Monday, August 10, 2026

La alarmante declinación educativa argentina, por Martín Rafael López

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La alarmante declinación educativa argentina

Allí donde la educación se deteriora se afecta la cohesión de la sociedad en su totalidad y, en consecuencia, sus posibilidades de desarrollo

10 de agosto de 2026

 

 

Por Martín Rafael López

 

Hay crisis que se presentan de forma abrupta y son fáciles de identificar. Pero hay otras que avanzan en silencio, erosionando lentamente los cimientos de una nación. La crisis educativa es una de ellas. No estalla ni logra posicionarse en el ideario de la sociedad como una crisis permanente, pero se profundiza día a día.

Este carácter sigiloso dificulta precisar su origen. En nuestro país, ya a fines de la década de 1990, Guillermo Jaim Etcheverry advertía sobre “la tragedia” del progresivo deterioro del sistema educativo argentino y sus consecuencias sociales. En una línea convergente, Mariano Narodowski ha señalado que la escuela argentina enfrenta una crisis tanto de sentido como de calidad, en la que los avances en términos de inclusión no siempre han estado acompañados por aprendizajes efectivos.

Allí donde la educación declina se afecta la cohesión de la sociedad en su totalidad y, en consecuencia, sus posibilidades de desarrollo. Ello se debe a que la educación trasciende el ámbito de una política pública específica para convertirse en una dimensión transversal del proyecto de país, pues de ella dependen tanto la formación de los recursos humanos que requiere el desarrollo nacional como la generación de capacidades estratégicas, la producción de conocimiento y la construcción de soberanía.

Un país que no forma a sus ciudadanos en pensamiento crítico, ciencia, tecnología y cultura queda inevitablemente subordinado a aquellos que sí lo hacen. La dependencia no se expresa sólo en términos económicos o militares, sino en la incapacidad de generar conocimiento propio, de innovar y de tomar decisiones autónomas en un mundo cada vez más interrelacionado y complejo. En pocas palabras: sin educación de calidad, la independencia formal se convierte en dependencia real.

Al mismo tiempo, la educación es desarrollo. No hay crecimiento sostenido ni desarrollo real sin un capital social sólido. Las economías que lideran el siglo XXI no son las que cuentan con más recursos naturales, sino las que han invertido de manera sistemática en la formación de su población. La productividad, la diversificación económica y la capacidad de insertarse en cadenas de valor globales dependen, en gran medida, de sistemas educativos robustos. Cuando estos fallan, el resultado suele ser un estancamiento prolongado, una economía primarizada y niveles crecientes de desigualdad.

Pero la educación también es protección. Protege frente a la pobreza estructural, la manipulación, la violencia y la exclusión. Una sociedad educada es más resiliente, más cohesionada y está mejor preparada para enfrentar crisis. Por el contrario, la degradación educativa expone a amplios sectores a la marginalidad, debilita el tejido social y amplifica tensiones latentes. Así, por ejemplo, la inseguridad -en sus múltiples dimensiones- encuentra en la crisis educativa un terreno fértil.

En este marco, el caso argentino presenta una particularidad: un proceso de “desdesarrollo” difícil de ignorar. Durante buena parte del siglo XX, el país exhibió indicadores educativos que lo posicionaban favorablemente en la región. La expansión de la educación pública, la alfabetización temprana y la fuerte valorización social del conocimiento constituyeron los pilares de un proyecto de movilidad social ascendente. Sin embargo, ese impulso inicial no logró sostenerse en el tiempo. La falta de continuidad en las políticas, la pérdida de calidad, la fragmentación del sistema y la creciente desigualdad educativa marcaron el inicio de un proceso sempiterno de declinación.

Los datos confirman con claridad este deterioro. Las evaluaciones del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) muestran que la Argentina se ubica por debajo de los estándares internacionales. En 2022, el país obtuvo alrededor de 378 puntos en matemática y 401 en lectura, muy por debajo del promedio de la OCDE. Más preocupante aún, resulta que la mayoría de los estudiantes no alcanza niveles mínimos en matemática ni en comprensión lectora.

Hoy, la crisis educativa se expresa en múltiples dimensiones: bajos niveles de aprendizaje, abandono escolar, deterioro de la formación docente y una desconexión creciente entre la educación y las demandas del mundo contemporáneo. No se trata sólo de un problema de recursos, sino de prioridades, de visión estratégica y de consenso social. La educación dejó de ser el eje ordenador del desarrollo para convertirse, en muchos casos, en una variable más de ajuste. Esta crisis también refleja una pérdida de orientación en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Educar implica avanzar desde el conocimiento hacia niveles superiores como la comprensión, la aplicación, el análisis, la síntesis y la evaluación. Sin embargo, estos objetivos han sido progresivamente desplazados.

Recuperar la evaluación objetiva (de alumnos y de docentes) resulta imprescindible no solo para diagnosticar el nivel alcanzado, sino también para reinstalar el incentivo al esfuerzo y la mejora continua. Reconocer la centralidad de la educación implica asumir que su recuperación debe ser una política de Estado sostenida en el tiempo. Requiere inversión, pero también reformas profundas, evaluación constante y un compromiso colectivo que trascienda coyunturas. Implica, sobre todo, entender que el futuro no se construye con improvisación, sino con planificación y conocimiento.

