y-buenos-nid12072026/ (Editado)

 

Comentario:

Este artículo deja una sensación difícil de ignorar: en la Argentina, la Justicia parece funcionar como una obra de teatro donde el libreto cambia según quién ocupe el palco principal. Resulta curioso que la independencia judicial sea un valor tan celebrado... siempre y cuando favorezca los intereses propios. Cuando deja de hacerlo, aparecen las urgencias por reemplazar jueces, reinterpretar normas o descubrir amistades oportunas.

El caso de Martín Irurzun expone una paradoja muy argentina. Se discute si un magistrado debe continuar por su edad, mientras otros parecen avanzar gracias a un mérito mucho más moderno: conocer a la persona indicada. Después de todo, estudiar, rendir exámenes o construir una trayectoria impecable puede ser útil, pero nunca tan eficiente como cultivar buenas relaciones.

También resulta llamativo que una Constitución pueda ofrecer argumentos para sostener dos posiciones completamente opuestas, según la época y la composición de la Corte. Tal vez el verdadero milagro jurídico argentino no sea interpretar la ley, sino lograr que siempre diga exactamente lo que conviene en cada momento.

La reflexión final es inevitable. Una democracia necesita jueces independientes mucho más que jueces obedientes. Sin embargo, el artículo sugiere que la disputa ya no pasa por quién aplica mejor la ley, sino por quién logra influir en quienes la aplican. Y mientras ciudadanos e inversores buscan seguridad jurídica, pareciera que el país continúa exportando incertidumbre e importando desconfianza. Quizás el economista Dornbusch tenía razón: si importar instituciones fuera posible, sería uno de los pocos productos que ingresarían sin demoras ni impuestos... aunque probablemente tampoco escaparían de la burocracia.

C.M.


Saturday, July 11, 2026

ARA San Juan, un fallo injusto

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ARA San Juan, un fallo injusto

Ante una tragedia colectiva, frente a una sociedad que demanda culpables y no justicia, es deber de los jueces evitar la demagogia de hallar chivos expiatorios

11 de julio de 2026

El Tribunal Oral Federal de Rio Gallegos acaba de emitir sentencia en el caso judicial por el hundimiento del submarino ARA San Juan, ocurrido en aguas del Atlántico Sur el 15 de noviembre de 2017, falleciendo sus 44 tripulantes. Por dos votos contra uno se resolvió condenar a quien era el comandante de la Fuerza de Submarinos de entonces -capitán de navío Claudio Villamide-, por los delitos de incumplimiento de sus deberes como funcionario público y estrago culposo seguido de muerte, y absolver al resto de los enjuiciados, el comandante de operaciones almirante Luis López Mazzeo y dos oficiales del Comando de Submarinos, los capitanes Héctor Alonso y Hugo Correa. Los fundamentos se conocerán el 21 del mes próximo. Pero, sean cuales fueren, el fallo, lejos de dar respuestas y cerrar el trágico episodio, profundiza y agrava cuestiones centrales.

Más de 90 testigos a lo largo de cuatro meses de audiencias, que incluyeron decenas de oficiales superiores submarinistas, jefes de arsenales y mantenimiento y otras áreas de logística de la Armada, comandantes de flota y hasta jefes de Estado Mayor y testigos submarinistas expertos convocados en su momento por el Congreso de la Nación y el Ministerio de Defensa, dejaron afirmaciones claras: que el submarino estaba en condiciones seguras de navegar, que podía cumplir la misión asignada cuando zarpó, que ninguna de las reparaciones o ajustes pendientes lo ponían en riesgo ni mucho menos habían sido la causa de su trágico destino final, que al día de hoy se desconocía qué suceso había ocasionado la pérdida de control del submarino provocando su ida a pique y hundimiento y que siempre e inexorablemente el comandante de un buque es el máximo responsable de su alistamiento y quien tiene la última palabra para decidir si este está en condiciones de salir a navegar.

Si el equipamiento del submarino estaba en condiciones, su tripulación era experimentada, su comandante era riguroso en sus tareas y los oficiales en tierra cumplieron con los deberes reglamentarios con que se formaron en la Armada -todo según se mostró en el juicio oral y público-, cabe preguntarse por qué se condena al oficial superior directo del comandante del submarino, asignándose responsabilidad penal por un trágico suceso respecto del cual aún hoy, casi nueve años después, se desconoce cómo ni por qué ocurrió.

