El modelo que todavía no tiene país
8 de
septiembre de 2026
Por Mariel Fornoni
Hasta ahora, el
análisis de la Argentina se organizó alrededor de una paradoja conocida: una
macroeconomía que comienza a ordenarse frente a una economía cotidiana todavía
deteriorada; un Gobierno que conserva competitividad pese al ajuste; una
sociedad que sostiene una paciencia defensiva y una oposición que no consigue
transformarse en alternativa.
Ese eje
sigue vigente, pero empieza a resultar insuficiente. La pregunta ya no es solamente cuánto puede durar la paciencia
social, sino qué tipo de país está emergiendo detrás de la
estabilización.
Para el sector
productivo, el problema ya no consiste únicamente en saber si Javier Milei
podrá sostenerse o llegar competitivo a 2027. Las preguntas ahora son otras:
¿Puede institucionalizar su transformación? ¿quiénes se
benefician y quiénes quedan afuera? ¿qué coalición productiva y territorial
puede sostenerla? ¿cómo se administra un país con sectores globalmente
competitivos y un tejido doméstico debilitado? ¿qué lugar tendrá la industria
nacional dentro del nuevo modelo?
Hasta ahora
analizamos la estabilización como una política económica. Sin embargo, puede
ser algo más ambicioso: el intento de reemplazar el régimen político-económico
construido durante las últimas décadas.
Milei no busca
únicamente bajar la inflación o alcanzar el equilibrio fiscal. Procura modificar la relación entre el Estado y el sector privado,
el papel de los sindicatos, la distribución de recursos entre la Nación y las
provincias, la regulación de los mercados, la protección de la
industria y la propia legitimidad de la intervención estatal.
Si estamos ante
la construcción de un nuevo régimen, también debe cambiar la forma de evaluar
al Gobierno. Su éxito no dependerá solamente de la inflación, el salario, el
consumo o la aprobación presidencial. Dependerá de que consiga que
una parte sustantiva de sus reformas sobreviva a su gestión.
Una
transformación se institucionaliza cuando deja de depender exclusivamente de la
voluntad de quien la inició y cuando incluso sus adversarios aceptan algunas de
sus reglas fundamentales. Todavía no sabemos si la Argentina está presenciando
ese proceso o una transformación intensa sostenida por un liderazgo
excepcionalmente concentrado.
Crecimiento
sin integración
También venimos
hablando de “las dos Argentinas”: una vinculada con la energía, la minería, el
agro, la economía del conocimiento y ciertos segmentos industriales; otra
asociada con el comercio, las pymes, el consumo, los servicios locales y las
actividades intensivas en trabajo.
Pero la fractura
puede ser más profunda que la diferencia entre sectores que crecen y sectores
que se estancan.
Puede estar
apareciendo una economía altamente productiva, integrada al mundo y capaz de
atraer inversiones, que no necesita del mismo mercado interno ni genera la
misma cantidad de empleo que el modelo anterior. Frente a ella persiste un
entramado doméstico que depende del consumo, emplea más mano de obra y enfrenta
dificultades para competir, invertir y aumentar su productividad.
La pregunta,
entonces, ya no es solamente cuándo la macroeconomía llegará a los hogares.
Es si la Argentina puede crecer sin integrar económica y socialmente
a una parte importante de los argentinos.
Esto obliga a
discutir el modelo productivo. ¿Cómo se conecta Vaca Muerta con el desarrollo
industrial? ¿Cuánto empleo generan los sectores de alta productividad? ¿Qué
proveedores nacionales y qué infraestructura demanda esa transformación? ¿Qué
regiones quedan al margen? ¿La apertura mejora la competitividad o destruye
capacidades productivas difíciles de reconstruir?
La
cuestión central no es solo cuánto crecerá la Argentina, sino qué densidad
productiva tendrá ese crecimiento.
La discusión
social suele reducirse a salarios, consumo y pobreza. Son indicadores
indispensables, pero existe otra fractura menos visible: la distribución
desigual de las oportunidades futuras.
Los sectores
dinámicos demandan capital, tecnología, infraestructura y formación
especializada. Al mismo tiempo, necesitan menos trabajadores por unidad
producida. Una parte importante de la población, en cambio, depende de
actividades de baja productividad, del consumo local, de la informalidad y de
empleos susceptibles de ser reemplazados o automatizados.
Por eso, puede
mejorar la economía y, aun así, una proporción significativa de la sociedad no
encontrar un lugar dentro del nuevo modelo.
El
problema será especialmente relevante entre los jóvenes. Son uno de los segmentos que expresaron con mayor intensidad el
rechazo al sistema anterior y el apoyo al cambio, pero también se encuentran
entre los más afectados por la informalidad, la precariedad laboral, la dificultad
para acceder a la vivienda y la incertidumbre profesional.
La pregunta
hacia 2027 no será solamente si los jóvenes continuarán apoyando a Milei. Será
si seguirán encarnando la movilización por el cambio cuando perciban que el
nuevo orden tampoco les garantiza una vía concreta de incorporación y progreso.
Una nueva
geografía del poder
La
transformación productiva también modifica el mapa político. Durante mucho
tiempo, los gobernadores fueron observados principalmente como proveedores de
votos legislativos o interlocutores en la distribución de recursos nacionales.
Pero la geografía económica del país está cambiando.