Este proceso exige, además, revalorizar la racionalidad como recurso central del poder humano: la capacidad de orientar medios hacia fines, evaluar costos y gestionar el tiempo. La búsqueda de la excelencia, junto con una administración eficiente del tiempo, debe volver a ocupar un lugar central en la formación. Al mismo tiempo, resulta necesario revertir la pérdida de hábitos fundamentales como la disciplina, la resiliencia y la tolerancia a la frustración, sin los cuales ningún proceso educativo logra sostenerse.

Porque lo que está en juego es mucho más que el rendimiento escolar. La educación define el posicionamiento de un país en el mundo: allí donde se fortalece, se abren oportunidades; donde se degrada, se consolidan limitaciones. Su degradación no solo impacta en la economía o la cohesión social, sino también en la formación de las nuevas generaciones de decisores políticos, en la capacidad de sostener políticas de largo plazo y en la defensa de causas nacionales.

 

La dificultad para construir consensos en torno a cómo proceder para la reivindicación y defensa de cuestiones estratégicas (como la soberanía territorial, la protección de la infraestructura crítica o la definición de objetivos de interés nacional) da cuenta de una carencia más profunda: la pérdida de una cultura cívica y estratégica que otrora formó parte del horizonte educativo.

En este contexto, resulta indispensable recuperar la transmisión de valores que históricamente definieron el ethos argentino, sostenidos tanto en el ejemplo docente como en el compromiso indelegable de las familias. Esto implica también restituir al aprendizaje su lugar central dentro de la escuela. La Argentina enfrenta el desafío de revertir una tendencia que compromete seriamente su lugar en el siglo XXI. La tragedia educativa no fue solo un diagnóstico, sino que fue -y continúa siendo- una advertencia que relativizamos.

La educación es, en esencia, poder nacional. Potencia la calidad, la eficacia y la resiliencia de una sociedad; optimiza el uso de los recursos, fortalece la economía y amplía las capacidades de desarrollo y proyección estratégica. Educar es generar conocimiento; el conocimiento es capacidad; y la capacidad, poder para transformar la realidad en favor del interés nacional.

Es tiempo de sincerarnos, actuar en consecuencia y exigir una emergencia educativa como política de Estado. Porque sin educación no hay soberanía, desarrollo, ni futuro. En las aulas comienza la defensa de la Nación y la transmisión de los valores que sostienen su libertad y unidad. Y como todo recurso estratégico, la educación nunca es neutral: allí donde se debilita, otros consolidan su ventaja.

 

Martín Rafael López

Profesor de Relaciones Internacionales (UCALP). Especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP). Asuntos Transnacionales (FPHV).

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-alarmante-declinacion-educativa-argentina-nid10082026/(Editado)

Comentario:

El presente texto plantea una afirmación difícil de ignorar: la crisis educativa argentina no es un fenómeno reciente ni repentino, sino el resultado de un deterioro progresivo que durante décadas no ha recibido la atención que merece. Su carácter silencioso puede ser, precisamente, uno de sus aspectos más peligrosos. Mientras otras crisis generan respuestas inmediatas, la pérdida de calidad educativa se manifiesta gradualmente y sus consecuencias suelen hacerse visibles cuando resulta mucho más difícil revertirlas.

Uno de los argumentos más relevantes de este artículo es que la educación no puede considerarse simplemente una política pública más. Constituye una condición necesaria para el desarrollo económico, la cohesión social y la autonomía de un país. Una sociedad que no desarrolla capacidades científicas, tecnológicas y de pensamiento crítico corre el riesgo de depender permanentemente del conocimiento y de las decisiones producidas en otros lugares.

Sin embargo, atribuir la crisis exclusivamente a la falta de recursos sería insuficiente. El problema parece estar también relacionado con la ausencia de políticas educativas sostenidas, la falta de evaluación sistemática, la formación docente y la pérdida de ciertos hábitos vinculados con el esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad. Invertir más es necesario, pero no garantiza por sí mismo mejores resultados.

En este sentido, recuperar la educación requiere mucho más que una reforma puntual. Hace falta construir un consenso social y político que permita establecer objetivos de largo plazo y sostenerlos más allá de los cambios de gobierno. La educación debería dejar de ser una cuestión secundaria o coyuntural y convertirse nuevamente en una verdadera política de Estado.

Clara Moras.


Wednesday, August 5, 2026

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Wednesday, July 29, 2026

Aprender un nuevo idioma es bueno para el cerebro, por Richard Sima-The Washington Post

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Aprender un nuevo idioma es bueno para el cerebro

Los investigadores descubrieron que ser multilingüe puede retrasar los diagnósticos de demencia y que los cerebros de las personas que hablaban dos o tres idiomas parecían seis años más jóvenes.

28 de Julio de 2026

 Por Richard Sima

The Washington Post

WASHINGTON.- Aprender un nuevo idioma es bueno para su cerebro. Ser capaz de hablar y entender otra lengua ofrece una forma de estimulación mental, la cual mantiene el cerebro activo y agudo a medida que envejecemos. De hecho, los investigadores descubrieron que ser multilingüe puede retrasar los diagnósticos de demencia y ralentizar la velocidad a la que envejece el cerebro.

