Sunday, March 29, 2026

Zafamos, por Alejandro Borensztein

The following information is used for educational purposes only.


Zafamos

El affaire de YPF + Repsol + Kirchner + Eskenazi + Kicillof + Burford con final feliz (para nosotros)

Alejandro Borensztein

Antes que nada, dos reflexiones sobre este glorioso momento.

La primera es obvia: gran noticia para el país y para Manuel Adorni. Para el país porque nos ahorramos 18.000 palos verdes que, de todos modos, jamás íbamos a garpar porque no los tenemos. Y para Adorni porque la noticia lo sacó de la tapa de los diarios, al menos por un rato. Al ritmo que venía el despellejamiento público al que su impericia lo había expuesto, en cualquier momento este muchacho se nos moría en cámara.

La segunda, más que una reflexión, es un gesto de agradecimiento. A partir del lunes todas las cosas que se llaman “Néstor Kirchner” deberían pasar a llamarse Denny Chin o Sarah Merriam Robinson.

Para quienes no siguen el devenir político psiquiátrico de nuestro país, Chin y Robinson son los dos jueces de la Cámara de Apelaciones del Segundo Distrito de Nueva York que votaron a favor de la Argentina.

Hay un tercer juez que votó en contra. Se llama José Cabranes (suena a Café Cabrales) y es un portorriqueño de 85 años que alguna vez fue nominado para ser miembro de la Corte Suprema (la de allá). Ojo con este tipo que, si bien perdió la votación, es el que corta el bacalao en la Cámara.

Milei festejó el fallo declarando con su habitual estatura: “Tuvimos que venir a arreglar las cagadas del estúpido, imbécil e incompetente de Kicillof durante el segundo gobierno de la corrupta presidiaria Cristina Kirchner”. Lo de “incompetente” estuvo de más.

Esta frase del presidente va en línea con lo que ya había dicho alguna vez sobre el mismo tema. El 30 de junio de 2025 a las 3:56 PM tuiteó: “Yo avisé que el soviético era un pelotudo”. Visto en perspectiva, que estrella se perdió Gerardo Sofovich.

Más allá del griterío y la euforia que causó la noticia, cabe destacar un dato: es evidente que la relación de Milei con Donald Trump ayudó a que la Cámara de Apelaciones mire la causa con cariño hacia la Argentina y apure la salida del fallo.

Eso nos lleva a otra conclusión irrefutable: si en 2023 hubiesen ganado Massa, Cristina y Alberto, estableciendo el quinto gobierno kirchnerista asociado a Irán y Maduro, el fallo hubiera sido otro. Vengan de a uno.

Sabemos que a Massa y al resto del peronismo les molesta reconocer que la Jefa sigue siendo Cristina y que geopolíticamente siempre estuvieron del lado de Irán y Maduro, pero así son las cosas. En esta también vengan de a uno.

Por otro lado, cuando el gobierno se atribuye el mérito jurídico hace un poco de trampa. El estudio de abogados que nos defiende en EEUU siempre fue el mismo. Dicho sea de paso, entre lo que les garpó el gobierno de Cristina, el de Macri y el de Milei ya se llevaron más de 80 palos verdes. Esto lo dijo el procurador Amerio en el programa de Feinmann. Por ahora los abogados son los únicos que se hicieron ricos con Vaca Muerta.

Sin embargo, toda esta historia tiene su historia. Veamos.

No vamos a volver a contar que YPF era una empresa del Estado que fue privatizada por Menem con el apoyo público del entonces gobernador Kirchner. Está todo en Youtube. Buscar “Kirchner privatización YPF” y sale un recuerdo hermoso del aquel Néstor neoliberal y menemista.

Tampoco vamos a volver a mencionar que Parrilli fue el miembro informante del oficialismo en aquella privatización. Lo que no es cierto es que Menem haya dicho “manden al pelotudo ese a que explique el proyecto en la Cámara de Diputados”. Los apodos a Parrilli se los puso Cristina muchos años después. Además, Menem era más educado que la Señora 1111. Y mucho más inteligente: supo zafar de la tobillera.

Amigo lector, yo sé que hoy estamos un poco mal hablados. El manual de estilo de esta columna recomienda usar una sola mala palabra por nota. Hoy ya van cinco, pero todas citas de terceros.