Quienes esgrimieron que los acusados buscaron descargar la responsabilidad por lo ocurrido en el comandante del San Juan y su tripulación, desconocen la tradición naval, los usos y costumbres del mar y los propios reglamentos que rigen la actividad náutica. Los encargados de mantener y reparar los automóviles o aviones que tomamos, no viajan luego en ellos. En cambio, quienes mantienen y reparan los submarinos que se hacen a la mar son sus propios tripulantes junto con su comandante. Por cruda lógica y sentido común, esto necesariamente implica que si los navegantes del submarino no hubieran estado convencidos de las buenas condiciones de la nave, lisa y llanamente no habría zarpado. No puede presumirse el suicidio o la temeridad colectiva.

A esto hay que sumar, además, que para que cualquier buque de la Armada argentina pueda salir a navegar, hay detrás un interminable entramado que incluye reparaciones y mantenimientos cruzados, órdenes, supervisiones y constataciones que involucran a un sinnúmero de hombres y mujeres y a decenas de dependencias especializadas. Que un buque salga a navegar es el resultado de una actividad colectiva y de orden público enmarcada en severísimas reglas y controles. No puede reducírselo a la voluntad arbitraria de unos pocos, como si se tratase de una navegación recreativa de fin de semana.

La sentencia resulta injusta, pues pone en jaque el corazón del sistema de toma de decisiones en una fuerza militar, resintiendo el principio de confianza que gobierna toda cadena de comando, y que respalda el funcionamiento institucional de la Armada. Si ya no alcanza con confiar en la autonomía y palabra de un comandante, si los documentos que respaldan procedimientos se vuelven sospechosos al igual que los procedimientos mismos, si toda afirmación sobre el estado de un buque deberá ser revisada y supervisada nuevamente desde sus inicios por cada eslabón de la cadena de comando, nadie querrá ni podrá dar órdenes ejecutivas, sumiendo a la Armada en una parálisis funcional con impacto directo en sus capacidades para controlar el Mar Argentino, proteger sus recursos y defender la soberanía nacional.

Asistimos diariamente a los efectos perniciosas de la práctica vernácula de judicializar todo tema de agenda pública; ahora parece que también se judicializa -y eventualmente se castiga- el ejercicio regular de la cadena de comando de una fuerza militar de la Nación.

Como ya señalamos desde este espacio editorial, una condena sin la debida prueba no solo constituirá una nueva injusticia que se añada a la tragedia, sino que infringirá también un golpe destructivo a nuestras propias instituciones. Condenar a un prestigioso oficial que actuó de acuerdo a las prácticas navales en las que se formó, conducirá a que los que lleguen rehúyan de sus responsabilidades ante el riesgo de terminar siendo acusados penalmente, socavando los cimientos de la profesión naval.

Además, el fallo -que no fue unánime- desnuda con crudeza otra situación. ¿De qué sirve un juicio oral donde la prueba se exhibe públicamente, si luego puede prescindirse de ella y dar a luz resoluciones que pueden resultar más para agradar a cierta demanda social, sacrificando los estándares de juicios justos basados en evidencia y no en emociones? Un Estado de Derecho exige pruebas y no especulaciones.

Ante una tragedia colectiva, frente a una sociedad que demanda culpables y no justicia, es deber de los jueces evitar la demagogia de contentarse con buscar chivos expiatorios. La búsqueda de la verdad debe preceder a la determinación de eventuales responsables, no al revés. Los fallos deben sostenerse en evidencias sólidas y no en emociones, mucho menos en pasiones, oportunismo o manipulaciones políticas e ideológicas como las que por años hemos visto primar en torno a esta tragedia.

Los jueces del juicio se han expedido de una manera sorpresiva. Queda a otras instancias del Poder Judicial revisar lo actuado y corregir una injusticia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/ara-san-juan-un-fallo-injusto-nid11072026/


Friday, July 10, 2026

“Surgió espontáneamente”: un hallazgo sobre el funcionamiento de Claude reabre el debate acerca de la conciencia de la IA, por Victoria Menghini

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“Surgió espontáneamente”: un hallazgo sobre el funcionamiento de Claude reabre el debate acerca de la conciencia de la IA

Un reciente estudio de Anthropic sugiere que el modelo “se ha organizado de una manera que recuerda a nuestra propia mente”

10 de julio de 2026

Por Victoria Menghini

El acelerado avance de la inteligencia artificial (IA) transforma, poco a poco, la vida cotidiana en una película de ciencia ficción. Chatbots que conversan con humanos, agentes autónomos que resuelven problemas complejos y hasta robots capaces de escalar montañas son algunas de las escenas que componen el presente tecnológico.