A diferencia, por ejemplo, de la música, que alguien puede practicar unas pocas horas al día, la estimulación mental proveniente del lenguaje es “intensa y constante”, señaló Ellen Bialystok, distinguida profesora investigadora emérita de psicología en la Universidad de York, en Canadá, quien estudió los efectos de los idiomas en el cerebro durante más de cinco décadas.

Conocer más de un idioma —y practicarlo a menudo— es similar a entrenar constantemente la fuerza de su cerebro. Ser multilingüe cambia cómo funciona su cerebro y cómo está estructurado. “Si usted utiliza constantemente su cerebro para desafíos difíciles, atractivos y estimulantes, su cerebro será más saludable —dijo Bialystok—. Aprender un idioma es difícil, y eso hace que valga la pena”.

Cómo los idiomas cambian el cerebro

Si usted conoce varios idiomas, su cerebro los tiene “encendidos” todo el tiempo, incluso cuando no los está hablando. Para las personas que son bilingües, existen áreas corticales en la red lingüística del cerebro que responden a ambos idiomas. Pero, dentro de esa gran área, hay regiones específicas que responden a un solo idioma, explicó Lucía Amoruso, subdirectora científica y líder del grupo de neurobiología del lenguaje en el Basque Center on Cognition, Brain and Language, en España.

Mientras usted habla o escucha en un idioma, “el otro idioma también está activo en su cerebro. No está durmiendo”, dijo Amoruso, quien señaló que necesitaba suprimir el español, su lengua materna, mientras respondía en inglés. (Amoruso también habla francés e italiano por haber vivido en diferentes países europeos a lo largo de su carrera).

Como resultado, los cerebros multilingües están monitoreando constantemente lo que escuchan y dicen, evaluando los idiomas que conocen.

“No existe un interruptor de idiomas”, afirmó Bialystok. Es por eso que las personas que hablan varios idiomas pueden ser mejores controlando su atención, enfocándose en lo que es relevante e ignorando información distractora, según muestra la investigación.

Este monitoreo ocurre muy temprano en la vida. Los bebés de siete meses que crecen en hogares bilingües ya pueden notar cuándo cambian los idiomas. También tienen un mejor desempeño en ciertas pruebas de atención que los bebés que viven en hogares monolingües.

El desafío constante de prestar atención, distinguir y decidir qué idioma usar —y cuál no— parece entrenar al cerebro, construyendo más resiliencia.

“Usted obtiene un cerebro que estuvo expuesto a este entorno lingüístico más complejo y desarrolla los recursos atencionales o lo que sea necesario para hacer frente”, dijo Bialystok. “Y así, a medida que la vida continúa y ocurren cosas en el cerebro, este es más resiliente”.

Un cerebro más eficiente

En un estudio, Bialystok y sus colegas utilizaron electroencefalogramas (EEG) para medir la actividad eléctrica cerebral en personas que hablan dos idiomas en comparación con aquellas que hablan uno. Descubrieron que las personas bilingües tenían, en general, menos actividad en reposo, pero más enfocada.

Otras investigaciones encuentran un patrón similar cuando a las personas multilingües se les realizan pruebas de atención simples: tenían menos activación cerebral en comparación con las personas monolingües que realizaban las mismas tareas, lo que sugiere que conocer más idiomas hacía que sus cerebros fueran más eficientes.

 La actividad electrofisiológica en los cerebros de los bilingües es menos activa, menos molesta. Es más fácil. No tiene que esforzarse tanto para llegar al mismo nivel. Así que hay algo en esto que habla de eficiencia”, dijo Bialystok.

Una mayor eficiencia cerebral —una mejora en la funcionalidad— es importante en el envejecimiento, especialmente si existen cambios patológicos que pueden causar afecciones como la enfermedad de Alzheimer. Un cerebro más eficiente podría seguir funcionando por más tiempo a pesar de las ralentizaciones que vienen con la edad o la enfermedad, señaló.

Al mismo tiempo, conocer otro idioma parece mantener las diferentes redes cerebrales distintas y especializadas. Estas redes están formadas por diferentes regiones cerebrales estrechamente conectadas que trabajan juntas en ciertas funciones. Con el envejecimiento, “los límites entre sus redes cerebrales comienzan a desdibujarse”, dijo Amoruso.

Puede haber un mecanismo en el multilingüismo que mantiene su red cerebral segregada, dijo. “Es una forma de luchar contra el deterioro cognitivo que está presente y es normal en el envejecimiento”.

Cerebros que parecen “más jóvenes”

Los investigadores tenían evidencia de que hablar más de un idioma puede hacer que su cerebro sea más eficiente. ¿Pero podría también hacerlo más joven?

Para averiguarlo, Amoruso y sus colegas entrenaron modelos de aprendizaje automático con imágenes y datos biológicos de más de 86.000 personas.

En el estudio, publicado el año pasado en Nature Aging, descubrieron que, en 27 países europeos, los estados con más idiomas hablados estaban asociados con un envejecimiento cerebral más lento. Hubo una relación dosis-respuesta, lo que significa que “cuantos más idiomas habla, más fuerte es la protección o más juvenil parece su perfil neurocognitivo”, dijo Amoruso.

