Ley de
Compensación Futbolera
Tal vez la gloria futbolística
de la Argentina sea una compensación por la catástrofe política en la que
vivimos desde hace décadas.
Por Alejandro Borensztein
Messi. Dios nos compensó con la gloria eterna. REUTERS
Antes que nada,
destaquemos la buena noticia de esta semana que quedó sepultada bajo la euforia
mundialista: Javi presentó una reforma de la carta orgánica del Banco Central y cambió su propuesta original.
Afuera con la idea de cerrarlo, incendiarlo o dinamitarlo como tantas veces
prometió durante la campaña electoral. Gracias a Dios, aquel compromiso no se
va a cumplir.
El temor de que pudieran
colocar cargas de trotyl, lanzar drones, misiles o algún otro
procedimiento de destrucción masiva quedó descartado. Excelente
noticia para todos los empleados del banco, para el edificio mismo, los
linderos y los vecinos. Se salva toda la calle Reconquista entre Corrientes y
Bartolomé Mitre. También zafan el Banco Hipotecario, obra maestra de Clorindo
Testa, que está casi enfrente del BCRA, la Universidad Tecnológica y el ITBA
que están a la vuelta. Respiran los bomberos, el SAME y el Doctor Crescenti.
Evidentemente tenían
razón los econochantas cuando decían que no era necesario hacer tanto quilombo
para frenar la emisión monetaria. En cualquier caso, es una gran medida del
gobierno. Tal vez la mejor de este primer mandato. Ojalá este cambio de Milei
sirva también para calmar a los que dicen que el presidente está más loco que
un plumero.
Dicho esto, vamos a lo
importante. En realidad, a lo único importante.
Al hermano de la novia
del hermano de mi novia le sobraba una entrada. Por razones que con el tiempo
olvidé, me la dieron a mí. Así fue como en 1978 pude entrar al Monumental y
ver la final entre Argentina y Holanda. Fue la única vez que
estuve en un partido mundialista. Nunca antes y nunca después.
Me tocó platea baja,
detrás del arco en el que Kempes hizo los dos goles, Naninga el empate parcial de
Holanda y Dios nos salvó en el minuto 90 cuando hizo que el pelotazo de
Rensenbrink pegara en el palo.
Del hermano de la novia
del hermano de mi novia no recuerdo ni siquiera el nombre. De hecho, nunca más
me lo cruce en la vida, dicho esto con todo respeto, cariño y agradecimiento
por aquel ticket. Nos abrazamos como pocas veces uno se abraza con alguien. Era
la primera vez que Argentina ganaba un título mundial, algo que siempre nos
había quedado lejísimo.
Considerando que para
tener noción de lo que significa ganar un mundial necesitás al menos tener 10
años de vida, lo que a partir de esa tarde le pasó a mi generación es único en
la historia del mundo. Vimos los tres mundiales que ganamos y, contando
la de hoy, seis de la siete finales que jugamos.
Por suerte no vi la de
1930, digo por suerte porque si la hubiese visto ya tendría más de 100 años. O
ya habría pasado a la inmortalidad. Puesto a elegir, prefiero no haberla visto
y ser todavía un pibe.
Teniendo en cuenta todo
esto, solo un brasileño con casi 80 años o un alemán con 90 vió más que
nosotros. Cuando digo nosotros me refiero a la generación argentina +
50 o +55. Bueno, digamos los +60 y cerramos ahí.
Por si alguno no se
acuerda, vivimos los triunfos de 1978, 1986 y 2022. Y las finales
perdidas de 1990 y 2014. Y encima lo de hoy. Un montón. Como si esto fuera
poco, nos tocaron los dos más grandes de la historia, por lejos: Messi y Diego.
¿Por qué será? Salvo
para los creyentes o los amantes de la suerte, la única respuesta posible es
que se trata de un fenómeno científico: la llamada Ley de Compensación
Futbolera. La Argentina es la demostración de la hipótesis. Veamos.
El siguiente párrafo ya
fue escrito alguna vez en esta página pero sigue siendo válido:
“Mi generación arrancó
con los crímenes de Firmenich y López Rega en medio de aquella locura que el
peronismo denominaba 'Isabel conducción' y que duró el tiempo justo y necesario
como para incubar la peor oscuridad de nuestra historia: el Proceso Militar, el
terror y finalmente la aventura de Malvinas, cuyo trágico final habilitó una
breve oportunidad de ilusionarnos y luego desilusionarnos con Alfonsín, para
después atravesar una desopilante década peronista llamada 'menemismo' hasta
que llegó la Alianza, el corralito, los cinco presidentes en una semana, la
crisis que piloteó Duhalde con Remes y Lavagna, y que desembocó en el más
ignorante y autoritario despilfarro del que se tenga memoria: 'la década
ganada' con la actuación estelar de los Kirchner y su simpática banda de
malhechores que terminaron habilitando un blooper político conocido como 'Macri
presidente' cuyo fracaso le abrió la puerta al mayor cachivache institucional,
económico y social que se recuerda, ideado y liderado por Cristina, con la
invalorable colaboración de Alberto y Massa, lo cual no podía culminar en nada
más delirante que tener que elegir entre Massa y Milei, o sea entre el tipo que
terminó de destruir la economía argentina y el que prometía arreglarla
dinamitando el Banco Central cosa que, como vimos al principio, por suerte no
va a pasar”.