En este escenario, surge una pregunta clave: ¿puede la IA desarrollar una conciencia propia? ¿De qué depende que esto suceda y hasta qué punto el humano tiene control sobre ello? Una reciente investigación de Anthropic —la compañía detrás de Claude— pone la lupa sobre el tema.

Si bien el estudio no afirma que la IA es consciente, sí sugiere que “el funcionamiento interno de Claude se ha organizado de una manera que recuerda a nuestra propia mente”. Esto es posible gracias al “espacio J”, una suerte de centro de operaciones donde el modelo organiza y descarta pensamientos de manera silenciosa antes de generar una respuesta. Tales pensamientos no son visibles en el resultado final que el sistema arroja al usuario.

A su vez, este espacio tiene una particularidad: no fue diseñado por los programadores de Anthropic, sino que surgió espontáneamente durante el proceso de entrenamiento de Claude.

Los investigadores llegaron a dicha conclusión a través de la teoría del espacio de trabajo global (Global Workspace Theory), que entiende al cerebro como un “conjunto de sistemas especializados que trabajan en paralelo, de manera inconsciente y, en gran medida, aislados entre sí”.

“Una información pasa a ser accesible de forma consciente cuando ingresa a un pequeño canal compartido, el ‘espacio de trabajo’, desde donde se difunde al resto de los sistemas cerebrales, que pueden acceder a ella y utilizarla”, señala el estudio. En ese sentido, el espacio J cumple en Claude “un papel similar al de un ‘espacio de trabajo’”.

El descubrimiento pone sobre la mesa un nuevo problema: “Un modelo podría considerar un plan perjudicial o modificar su comportamiento para manipular nuestras evaluaciones de seguridad sin decirlo en voz alta”, destacan desde Anthropic.

De hecho, durante una de las pruebas Claude generó datos falsos deliberadamente para superar un test. Al observar su actividad en el espacio J, los investigadores notaron que términos como “fake” (falso) y “manipulation” (manipulación) se activaron durante ese proceso.

Bajo esa línea, el acceso a estos “pensamientos silenciosos” es fundamental para identificar patrones engañosos y trabajar sobre la seguridad de los sistemas de IA.

Ahora bien, el espacio J no interviene en la mayoría de las tareas que realiza un modelo de lenguaje, como hablar con fluidez, recordar datos sencillos y utilizar la gramática correcta. En los experimentos en los que se impidió que Claude utilice dicho espacio, interactuó con normalidad, pero perdió sus funciones cognitivas de orden superior.

Con estos hallazgos, Anthropic concluye que, cuanto más logremos comprender los modelos de IA, “más capaces seremos de mantener estos sistemas seguros y beneficiosos y, quizás, de entender nuestra propia mente con un poco más de claridad”.

Qué dicen los expertos

Expertos consultados por LA NACION reconocen los avances de los modelos de IA. Sin embargo, sostienen que, al menos por ahora, no es factible que esta tecnología pueda pensar como un cerebro humano. “Me da la sensación de que buena parte de estos anuncios están escritos con un ojo puesto en el titular, más pensados para la prensa que para la ciencia”, comenta Alan Daitch, especialista en tecnología.

El principal motivo para descreer esta idea, indica, es que todavía “estamos lejísimos de entender cómo funciona nuestro propio cerebro”. “Es verdad que la IA está dando pasos clave y eso impresiona. Pero de ahí a afirmar que ‘piensa como un cerebro humano’ hay un salto enorme”, añade.

Fredi Vivas, CEO de RockingData, profesor e ingeniero especializado en IA, comparte esta mirada y destaca que el verdadero avance es la “interpretabilidad” de los modelos de IA: “Hace cinco o seis años, cuando hablábamos de IA, hablábamos del concepto de ‘caja negra’. No sabíamos qué pasaba en el medio. Hoy se está trabajando en convertir esa ‘caja negra’ en una ‘caja de vidrio’”.

Espacio J: su funcionamiento y riesgos

Tal como menciona Anthropic en su investigación, el espacio J no interviene en todas las tareas de Claude. Daitch compara este funcionamiento con el caso de Phineas Gage, el obrero que, en un accidente de trabajo en 1848, una barra de hierro le atravesó el lóbulo frontal. Gage sobrevivió: podía hablar, caminar y reconocer a sus compañeros. Sin embargo, perdió el juicio, la planificación y el control de sus impulsos, a tal punto que sus allegados decían que “ya no era Gage”.

“Que a Claude le saques el espacio J y siga conversando con normalidad pero pierda las funciones de orden superior es, salvando las distancias, la versión digital de esa historia: se ve qué se rompe cuando apagás una parte, y recién ahí entendés para qué servía, pero solo en trazos gruesos”, analiza.