Hablar solo un idioma, por otro lado, estaba relacionado con aproximadamente el doble de riesgo de envejecimiento acelerado.

Sin embargo, esta investigación analizó diferencias entre países, no entre personas. Por lo tanto, en un estudio de seguimiento, Amoruso y sus colegas crearon relojes de edad cerebral utilizando datos de actividad eléctrica cerebral de 728 personas. La investigación, presentada recientemente en la conferencia de la Federación de Sociedades Europeas de Neurociencia pero aún no revisada por pares, encontró que las personas que hablaban dos o tres idiomas tenían cerebros que parecían seis años más jóvenesAquellos que hablaban cuatro tenían cerebros que parecían 13 años más jóvenes.

Curiosamente, cuanto más similares son los idiomas que alguien conoce, mayor es la protección cerebral que obtiene, potencialmente porque el cerebro necesita trabajar más para distinguir y cambiar entre ellos, dijo Amoruso.

El vínculo entre los idiomas y la demencia

Conocer más idiomas parece aumentar la reserva cognitiva, que es la capacidad del cerebro para adaptarse y compensar a pesar de los cambios biológicos relacionados con la edad o la enfermedad.

Las personas que son bilingües tienen diagnósticos de demencia más retrasados en comparación con las personas que hablan un solo idioma y son capaces de funcionar por más tiempo incluso si tienen patología avanzada de Alzheimer, muestra la investigación.

“Usted obtiene como cuatro o cinco años en los que es funcional. Su cerebro parece un cerebro con Alzheimer, pero clínicamente no está interfiriendo con su funcionalidad”, dijo Bialystok, quien escribió una revisión en 2021 sobre cómo el bilingüismo contribuye a una mayor reserva cognitiva.

Cómo aprender un nuevo idioma

Aprender un nuevo idioma tiene muchos beneficios además de los cognitivos, incluso si usted no llega a hablarlo con fluidez.

“Le permite hablar con personas con las que quizás no hubiera podido hablar, o viajar a lugares a los que podría haber sido reacio”, dijo Bialystok. “Así que es una experiencia de apertura, no una experiencia de cierre”.

Tampoco nunca es demasiado tarde para empezar. Algunas investigaciones sugieren que aprender idiomas más adelante en la vida puede mejorar la memoria y la flexibilidad cognitiva.

El nivel de impulso cognitivo va de la mano con el trabajo que usted le dedica. “Mi opinión es que cuanto más tiempo, mejor; cuanto más intenso, mejor”, dijo Bialystok. “Cuanto más competente, mejor”.

No existe un enfoque único para el aprendizaje de idiomas. Usted puede estudiar de manera más formal en una clase o a través de una aplicación, como Duolingo o Rosetta Stone. Sitios web como Italki y Verbling pueden ayudar a conectarlo con tutores en línea. Estas lecciones pueden ir acompañadas de ver programas o escuchar música en ese idioma, lo que le ayudará a estar más familiarizado con los sonidos.

Pero la clave del idioma es usarlo, dijo Bialystok en un correo electrónico. “Creo que un enfoque que incluya un componente de conversación, especialmente interacciones con un hablante nativo, es el más efectivo”.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/esta-habilidad-puede-mantener-su-cerebro-mas-joven-aqui-le-explicamos-como-aprenderla-nid28072026/ (Editado)

Comentario:

El presente artículo invita a repensar el aprendizaje de idiomas desde una perspectiva mucho más amplia que la simple adquisición de una habilidad comunicativa. Durante años se consideró que aprender otra lengua era útil para viajar o mejorar las oportunidades laborales. Sin embargo, las investigaciones citadas muestran que sus beneficios alcanzan un nivel mucho más profundo: el cuidado de la salud cerebral.

Resulta especialmente interesante que el cerebro bilingüe permanezca en un estado constante de entrenamiento. El hecho de alternar entre idiomas, seleccionar palabras y bloquear interferencias fortalece funciones como la atención, la memoria y la capacidad de adaptación. En una sociedad donde el envejecimiento de la población y las enfermedades neurodegenerativas representan un desafío creciente, descubrir que el aprendizaje de idiomas puede retrasar el deterioro cognitivo es una noticia alentadora.

No obstante, el artículo también deja una enseñanza más humana. Aprender una lengua no consiste únicamente en memorizar reglas gramaticales o ampliar el vocabulario; significa acercarse a otras culturas, comprender distintas maneras de pensar y establecer vínculos con personas que antes nos resultaban lejanas. Cada idioma abre una nueva ventana al mundo y, al mismo tiempo, amplía nuestra forma de entender la realidad.

Quizás el mayor mensaje sea que nunca es tarde para empezar. Más allá de alcanzar o no la fluidez, cada conversación, cada lectura y cada esfuerzo representan una inversión en nuestro futuro intelectual. Aprender un idioma no solo nos permite comunicarnos mejor; también nos ayuda a conservar una mente activa, flexible y curiosa durante toda la vida.

Clara Moras.