Si alguien piensa que la privatización de YPF le generó algún cargo de conciencia a Néstor, Cristina, Parrilli o Alberto, se equivoca. Dos añitos antes estos cuatro jinetes del falso progresismo apoyaron los indultos a Videla y Massera. O sea que, para estos muchachos y esta muchacha, la privatización de YPF fue un detalle menor.

El lío grande empieza en 2007 cuando Néstor, como presidente, decide presionar a Repsol para que le venda el 25% del paquete accionario a alguna empresa argentina. Para asegurarse de que nadie le muerda el negocio, Kirchner eligió una empresa de confianza: el Grupo Petersen de su amigo Eskenazi. Ya los conocía desde 1998 cuando privatizó el Banco de Santa Cruz y se lo dió a ellos.

Sí, queridos amigos de La Cámpora: además de apoyar los indultos y la privatización de YPF, Néstor y Cristina también privatizaron el Banco Provincial de Santa Cruz. Tranquilo, ya pasó. No hace falta que se borren los tatuajes.

Dado que a los Eskenazi no les alcanzaba la guita, Kirchner le ordenó a Repsol vender las acciones y cobrarlas en cuotas pagaderas con los propios dividendos de la empresa. O sea, los Eskenazi compraron el 25% de YPF sin poner un mango. Eventualmente, por cuenta y orden.

Los de Repsol aceptaron felices porque, al obligarlos a repartir dividendos, ellos también podían llevarse su parte a España sin reinvertirla en YPF. Así fue como en poco tiempo nos quedamos sin gas y sin petróleo. Y ahí empezó la joda de la importación de gas

licuado y petróleo con el consiguiente beneficio de algunos que viven en las direcciones que aparecen en el Waze de Centeno.

Esta desinversión fue lo que motivó a Kicillof en 2012 a denunciar públicamente a Repsol. Se olvidó de mencionar que todo fue producto de lo que había organizado Néstor, el marido de Cristina, que por entonces era su Jefa. Ahora también lo sigue siendo, pero el tipo cree que no. Iluso.

Con la firmeza y el entusiasmo juvenil que da el hecho de no haber gestionado nunca nada, Kicillof decidió expropiar YPF.

O sea, primero nosotros privatizamos YPF, después nosotros armamos un sistema para quedarnos con una parte de la compañía, después la expropiamos por el vaciamiento que nosotros mismos provocamos y todo esto los hicimos tan mal que la justicia norteamericana casi manda al país a la quiebra.

Cuando decimos “nosotros” queremos decir “nosotros los peronistas” porque, como bien decía el General, peronistas somos todos. Algunos más que otros, obviamente.

El corolario fue que los errores de Kicillof derivaron en un juicio que la empresa de los Eskenazi, el Grupo Petersen, le inició a YPF. Luego estos se lo derivaron al Fondo Burford quienes llevaron adelante el litigio y lo terminaron perdiendo el viernes.

No sabemos si Cristina festejó públicamente para hacerse la patriota, para vengarse de la posible mejicaneada de los Eskenazi o para disimular la amargura que le dió enterarse de que al final no va a cobrar nada. Nunca lo sabremos. O sí.

Todo esto sirve para recordar que quien empezó el desastre no fue Kicillof sino que fueron Néstor y Eskenazi.

Considerando el fondo y el origen del problema, como primer acto simbólico y a modo de desagravio nacional, deberíamos rebautizar el “Gasoducto Néstor Kirchner” como “Gasoducto Querida Sarah Merriam Robinson”.

Y para ser justos, en el mismo evento deberíamos cambiarle el nombre al Grupo Petersen de los Eskenazi y ponerle Grupo Denny Chin.

Sería un acto de justicia divina.

El mundo siempre recuerda a quienes arreglan los quilombos, no a quienes los provocan.

 

Fuente: https://www.clarin.com/opinion/zafamos_0_S3rcstOsjX.html


Tuesday, March 17, 2026

Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional,por Martín Rafael López

The following information is used for educational purposes only.



Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional

Es una de las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera tan determinante sobre la economía global; ese pasillo angosto entre Irán y Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la arteria que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo

·         17 de marzo de 2026

Por Martín Rafael López

 


 

En los últimos días quedó claro que el estrecho de Ormuz es una de las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera tan determinante sobre la economía global. Ese pasillo angosto entre Irán y Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la arteria que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo. La combinación de su geografía vulnerable, tensiones militares persistentes y rivalidades regionales convierte a Ormuz en un termómetro político-estratégico del (des)orden internacional.

En las últimas crisis (ataques, amenazas cruzadas, ejercicios militares, sabotajes), los precios del petróleo reaccionaron con extrema rapidez. Subas repentinas del 6 o 7% en una sola jornada bastaron para demostrar que, aun sin un cierre total, la sola percepción de riesgo basta para sacudir los mercados. Esta sensibilidad tiene explicación directa: Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e incluso Irán dependen de ese corredor para exportar su petróleo.

La centralidad del corredor se vuelve aún más evidente al observar a los grandes consumidores asiáticos. China importó en 2025 un promedio récord de 11,6 millones de barriles diarios, gran parte de ellos provenientes del Golfo y transportados a través de Ormuz, según datos del Center on Global Energy Policy y la International Energy Agency. La India presenta una dependencia similar: alrededor del 50% de sus importaciones de crudo transitan por el estrecho, principalmente desde Irak, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, de acuerdo con datos de la consultora Kpler (enero‑febrero de 2026). Ambos casos ilustran hasta qué punto las principales economías asiáticas dependen de un corredor cuya estabilidad no controlan.

El panorama es incluso más complejo si se considera que, tras la guerra en Ucrania, los grandes consumidores, desde Europa hasta Asia oriental, reconfiguraron su geografía energética. La energía volvió a colocarse en el centro de la competencia entre grandes potencias, mientras que los Estados costeros del estrecho, tradicionalmente dependientes de alianzas externas, ganaron margen de maniobra y autonomía diplomática.

Ormuz pone en evidencia una verdad incómoda para el discurso globalista: la globalización no ha reemplazado a la geopolítica, sino que ha quedado subordinada a ella. Su funcionamiento depende de una serie limitada de espacios estratégicos cuya estabilidad no está garantizada. Cuando uno de esos puntos entra en crisis, el sistema global revela su fragilidad estructural. Un fenómeno presentado durante décadas como universal y autosostenido puede verse condicionado –e incluso temporalmente paralizado– por acontecimientos que tienen lugar en un corredor marítimo. La globalización, así entendida, no constituye un orden estable, sino una arquitectura profundamente vulnerable.

Zhang Yuan y Yu Binqiang, académicos del Instituto de Estudios de Medio Oriente de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, describen esta dinámica con precisión: Ormuz condensa los elementos centrales del mundo en transición. Coexisten allí la pugna entre Estados Unidos y China por el modelo de gobernanza global, la competencia regional entre Arabia Saudita e Irán y, superpuesto a todo, un entramado de actores no estatales (como los hutíes en Yemen) capaces de atacar puertos, oleoductos y buques, alterando el flujo energético con un costo operativo mínimo. Según estos autores, el estrecho funciona como un “laboratorio” donde un shock externo –como una guerra o una pandemia– acelera o invierte lógicas de seguridad preexistentes.

En ese rompecabezas también pesan las percepciones. Aunque un cierre formal y sostenido del estrecho sigue siendo improbable (requeriría una capacidad militar sostenida que Irán no podría mantener), la amenaza funciona como un instrumento político.

Durante la llamada “guerra de los petroleros” en los años 80, cientos de buques fueron atacados, aunque el paso jamás se clausuró por completo. Hoy, los expertos recuerdan esa experiencia para subrayar que el daño no proviene tanto del bloqueo físico del corredor como de la manipulación de la incertidumbre: minas, drones, misiles o interdicciones puntuales provocan alzas en los seguros marítimos, fuerzan desvíos costosos y alimentan la preocupación y ansiedad de la opinión pública global.

Las tensiones en el estrecho no solo giran en torno a quién puede controlar su paso, sino a quién moldea la arquitectura de seguridad regional. Desde hace décadas, Estados Unidos impulsa coaliciones navales y vigilancia avanzada; Europa mantiene misiones de monitoreo; Rusia e Irán promueven arquitecturas alternativas, y China propone un “diálogo de seguridad del Golfo”. Todo ello ocurre en un sistema internacional donde las alianzas dejaron de ser rígidas: son flexibles y, a menudo, contradictorias.