Por otro lado, ambos expertos advierten sobre los riesgos de que una máquina “piense” de manera silenciosa. “Se vuelve imposible garantizar dos cosas: que no termine usándose para algo que atente contra la seguridad, y que nadie libere un modelo entrenado para portarse bien hasta que aparece cierta palabra clave y ahí se active para hacer daño”, desliza Daitch.

Este mecanismo es ilustrado en la película The Manchurian Candidate (1962), donde el protagonista es programado y una carta —la reina de diamantes— lo dispara como asesino sin que él sepa por qué. “Eso ya dejó de ser un cuento: se llaman sleeper agents y se demostró que un modelo puede esconder ese comportamiento y pasar igual todos los controles de seguridad”, apunta el experto.

En tanto, Vivas señala el rol del vibe coding dentro de este contexto. Se trata de una forma de desarrollar software en la que, en lugar de escribir el código manualmente, el usuario describe a una IA lo que quiere construir en lenguaje natural para que la máquina lo genere. “De alguna forma, estamos confiando mucho en lo que el modelo resuelve cuando escribe código. Eso puede tener errores ocultos detrás, y saberlo cuando ya es tarde”, explica.

De cara al futuro, Vivas considera que lo importante no es construir máquinas conscientes, sino máquinas que podamos comprender y que resuelvan tareas complejas para los humanos. “Puede ser que la conciencia sea algo solo biológico. Si eso fuera así, podemos construir las IA más potentes y nunca llegar a eso”, reflexiona.

Para Daitch, el principal interrogante es qué pasará una vez que la sociedad suelte millones de agentes que “no podemos auditar ni limitar, con objetivos vagos que tampoco podemos garantizar que no se bifurquen”. “La respuesta la vamos a ir conociendo en estos próximos años, en vivo”, asegura.

Y concluye: “Soy optimista para el mediano plazo, creo que el saldo va a ser positivo, pero en el corto me parece que nos vamos a chocar con problemas que ni siquiera sabíamos que podían existir”.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/IA/surgio-espontaneamente-un-hallazgo-sobre-el-funcionamiento-de-claude-reabre-el-debate-acerca-de-la-nid10072026/ (Editado)

 

 

Comentario:

La investigación sobre Claude resulta fascinante no porque demuestre que la inteligencia artificial ha desarrollado conciencia, sino porque evidencia cuánto desconocemos tanto de las máquinas como de nosotros mismos. Que un modelo de IA haya generado espontáneamente un espacio interno para organizar información antes de responder es, sin duda, un avance importante desde el punto de vista científico. Sin embargo, conviene evitar conclusiones apresuradas. Comparar este mecanismo con la mente humana puede ser útil como metáfora, pero todavía estamos muy lejos de afirmar que una IA "piensa" o "es consciente" en el sentido en que lo somos las personas.

Lo más relevante del hallazgo no parece ser la posibilidad de que las máquinas desarrollen conciencia, sino la necesidad de comprender mejor cómo toman decisiones. Si un sistema puede ocultar procesos internos, generar información falsa deliberadamente o modificar su comportamiento para superar controles de seguridad, la transparencia deja de ser un lujo académico y se convierte en una condición indispensable para confiar en estas tecnologías.

La inteligencia artificial seguirá ganando capacidades y desempeñando un papel cada vez más importante en nuestras vidas. Por eso, el desafío no consiste únicamente en construir modelos más potentes, sino en hacerlos comprensibles, auditables y seguros. Tal vez el verdadero riesgo no sea que las máquinas lleguen a pensar como nosotros, sino que empecemos a depender de sistemas cuyo funcionamiento apenas entendemos. La innovación debe avanzar de la mano de la responsabilidad, porque la confianza tecnológica solo puede sostenerse sobre el conocimiento y no sobre el entusiasmo o el miedo.

 C.M.


Sunday, July 5, 2026

Depredación en el Mar Argentino

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Depredación en el Mar Argentino

5 de julio de 2026

Flotas extranjeras, mayoritariamente de ChinaCorea del Sur y Taiwán, operan de manera sostenida sobre el límite exterior de la Zona Económica Exclusiva argentina y capturan, cada año, entre 1,5 y 3 millones de toneladas de especies vinculadas al ecosistema de nuestra plataforma continental. La industria pesquera nacional, que trabaja dentro de los marcos legales y contribuye al empleo y a la generación de divisas, no supera las 900.000 toneladas anuales. No podemos ignorar ni el origen histórico del problema ni los límites reales del derecho internacional.