Monday, July 27, 2026

Un estudio científico abre la puerta a soluciones terapéuticas para enfermedades asociadas a la edad, por K. R. Callaway- The New York Times

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Un estudio científico abre la puerta a soluciones terapéuticas para enfermedades asociadas a la edad

Los investigadores idearon una enzima que revierte la acumulación de compuestos que conducen a algunas patologías en la vejez

26 de julio de 2026

NUEVA YORK.– El mismo proceso químico que vuelve dorado y marrón un pastel al hornearse trabaja en el envejecimiento de las células del cuerpo humano. Durante décadas, los tejidos, horneándose constantemente a 37 grados Celsius, acumulan lentamente compuestos llamados productos finales de glicación avanzada –o AGE por sus siglas en inglés– a medida que los azúcares interactúan con las proteínas y las grasas en el torrente sanguíneo. La acumulación de AGE es un sello distintivo del proceso de envejecimiento, haciendo que tejidos como el colágeno se vuelvan pegajosos y rígidos y causando una inflamación que puede derivar en enfermedades cardíacas, daños oculares, enfermedades renales y diabetes.

Los investigadores intentaron sin éxito desarrollar medicamentos que puedan evitar la formación de productos AGE. Pero un nuevo estudio, publicado el 16 de julio en la revista Nature Communications, describe un enfoque diferente: los científicos crearon una enzima que limpia uno de los AGE más comunes del tejido humano, ayudando a retroceder el reloj incluso después de que los compuestos del envejecimiento se hayan asentado en el cuerpo. Esta limpieza puede colaborar en la reparación tisular y tiene el potencial de permitir que las células actúen como si fueran más jóvenes.

“Es un pequeño paso en esta dirección más amplia, porque el envejecimiento es muy complicado”, dijo Aaron Cravens, fundador y director ejecutivo de Revel Pharmaceuticals, que desarrolló la nueva enzima, y autor principal del estudio. “Creo que es la primera vez que alguien demostró a nivel estructural que realmente se pueden revertir algunos de estos cambios”, continuó.

Muchos esfuerzos para desarrollar tratamientos para aspectos del envejecimiento se centraron en las células, que pierden gradualmente la capacidad de repararse a sí mismas y dividirse correctamente. Se prestó menos atención al envejecimiento de las estructuras tisulares de vida más larga, como el colágeno, que tiene una vida media de unos 15 años.

Los científicos fueron conscientes de los productos finales de glicación avanzada y su papel en el envejecimiento durante décadas. “Se acumulan en las proteínas de los tejidos como el óxido”, sostuvo John Baynes, un bioquímico jubilado que no participó en el estudio, pero que dedicó su carrera a investigar los AGE en la Facultad de Medicina Floyd de la Universidad de Carolina del Sur.

Pero los investigadores no tuvieron “absolutamente ningún éxito” al intentar crear fármacos para inhibir las reacciones químicas que producen los AGE, señaló.

El nuevo hallazgo fue “una especie de proeza de las técnicas bioquímicas y de biología molecular modernas –añadió Baynes–. Demostrar que esa maldita cosa funcionaba en proteínas reales aisladas de tejido real es un trabajo realmente excelente”.

Hipótesis

El estudio de Cravens y sus colegas comenzó con una hipótesis: dado que todo tejido humano puede reciclarse en la biosfera después de la muerte, debe haber una forma natural de disolver estos compuestos, a pesar de que son extremadamente duraderos. Para identificar ese proceso, buscaron en las enzimas dentro de los microbios los agentes de la descomposición.

El equipo utilizó un software de inteligencia artificial para analizar las secuencias de ADN de más de 50.000 microbios y calcular las estructuras enzimáticas que crearía cada código genético. Luego, redujeron los resultados a varios candidatos que parecían capaces de escindir los AGE del tejido humano.

Finalmente encontraron uno y luego lo diseñaron para que fuera más eficiente en su tarea. Después de varios ciclos de evolución dirigida, la enzima novedosa, llamada CMLase, se volvió muy buena eliminando los AGE de las muestras de tejido humano.

“En el caso más extremo, tomamos piel humana de 70 años y devolvimos los niveles a los de una persona de 30 años”, ejemplificó Cravens.

Los investigadores planean comenzar a probar su enzima para el tratamiento de enfermedades oculares, incluidas varias asociadas con la diabetes, que se desarrollan cuando los AGE se acumulan en los tejidos de la retina y el cristalino. En teoría, apuntó Cravens, la CMLase podría aplicarse periódicamente o incluso una sola vez para eliminar la acumulación inflamatoria que subyace a estas afecciones.

“Estaba bastante emocionado con este artículo”, afirmó Michael C. Jewett, un bioingeniero de la Universidad de Stanford que no participó en el estudio. “Todavía no es una solución clínica, pero esta prueba de concepto abre la puerta a posibles nuevas soluciones terapéuticas para la longevidad”, añadió.

Si el enfoque funciona en un entorno clínico, tiene el potencial de aplicarse a muchas afecciones relacionadas con los AGE, por ejemplo, mejorando la elasticidad del colágeno en la piel o restaurando la función renal o cardiovascular.