También es evidente que los países del Golfo ya no aceptan ser meros escenarios de disputa: buscan convertirse en jugadores autónomos. Emiratos Árabes Unidos practica una “diplomacia de los estrechos”, alternando acuerdos con Occidente, acercamientos a Irán y negociaciones con Asia. Arabia Saudita explora nuevas combinaciones de alianzas sin renunciar a Washington. Omán, históricamente neutral, sigue intentando mediaciones discretas para evitar que el estrecho se convierta en escenario de una confrontación abierta.

Desde hace tiempo, la región enfrenta una paradoja cada vez más pronunciada: aunque los países del Golfo necesitan estabilidad para no comprometer sus exportaciones, la ausencia de un mecanismo regional de seguridad efectivo vuelve permanente el riesgo de escaladas repentinas. Las iniciativas planteadas en la última década, como el Hormuz Peace Endeavor (HOPE) iraní o la arquitectura de seguridad propuesta por Rusia, no lograron avanzar más allá de la teoría y hoy lucen todavía más inviables en un contexto de creciente confrontación. De hecho, la ofensiva militar reciente terminó de cerrar cualquier margen para la construcción de un marco común de seguridad.

En este contexto, hoy el riesgo dejó de ser una abstracción: tras los ataques estadounidenses e israelíes sobre territorio iraní y la posterior respuesta de Teherán, el estrecho de Ormuz ingresó en una fase de disrupción sin precedentes desde la década de 1970. Ataques con drones y misiles contra buques comerciales, advertencias explícitas de la Guardia Revolucionaria y el retiro de cobertura por parte de aseguradoras marítimas derivaron en una caída abrupta del tránsito y en la suspensión de operaciones por parte de navieras globales como Maersk o MSC.

Más que un cierre formal, se consolidó un bloqueo de facto: el flujo energético global quedó condicionado no por la imposibilidad física de navegar, sino por la combinación de riesgo militar, costos prohibitivos y ausencia de garantías de seguridad. Ormuz dejó así de ser solo un termómetro del desorden internacional para convertirse en uno de sus aceleradores. La lección es clara: en un sistema internacional fragmentado, sin mecanismos regionales de seguridad efectivos y con potencias dispuestas a escalar, un estrecho de apenas unos kilómetros puede poner en jaque a la economía mundial.

El problema ya no es únicamente el estrecho, sino la velocidad con la que se desintegra el orden que lo contenía. Y es justamente esa velocidad –más que los misiles, los drones o el desarrollo de la IA– la que convierte a Ormuz en uno de los puntos más inquietos y críticos del mapa mundial.

Profesor de Relaciones Internacionales (Ucalp), especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP) y en Asuntos Transnacionales (FPHV)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/ormuz-el-estrecho-que-acelera-la-fragilidad-del-desorden-internacional-nid17032026/


Editorial: La erosión de la confianza

The following information is used for educational purposes only.


La erosión de la confianza

Hechos como los protagonizados por Adorni y la falta de respuesta adecuada ante otros escándalos ponen en riesgo la credibilidad del Gobierno

·         17 de marzo de 2026

 

Acorralado por los cuestionamientos de la sociedad, el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, admitió finalmente que haber llevado a su esposa en el avión presidencial a Nueva York fue “un error” y “una pésima decisión”, al tiempo que pidió disculpas. Si de honrar la función pública se trata, correspondía que Adorni presentara su renuncia en forma indeclinable y que esta fuera inmediatamente aceptada por el presidente de la Nación, quien se ha desprendido de otros funcionarios por cuestiones mucho menos relevantes.

Desatado el escándalo por la inapropiada decisión de permitir que la esposa del jefe de Gabinete, que no ocupa cargo alguno en el Gobierno, subiera al Tango 01, se escucharon justificaciones inadmisibles desde el oficialismo. Una de ellas partió del propio presidente Javier Milei, quien señaló que la adición de una pasajera en una plaza del vuelo que de otro modo hubiese quedado vacía no generó un costo adicional al Estado. El primer mandatario intentó así fallidamente enmendar una grave falta ética con un razonamiento matemático.