Un solo párrafo como
este, corrido y sin puntos, alcanza y sobra para sintetizar la vida
política de mi generación. Sin duda, una vida de mierda. Debe ser por eso
que Dios nos compensó con la gloria eterna en el fútbol, pensarán
muchos.
O por la
inapelable Ley de Compensación: la gloria futbolística es
directamente proporcional a la tragedia política. Para decirlo de otro modo,
cuanto mayor es el desastre que hace la dirigencia de un país, mayores son los
éxitos futboleros.
A cada locura de los
militares le correspondió la guapeza y la fuerza de Kempes y Passarella, o sea
la primera gran alegría.
A cada híper de Alfonsín
y Menem y a cada disparate judicial de la década menemista le calzó la llegada
del Diego.
A la locura de los
Kirchner, sus bolsos y vestidores llenos de guita le correspondió un alucinante
Messi de fuerza igual y contraria. Tal vez alguno de los goles de Di María se
lo debamos a Boudou o a Alberto. De ser así, para algo habrán servido estos dos
inútiles.
Quien te dice, el
derechazo de Enzo en la semifinal se lo debemos a Adorni, a las
jubiladas y a la escribana. Nunca se sabe.
Los españoles también
tienen su historia. Franco gobernó en dictadura durante 40 años pero
curiosamente durante esas cuatro décadas nunca pasaron de cuartos. Tuvieron que
esperar hasta el 2010 para mojar la medialuna por primera vez. Debe ser
que la ley tiene algún efecto retroactivo.
De todos modos, para
cumplir la Ley de Compensación y alcanzar la gloria futbolera hace falta un
nivel de desastre político que, con todo respeto por los españoles, todavía
ellos no están ni cerca de lograrlo.
Este domingo nos veremos
en Nueva York. Tienen un equipazo y un Lamine Yamal que, con 19 años,
ya parece haber jugado cinco mundiales. Le ganaron a los franceses con
baile y todo. Se merecen estar donde están.
Pero ellos no acumularon
50 años de fracasos y frustraciones que las fuerzas del Universo todavía deben
compensar. Nosotros sí. La deuda cósmica y las fuerzas de la física
están de nuestro lado.
Desde la tarde en que vi
a Rensenbrink estrellar la pelota en el palo derecho de Fillol hasta hoy, nos
han quebrado una y otra vez como ningún manual de ciencia política pudo
anticipar.
Quizás por eso estamos
otra vez en la final. Con Messi y con el mejor
equipo de la historia. Nos lo merecemos. Que sea.
En cualquier caso, la
leyenda continúa.
Fuente: https://www.clarin.com/opinion/ley-compensacion-futbolera_(Editado)
Comentario:
El
artículo propone, con una ironía tan aguda como resignada, una teoría que bien
podría aspirar a convertirse en disciplina universitaria: la Ley de Compensación Futbolera.
Según este principio, cada crisis política argentina genera, tarde o temprano,
un gol memorable, una copa levantada o un nuevo héroe vestido de celeste y
blanco. Si la economía se derrumba, tranquilos: seguramente aparecerá un Messi.
Si la dirigencia se supera en torpezas, el universo responderá con una atajada
imposible o un zurdazo al ángulo.
La
idea provoca una sonrisa porque juega con una verdad incómoda: muchas veces el
fútbol ha funcionado como un refugio emocional frente a las frustraciones
colectivas. Sin embargo, también deja una pregunta inquietante. ¿No estaremos
aceptando con demasiada facilidad que las alegrías deportivas compensen los
fracasos institucionales? Sería un pésimo negocio cambiar estabilidad,
educación o justicia por una copa cada veinte años, aunque esa copa nos haga
llorar de felicidad.
Quizás la verdadera
compensación no deba venir del destino, de la física cuántica ni de una
misteriosa deuda cósmica, sino de ciudadanos que exijan la misma excelencia a
sus dirigentes que la que celebran en la cancha. Porque si seguimos aplicando
esta ley al pie de la letra, habrá que empezar a preocuparse: cada campeonato
ganado podría anunciar que la próxima temporada política viene con prórroga,
penales... y déficit fiscal incluido.
C.M.