“Este estudio fue una clase magistral sobre cómo diseñar una enzima –dijo Jewett–. Creo que hay un potencial tremendo e inexplorado en esta clase de proteínas para abordar numerosas enfermedades humanas”.

Por K. R. Callaway-The New York Times

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/potencial-tremendo-un-estudio-cientifico-abre-la-puerta-a-soluciones-terapeuticas-para-enfermedades-nid26072026/ (Editado)

 

Comentario:

El avance científico presentado en este artículo invita a mirar el envejecimiento desde una perspectiva esperanzadora. Durante mucho tiempo se consideró que el deterioro de los tejidos era un proceso inevitable e irreversible. Sin embargo, el desarrollo de una enzima capaz de eliminar algunos de los compuestos asociados al envejecimiento demuestra que la ciencia continúa ampliando los límites de lo que parecía imposible.

Más allá de la posibilidad de retrasar el paso del tiempo, el verdadero valor de esta investigación reside en su potencial para mejorar la calidad de vida de millones de personas. Enfermedades como la diabetes, los problemas cardiovasculares o el deterioro de la visión afectan profundamente la autonomía y el bienestar de quienes las padecen. Si estos descubrimientos logran traducirse en tratamientos seguros y eficaces, podrían representar un cambio significativo en la medicina preventiva y regenerativa.

Al mismo tiempo, el artículo transmite un mensaje de prudencia. Los propios investigadores reconocen que se trata de un primer paso y que el envejecimiento es un fenómeno extremadamente complejo. La historia de la ciencia demuestra que los grandes avances suelen construirse a partir de pequeños descubrimientos que, con el tiempo, abren caminos insospechados.

Este trabajo también pone de manifiesto el enorme potencial de la inteligencia artificial como herramienta para acelerar la investigación biomédica. Cuando el conocimiento científico, la innovación tecnológica y la colaboración entre especialistas convergen, surgen oportunidades capaces de transformar la salud humana y ofrecer nuevas esperanzas para un envejecimiento más saludable y digno.

Clara Moras.


Sunday, July 26, 2026

Mentiras, paranoia y mala fama, por Joaquín Morales Solá

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Mentiras, paranoia y mala fama

 

26 de julio de 2026

 

 

Por Joaquín Morales Solá

 

La sociedad argentina no es racista ni xenófoba, pero es cierto que sus gobernantes se han esforzado en construirle una mala fama al país. También debe reconocerse que existe cierta inexplicable arrogancia de algunos argentinos, sobre todo cuando están en el exterior, aunque es una actitud más propia de los que viven en la Capital que de los que están en el interior. Tales precisiones vienen a cuento porque se habla más de lo que se prueba sobre una “campaña antiargentina” tras la derrota del seleccionado nacional frente a la selección de España en la final del campeonato mundial de fútbol. El equipo argentino tuvo un desempeño ejemplar durante todo el campeonato, pero ¿por qué no reconocer que la selección española jugó mejor que la argentina en el último y definitivo partido? ¿Por qué no se puede criticar que un par de jugadores argentinos y un miembro del equipo técnico hayan tenido una actitud agresiva y de malos perdedores cuando maltrataron físicamente a jugadores españoles? Existe también la hilarante teoría de que hubo una conspiración internacional para que la Argentina pierda ese partido y que, por eso, los futbolistas argentinos no jugaron como correspondía. ¿Esos conspiranoicos no perciben, acaso, que están sugiriendo que los futbolistas argentinos se prestaron a una maniobra contra su propio equipo? ¿No advierten que los están acusando de traición a los mismos deportistas que crearon en el país hasta poco antes un instante de felicidad colectiva y de unión nacional? ¿Por qué no explican la razón por la que la FIFA urdió una maniobra para que España ganara el campeonato y la Argentina lo perdiera, aunque su equipo sea el subcampeón del mundo después de haber sido el campeón durante cuatro años? Ningún medio periodístico serio se hizo eco de tales teorías, pero vivimos una época en la que las redes sociales se prestan para conformar ciertos antojos populares. Esa no es la función del periodismo, pero las nuevas tecnologías han creado una manera alternativa de observar la realidad, menos verdadera y más ficcional.

¿Cómo llamar racista o xenófobo a un país que recibió en los últimos años a 258.000 venezolanos, según la Dirección Nacional de Población, en solidaridad por el despotismo y la crisis que debían soportar en su país? ¿Cómo, cuando 100.000 colombianos se sumaron a la sociedad argentina en tiempos recientes? Solo se escuchan de todos ellos, ya sea un médico o un chofer de Uber, palabras de agradecimiento hacia una sociedad que nunca los discriminó. A ellos deben sumárseles 900.000 paraguayos, 700.000 bolivianos y 112.000 uruguayos, entre otras colectividades, como la peruana o la chilena. Esa buena recepción argentina al extranjero se respalda, tal vez, en la propia historia del país, porque las generaciones de la organización nacional (que promovieron la era más exitosa de todo el recorrido argentino) construyeron una sociedad de inmigrantes. “Los argentinos descienden de los barcos”, sentenció el incomparable escritor mexicano Carlos Fuentes, antes de morir prematuramente. Tenía razón. Unos 20 millones de argentinos descienden de españoles y otros tantos tiene raíces italianas. Significan el 80 por ciento de la sociedad argentina. La comunidad judía argentina es la más importante de América Latina y una de las más importantes del mundo. En la Argentina sucedió la primera experiencia de un diálogo interreligioso permanente, que aún existe, impulsado por el entonces cardenal Jorge Bergoglio; participan fundamentalmente las tres religiones monoteístas: la cristiana, la judía y la musulmana. Es verdad que no hay en el país muchos afrodescendientes; solo un 0,66 por ciento de la sociedad argentina se siente afrodescendiente o con antepasados africanos. Más allá de ciertos insultos esporádicos de algún argentino desubicado -desubicados hay en todo el mundo- la Argentina no registra un número preocupante de casos de discriminación. Seguramente es consecuencia de que aquí se eliminó la esclavitud en 1813, tres años más tarde de que se formara el primer gobierno nacional; se terminó entonces el inhumano negocio de la compraventa de esclavos en el país.