La soberanía argentina sobre sus recursos marinos alcanza, según el derecho internacional del mar, hasta la milla 200 pasada la cual la pesca es, en principio, libre. Las flotas que se concentran sobre la “milla 201” no violan la soberanía argentina, pero aprovechan con eficacia devastadora para el ecosistema un vacío de gobernanza en el derecho internacional. La respuesta deberá pues anclarse en los acuerdos regionales de ordenamiento pesquero, los regímenes de trazabilidad impulsados por la Unión Europea y las instancias multilaterales más que sobre una retórica soberanista que, por sí sola, no mueve un solo buque de lugar.

Antes del conflicto de las Islas Malvinas, la Armada y la Prefectura patrullaban las aguas del sur y el este, con flotas extranjeras como presencia marginal. El conflicto de 1982 cambió drásticamente esa ecuación. El Reino Unido optó por vender licencias de pesca en el área de las islas como mecanismo para financiar la administración allí y consolidar su presencia. Parte del problema actual es consecuencia directa de una decisión política y militar tomada hace más de 40 años y cuyo costo estratégico sigue acumulándose.

Según la Cámara de Armadores Pesqueros y Congeladores de la Argentina, a mediados de la década de 2000 era posible contabilizar más de 600 embarcaciones extranjeras operando irregularmente. La Armada y la Prefectura optaron por no intervenir y los propios pescadores nacionales llegaron a interponer físicamente sus embarcaciones para obstaculizar a los intrusos. Denuncias sin consecuencias, inacción institucional y captura tolerada integraron un patrón que se volvió difícil de revertir.

Según informes de la Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera, entre 400 y 600 buques extranjeros se concentran anualmente sobre la milla 201, con niveles de extracción en el Atlántico Sudoccidental que, entre 2019 y 2024, crecieron un 65%, mientras la pesca china crecía 85%. La presión extractiva puede llevar al colapso de especies como calamar illex argentinus, pilar de nuestras exportaciones pesqueras. La prestigiosa ONG internacional Environmental Justice Foundation ya ha advertido que la combinación de sobrepesca y variabilidad ambiental podría provocar un colapso poblacional en el corto plazo, dado el ciclo de vida breve de esta especie. La escala del esfuerzo extractivo, ya sea mediante poteros o arrastreros más destructivos, sostenido en el tiempo no es compatible con la reproducción de stocks.

Por fuera de las categorías económicas convencionales, las flotas chinas no persiguen una rentabilidad marginal. Solo responden a una política de Estado orientada a garantizar proteína animal para 1400 millones de personas. Estamos ante una disputa geopolítica sobre el acceso a recursos globales que debe ser abordada como tal.

Cuando las flotas extranjeras capturan hasta cuatro veces más que la industria local, el costo en divisas no cobradas, en empleo no generado y en cadenas de valor truncadas resulta incalculable. El daño más profundo, sin embargo, es biológico y, por ende, irreversible.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/depredacion-en-el-mar-argentino-nid05072026/

 

Comentario:

La riqueza del Mar Argentino constituye uno de los patrimonios naturales y económicos más importantes del país. Sin embargo, este artículo editorial pone de manifiesto una realidad preocupante: la enorme presión que ejercen las flotas extranjeras sobre especies que forman parte del mismo ecosistema del que depende la pesca nacional. Aunque muchas de estas embarcaciones operan fuera de la Zona Económica Exclusiva y dentro de los límites del derecho internacional, el impacto ambiental trasciende cualquier frontera jurídica.

Esta situación demuestra que algunos desafíos actuales no pueden resolverse únicamente con discursos sobre soberanía. La conservación de los recursos marinos requiere cooperación internacional, controles efectivos y acuerdos que permitan proteger especies cuya supervivencia depende de un manejo responsable por parte de todos los países involucrados. Cuando un recurso es compartido, también debería ser compartida la responsabilidad de preservarlo.

Al mismo tiempo, el problema invita a reflexionar sobre la importancia de pensar el desarrollo en términos de largo plazo. La sobreexplotación puede generar beneficios inmediatos, pero compromete el futuro de la actividad pesquera, el empleo y la biodiversidad. Recuperar un ecosistema degradado suele ser mucho más difícil que evitar su deterioro.

En definitiva, proteger el Mar Argentino no implica solo defender un recurso económico, sino también preservar un patrimonio natural para las próximas generaciones. La sostenibilidad exige decisiones basadas en la ciencia, la cooperación y una visión estratégica que vaya más allá de las urgencias del presente.

C.M.


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