Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional
Es una de las
pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera
tan determinante sobre la economía global; ese pasillo angosto entre Irán y
Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la arteria
que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo
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17 de marzo de 2026
En los últimos días
quedó claro que el estrecho de Ormuz es una de
las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de
manera tan determinante sobre la economía global. Ese pasillo angosto entre
Irán y Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la
arteria que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo. La
combinación de su geografía vulnerable, tensiones militares persistentes y
rivalidades regionales convierte a Ormuz en un termómetro político-estratégico
del (des)orden internacional.
En las
últimas crisis (ataques, amenazas cruzadas, ejercicios militares, sabotajes),
los precios del petróleo reaccionaron con extrema rapidez. Subas repentinas del
6 o 7% en una sola jornada bastaron para demostrar que, aun sin un cierre
total, la sola percepción de riesgo basta para sacudir los mercados. Esta
sensibilidad tiene explicación directa: Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar,
Emiratos Árabes Unidos e incluso Irán dependen de ese corredor para exportar su
petróleo.
La centralidad del
corredor se vuelve aún más evidente al observar a los grandes consumidores
asiáticos. China importó en 2025 un promedio récord de 11,6 millones de
barriles diarios, gran parte de ellos provenientes del Golfo y transportados a
través de Ormuz, según datos del Center on Global Energy Policy y la
International Energy Agency. La India presenta una dependencia similar:
alrededor del 50 % de sus
importaciones de crudo transitan por el estrecho, principalmente desde Irak,
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, de acuerdo con
datos de la consultora Kpler (enero‑febrero de 2026). Ambos casos ilustran
hasta qué punto las principales economías asiáticas dependen de un corredor
cuya estabilidad no controlan.
El panorama es
incluso más complejo si se considera que, tras la guerra
en Ucrania, los grandes consumidores, desde Europa hasta Asia oriental,
reconfiguraron su geografía energética. La energía volvió a colocarse en el
centro de la competencia entre grandes potencias, mientras que los Estados
costeros del estrecho, tradicionalmente dependientes de alianzas externas,
ganaron margen de maniobra y autonomía diplomática.
Ormuz pone
en evidencia una verdad incómoda para el discurso globalista: la
globalización no ha reemplazado a la geopolítica, sino que ha quedado
subordinada a ella. Su funcionamiento depende de una serie limitada de espacios
estratégicos cuya estabilidad no está garantizada. Cuando uno de esos puntos
entra en crisis, el sistema global revela su fragilidad estructural. Un fenómeno
presentado durante décadas como universal y autosostenido puede verse
condicionado –e incluso temporalmente paralizado– por acontecimientos que
tienen lugar en un corredor marítimo. La globalización, así entendida, no
constituye un orden estable, sino una arquitectura profundamente vulnerable.
Zhang Yuan y Yu
Binqiang, académicos del Instituto de Estudios de Medio Oriente de la
Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, describen esta dinámica
con precisión: Ormuz condensa los elementos centrales del mundo en transición.
Coexisten allí la pugna entre Estados Unidos y China por el modelo de
gobernanza global, la competencia regional entre Arabia Saudita e Irán y,
superpuesto a todo, un entramado de actores no estatales (como los hutíes en
Yemen) capaces de atacar puertos, oleoductos y buques, alterando el flujo
energético con un costo operativo mínimo. Según estos autores, el estrecho
funciona como un “laboratorio” donde un shock externo –como una guerra o una
pandemia– acelera o invierte lógicas de seguridad preexistentes.
En ese rompecabezas
también pesan las percepciones. Aunque un cierre formal y sostenido del
estrecho sigue siendo improbable (requeriría una capacidad militar sostenida
que Irán no podría mantener), la amenaza funciona como un instrumento político.
Durante la llamada
“guerra de los petroleros” en los años 80, cientos de buques fueron
atacados, aunque el paso jamás se clausuró por completo. Hoy, los expertos
recuerdan esa experiencia para subrayar que el daño no proviene tanto del
bloqueo físico del corredor como de la manipulación de la incertidumbre: minas,
drones, misiles o interdicciones puntuales provocan alzas en los seguros
marítimos, fuerzan desvíos costosos y alimentan la preocupación y ansiedad de
la opinión pública global.
Las tensiones en el
estrecho no solo giran en torno a quién puede controlar su paso, sino a quién moldea
la arquitectura de seguridad regional. Desde hace décadas, Estados Unidos
impulsa coaliciones navales y vigilancia avanzada; Europa mantiene misiones de
monitoreo; Rusia e Irán promueven arquitecturas alternativas, y China propone
un “diálogo de seguridad del Golfo”. Todo ello ocurre en un sistema
internacional donde las alianzas dejaron de ser rígidas: son flexibles y, a
menudo, contradictorias.
También es evidente
que los países del Golfo ya no aceptan ser meros escenarios de
disputa: buscan convertirse en jugadores autónomos. Emiratos Árabes Unidos
practica una “diplomacia de los estrechos”, alternando acuerdos con Occidente,
acercamientos a Irán y negociaciones con Asia. Arabia Saudita explora nuevas
combinaciones de alianzas sin renunciar a Washington. Omán, históricamente
neutral, sigue intentando mediaciones discretas para evitar que el estrecho se
convierta en escenario de una confrontación abierta.
Desde hace tiempo,
la región enfrenta una paradoja cada vez más pronunciada: aunque los
países del Golfo necesitan estabilidad para no comprometer sus exportaciones,
la ausencia de un mecanismo regional de seguridad efectivo vuelve permanente el
riesgo de escaladas repentinas. Las iniciativas planteadas en la última década,
como el Hormuz Peace Endeavor (HOPE) iraní o la arquitectura de seguridad
propuesta por Rusia, no lograron avanzar más allá de la teoría y hoy lucen
todavía más inviables en un contexto de creciente confrontación. De hecho, la
ofensiva militar reciente terminó de cerrar cualquier margen para la
construcción de un marco común de seguridad.
En este contexto,
hoy el riesgo dejó de ser una abstracción: tras los ataques estadounidenses
e israelíes sobre territorio iraní y la posterior respuesta de Teherán, el
estrecho de Ormuz ingresó en una fase de disrupción sin precedentes desde la
década de 1970. Ataques con drones y misiles contra buques comerciales,
advertencias explícitas de la Guardia Revolucionaria y el retiro de cobertura
por parte de aseguradoras marítimas derivaron en una caída abrupta del tránsito
y en la suspensión de operaciones por parte de navieras globales como Maersk o
MSC.
Más que un cierre
formal, se consolidó un bloqueo de facto: el flujo
energético global quedó condicionado no por la imposibilidad física de navegar,
sino por la combinación de riesgo militar, costos prohibitivos y ausencia de
garantías de seguridad. Ormuz dejó así de ser solo un termómetro del desorden
internacional para convertirse en uno de sus aceleradores. La lección es clara:
en un sistema internacional fragmentado, sin mecanismos regionales de seguridad
efectivos y con potencias dispuestas a escalar, un estrecho de apenas unos
kilómetros puede poner en jaque a la economía mundial.
El problema ya no
es únicamente el estrecho, sino la velocidad con la
que se desintegra el orden que lo contenía. Y es justamente esa velocidad –más
que los misiles, los drones o el desarrollo de la IA– la que convierte a Ormuz
en uno de los puntos más inquietos y críticos del mapa mundial.
Profesor
de Relaciones Internacionales (Ucalp), especialista en Estudios Chinos
(IRI-UNLP) y en Asuntos Transnacionales (FPHV)
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/ormuz-el-estrecho-que-acelera-la-fragilidad-del-desorden-internacional-nid17032026/

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