 

Quizás porque los argentinos padecieron demasiados fracasos políticos y económicos, son renuentes a aceptar nuevas derrotas, aunque sea solo en el final de un partido de fútbol y después de una excelente trayectoria de la mano de dos líderes deportivos excepcionales: el director técnico Lionel Scaloni y el indescriptible Lionel Messi, que se colocó por encima del mito humano y deportivo de Diego Maradona. Ni Scaloni ni Messi privilegiaron nunca la conspiración frente a la verdad más simple. El jugador Leandro Paredes, que fue uno de los que protagonizó la gresca final con algunos españoles, sintetizó esa verdad, implícitamente arrepentido de lo que hizo: “Ellos jugaron mejor que nosotros”, aceptó. La derrota final reflotó el resentimiento de argentinos que vivieron de frustración en frustración, luego de toda una vida con la ilusión de residir en algún momento en una Argentina convertida en una potencia mundial. Nunca lo fue. El único aspecto cuestionable de lo que pasó con la Argentina y el Mundial es el uso que hicieron la AFA y sus dueños, Claudio “Chiqui” Tapia y su cómplice Pablo Toviggino, tesorero de la millonaria organización del fútbol argentino, del talento de los futbolistas de la selección nacional. Tapia llegó al extremo de exhibir la seguridad de su impunidad delante de los periodistas y escudado por Messi, aunque sin el conocimiento previo de este. ¿Es natural que un país confíe más en la Justicia y en las investigaciones norteamericanas que en las pesquisas nacionales? No es natural ni normal. Pero las fechorías de los dirigentes de la AFA se entrelazaron aquí dentro de una madeja incomprensible dentro de un laberinto judicial. Una justicia que se demora más en discutir sobre competencias y jurisdicciones que en investigar las denuncias de corrupción deja de ser justicia. En síntesis, la selección argentina es exitosa (y también un ejemplo del trabajo de un equipo), pero Tapia y Toviggino -y los que resulten cómplices de ellos- deben responder ante la Justicia por denuncias sobre corruptelas que rondan los 400 millones de dólares. Ya no es soportable seguir mirando cómo la Justicia discute qué juez tiene que investigar la propiedad de un mega mansión en Pilar valuada en 20 millones de dólares, que está a nombre de un monotributista y de su madre, una mujer jubilada. El dueño real, según la versión más fiable, es Toviggino, quien se la prestaba a algunos encaramados jueces para que celebraran sus cumpleaños. Si fuera así, buena parte de los jueces federales deberían excusarse de seguir investigando a Tapia y Toviggino. Ellos estuvieron demasiado cerca del delito y no lo vieron. ¿O no lo quisieron ver?

La mala fama de la Argentina no es culpa de sus jugadores de fútbol ni de los argentinos en general; la culpa principal es de su dirigencia política que logró un país que se olvidó de las reglas, buenas o malas. No tiene reglas. La Argentina es históricamente, según el Ciadi, el tribunal arbitral del Banco Mundial, el país con más denuncias de empresas extranjeras, administradas por esa institución, por el incumplimiento de contratos o directamente por la ruptura de contratos. Para la Unctad, un organismo de las Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo de los países, la Argentina es el segundo país, después de Venezuela, en recibir denuncias de compañías extranjeras. La diferencia entre la Argentina y Venezuela es mínima: 67 denuncias contra el país del chavismo y 65 contra la nación del kirchnerismo. Sucede que la Unctad releva todos los arbitrajes internacionales de inversión, independientemente del lugar en el que se tramiten. El Ciadi, en cambio, hace la estadística según los casos que le cayeron solo a ese organismo.