Ningún funcionario puede ignorar las obligaciones que le impone la tantas veces olvidada ley de ética en el ejercicio de la función pública. Concretamente, el inciso g) de su artículo 2° dispone que entre los deberes y pautas de comportamiento ético se encuentra “abstenerse de usar las instalaciones y servicios del Estado para su beneficio particular o para el de sus familiares, allegados o personas ajenas a la función oficial, a fin de avalar o promover algún producto, servicio o empresa”. Según explicó el propio funcionario, su mujer, Bettina Angeletti, debía viajar a Nueva York por razones profesionales. El mismo artículo podría aplicarse a la sospechosa difusión que, más de un año atrás, le dio el primer mandatario a la criptomoneda que desató el escándalo $LIBRA, que hoy sigue golpeando al Presidente.

Del mismo modo, resulta equivocado sostener que situaciones como la de la esposa del jefe de Gabinete no le generan perjuicios económicos al Estado. Uno de los activos más importantes para la llegada de inversiones y el desarrollo económico de la Argentina es la confianza, y la acción de Adorni, sumada a las sospechas en torno de su viaje a Punta del Este en un costoso jet privado junto a su familia y un amigo contratado por la TV Pública, solo contribuyen a erosionarla.

Si bien es probable que lo sucedido pueda resultar menor frente a los millonarios escándalos de corrupción a los cuales nos tenía acostumbrados el kirchnerismo, no estamos ante una cuestión irrelevante, como pretenderían hacernos creer los escuderos de la gestión de Milei. Mientras el propio presidente de la Nación no se cansa de repetir que está dispuesto a terminar con los privilegios de la casta y proclama la moral como política de Estado, además de hacer un culto de la austeridad, un hecho como el comentado aquí termina socavando la credibilidad del Gobierno.

En agosto de 2024, durante una conferencia que brindó siendo vocero presidencial, Adorni había anunciado un decreto, actualmente vigente, que prohibía los viajes particulares en aeronaves públicas. Especificó, incluso, que de esa manera se terminaría el “privilegio” de llevar familiares en vuelos oficiales. Y, más recientemente, hacia fines de febrero último, el propio Adorni, ya como jefe de Gabinete, firmó una decisión administrativa que restringe las comitivas oficiales en viajes al exterior. La contradicción entre esas disposiciones y la posterior inclusión de la esposa del funcionario en el avión presidencial es flagrante. Más irritativa aún fue la explicación original sobre lo sucedido que dio Adorni: “Vine a deslomarme a Nueva York y quería que mi compañera de vida me acompañe”. Una fundamentación disparatada y una falta de respeto a todo argentino que vive de su trabajo sin los privilegios de los que gozan algunos funcionarios públicos.

La Argentina Week, realizada durante la semana última en Nueva York, estaba llamada a representar el retorno del país a la escena internacional, como un destino atractivo para los capitales extranjeros. Sin dudas, el interés que despertaron las exposiciones de los funcionarios argentinos y los anuncios de inversiones concretados constituyen un paso muy positivo.

Lamentablemente, estos importantes hechos fueron eclipsados por el affaire protagonizado por el jefe de Gabinete. También por la profundización del internismo en el seno de la fracción gobernante; en particular, por la lucha por espacios de poder entre la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el asesor presidencial Santiago Caputo, que aún gravita fuertemente en la Secretaría de Inteligencia y en la ARCA. Del mismo modo, ha crecido la rivalidad entre la senadora Patricia Bullrich y el propio Adorni, en tanto ambos aparecen como potenciales contendientes por la jefatura del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Alentar el anticipo de la agenda electoral de 2027 podría ser un grave error del oficialismo, especialmente en un contexto en el que crece la sensibilidad social por las dificultades para derrotar a la inflación y sectores de la oposición buscan evitar las necesarias transformaciones económicas tendientes a poner fin a los desequilibrios fiscales. Frente a un escenario tan exigente, las autoridades nacionales no pueden darse el lujo de cometer desatinos que terminen demoliendo una de las piedras basales en las que se sostuvo el importante respaldo electoral a Milei: la lucha contra los privilegios de la casta política.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/ante-el-peligro-de-la-erosion-de-la-confianza-nid17032026/


Volvió el Javi de la gente,por Alejandro Borensztein

The following information is used for educational purposes only. Volvió el Javi de la gente Los nuevos tuits de Milei, el reportaje que di...