 

La democracia argentina ha sido zigzagueante en materia económica y esa dinámica creó un concepto de país imprevisible, dudoso e inestable, que se extendió luego más allá de los sectores económicos y diplomáticos. El gobierno de Carlos Menem, pero sobre todo de su ministro Domingo Cavallo, estableció una política de garantías absolutas para los inversores extranjeros. El gobierno de Fernando de la Rúa respetó esos compromisos, pero su debilidad política lo convirtió en poco creíble para las compañías que arriesgaban sus dólares en el país. Lo peor estaba por suceder. El arribo del kirchnerismo significó la destrucción de todo lo que lo precedió, aunque el matrimonio Kirchner había apoyado al menemismo en su apogeo. Luego de doce años consecutivos de kirchnerismo, en 2015 llegó Mauricio Macri, quien aplicó también una política de respeto a los inversores, nacionales o extranjeros. Pero empresarios extranjeros (fundamentalmente españoles) le hicieron una advertencia no bien accedió: ellos esperarían que Macri ganara varias elecciones, la relección más que nada, para invertir en la Argentina. Estaban decepcionados (y desvalijados también muchos de ellos) con lo que había pasado entre Menem y los Kirchner, a pesar de que esos presidentes argentinos pertenecían a un mismo partido político. España fue el principal inversor extranjero en la Argentina durante la década del 90 y, por eso, fueron también sus empresas las que más juicios entablaron en el Ciadi. Algunas privatizaciones que beneficiaron a empresas españolas fueron realmente malas, como la de Aerolíneas Argentinas en manos de la empresa Marsans; su principal accionista, Gerardo Díaz Ferrán, terminó preso en España, aunque no por motivos vinculados con la empresa aeronáutica. Repsol se quedó con la mayoría accionaria de YPF, pero aceptó después la presión de los Kirchner para que le vendieran el 25 por ciento de la compañía a la familia Eskenazi, que pagó con sus propios dividendos. Los dividendos se los llevaron todos sus accionistas (también Repsol), la inversión cayó verticalmente y eso significó el vaciamiento de la principal empresa argentina. La verdad es completa o no es verdad. La historia de las transgresiones argentinas no concluyó ahí. La desconfianza de los empresarios extranjeros terminó dándoles la razón. Macri perdió la relección a manos de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner, que en 2019 regresó al poder. Nuevamente el peronismo kirchnerista rompió los contratos de Macri. El posterior arribo de Javier Milei reacomodó las cosas según las políticas de Cavallo y de Macri. Existen ahora algunas inversiones en energía, minería y agroindustria, pero muchos empresarios, extranjeros o nacionales, están esperando ver qué sucede con la suerte política del presidente libertario. “La relección debe ganarse en primera vuelta”, aseguran, con más anhelo que seguridad, cerca de Milei, y lo dicen después de mirar el mapa de las inversiones. Los Kirchner debieron pagar más de 428 millones de dólares en juicios perdidos en tribunales internacionales, además de los 10.000 millones de dólares, incluidos los plazos y los intereses, que el entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, arregló con Repsol por la confiscación de YPF, pero no con los Eskenazi. Esta última parte es la que terminó en Nueva York hace poco, cuando una Cámara de Apelaciones revocó una resolución de la jueza Loretta Preska que le ordenaba al país pagarle 16.000 millones de dólares al fondo Burford, a quien los Eskenazi le vendieron los derechos para litigar. Milei celebró ese día porque le sacaron de encima una deuda impagable. Fue el buen resultado de una estrategia que comenzó con el procurador del Tesoro en tiempos de Macri, Bernardo Saravia Frías, y concluyó con el actual procurador, Sebastián AmerioLa continuidad tiene su valor. A su vez, Macri pagó más de 870 millones de dólares por juicios también perdidos contra el país por las correrías del kirchnerismo. Aunque la orden que dio Milei es recuperar la confianza de los mercados internacionales, a los abogados del Estado, nucleados en la procuración del Tesoro, les será arduo explicar que ya no existe la lógica argentina de los incumplimientos, el litigio y el desaliento a la inversión. No hay peor campaña “antiargentina” que la que promueven los políticos argentinos. Ya es hora de que dejen tranquilos al fútbol y sus jugadores.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/mentiras-paranoia-y-mala-fama-nid26072026/(Editado)

 

Comentario:

Este artículo invita a distinguir entre dos planos que con frecuencia se confunden: la identidad de un pueblo y la conducta de quienes lo gobiernan. Comparto esa mirada porque resulta injusto atribuir a toda la sociedad argentina una reputación negativa construida, en gran parte, por décadas de malas decisiones políticas, corrupción e incumplimiento de las reglas. La imagen de un país no depende únicamente de sus ciudadanos, sino también de la credibilidad de sus instituciones.

También coincido con la crítica hacia las teorías conspirativas que surgieron tras la derrota de la selección. Reconocer que el rival fue superior no disminuye el mérito del recorrido realizado ni el orgullo por un equipo que volvió a unir a millones de argentinos. La madurez consiste en aceptar la derrota con la misma dignidad con la que se celebra una victoria.

El presente texto recuerda, además, que Argentina ha sido históricamente una nación abierta a la inmigración. Millones de personas encontraron aquí un lugar para vivir, trabajar y formar una familia, lo que contradice las simplificaciones que pretenden definir al país como racista o xenófobo. Sin negar que existan casos de discriminación, reducir toda una sociedad a esos episodios resulta tan injusto como inexacto.

La verdadera autocrítica debería dirigirse hacia una dirigencia que, durante años, debilitó la confianza en el país mediante la improvisación y el incumplimiento. Recuperar el prestigio internacional exige instituciones sólidas, reglas estables y dirigentes responsables. Esa transformación vale mucho más que cualquier campaña de imagen o cualquier triunfo deportivo.

Clara Moras.

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