Vaca Muerta
desplaza poder hacia Neuquén. El litio fortalece al noroeste. El cobre puede
transformar a las provincias cordilleranas. La energía y los puertos
revalorizan nuevos corredores logísticos. El agro mantiene la centralidad de la
región pampeana.
Los
gobernadores ya no son solamente operadores políticos: también son
administradores de activos estratégicos. La coparticipación comienza a convivir con otra fuente de poder
provincial: el control de los recursos, el territorio, la infraestructura, la
licencia social y las condiciones necesarias para invertir.
Esto puede dar
lugar a un nuevo federalismo productivo, pero también abrir conflictos entre la
Nación y las provincias, entre provincias productoras y consumidoras, y entre
los intereses nacionales, las demandas territoriales y las estrategias de las
grandes inversiones.
El Congreso será
el escenario en el que se manifiesten esas tensiones. El Gobierno ya demostró
capacidad para gobernar mediante decisiones ejecutivas y para negociar mayorías
circunstanciales. Lo que todavía debe demostrar es si puede transformar esos
acuerdos transitorios en reglas duraderas.
La
verdadera prueba no consiste solamente en cuántas leyes puede aprobar Milei,
sino en cuántas de ellas serán aceptadas, al menos en sus aspectos centrales,
por quienes podrían sucederlo.
A medida que
avance el calendario electoral, esa tarea se volverá más difícil. Los aliados
buscarán diferenciarse, los gobernadores aumentarán el precio de su
acompañamiento y los posibles candidatos utilizarán el Congreso para construir
identidad. Será, simultáneamente, un espacio de reformas, un mercado de
acuerdos y una plataforma de candidaturas.
Milei demostró,
además, que la viabilidad presidencial puede construirse muy cerca de una
elección. Esa experiencia modificó los incentivos de toda la dirigencia: ningún
gobernador, dirigente nacional u outsider con
alguna visibilidad querrá abandonar anticipadamente una competencia que puede
reordenarse en pocos meses.
Es probable que
asistamos primero a una proliferación de candidaturas y luego a una
concentración tardía. Esto encierra una paradoja para Milei: la fragmentación
opositora puede facilitarle el primer lugar, pero también impedirle alcanzar el
porcentaje y la diferencia necesarios para ganar en primera vuelta. En un
eventual balotaje, las distintas expresiones del malestar tendrían la
oportunidad de concentrarse alrededor de un solo adversario.
Abrirse en
un mundo que se cierra
La
transformación argentina ocurre, además, en un escenario internacional en el
que la apertura económica ya no es neutral. Estados Unidos, China y Europa
protegen sectores estratégicos, subsidian tecnologías y subordinan parte de sus
decisiones económicas a objetivos de seguridad nacional.
La economía
global ya no se organiza únicamente alrededor de la eficiencia. También lo hace
alrededor de la seguridad energética, alimentaria, tecnológica, industrial y
logística.
La pregunta para
la Argentina es si puede insertarse inteligentemente en un mundo más
proteccionista sin regresar a un proteccionismo improductivo. El país dispone
de energía, alimentos, minerales críticos y capacidades industriales. Pero
tener los recursos que el mundo demanda no garantiza construir desarrollo.
El desafío
consiste en capturar localmente una parte relevante de las cadenas de valor,
generar proveedores, incorporar tecnología, construir infraestructura y evitar
que la nueva inserción internacional reproduzca una economía de enclaves
competitivos rodeados por un tejido social debilitado.
La
discusión ya no es únicamente si Milei llegará competitivo a 2027. Es si el
país que está construyendo puede funcionar, integrar y sobrevivir políticamente
más allá de él.
La Argentina
puede estabilizarse sin institucionalizar sus reformas, crecer sin integrar,
atraer inversiones sin generar suficiente empleo y desarrollar enclaves
productivos sin construir un proyecto colectivo. Ese es el dilema que empieza a
aparecer detrás de la estabilización: existe un modelo en formación, pero
todavía no está claro cuál será el país capaz de sostenerlo.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-modelo-que-todavia-no-tiene-pais-nid08092026/
Comentario:
Este artículo plantea con lucidez que el interrogante
central de la Argentina actual ya no se reduce a la supervivencia política de
Javier Milei o al éxito de la estabilización macroeconómica, sino al tipo de
país que está naciendo detrás del ajuste.
El texto además,
advierte sobre la consolidación de un modelo de "crecimiento sin
integración". Por un lado, se expanden sectores hipercompetitivos y
globalizados —como la energía, la minería y el agro— que exigen alta tecnología
y capital, pero demandan relativamente poca mano de obra. Por el otro, persiste
un tejido doméstico y laboral rezagado que enfrenta serias dificultades para
insertarse en esa dinámica, lo que profundiza una fractura invisible en la
distribución de oportunidades futuras, especialmente crítica para los jóvenes.
Asimismo, la
transformación reconfigura la política: los gobernadores emergen como
administradores de activos estratégicos y el Congreso se perfila como el
escenario donde deberán cristalizarse acuerdos duraderos, más allá de la
hegemonía ejecutiva. Finalmente, en un plano internacional marcado por el
proteccionismo y la disputa geopolítica, el desafío no es solo exportar
materias primas, sino evitar una economía de enclaves desconectada del mercado
interno.
El gran dilema que
deja al descubierto la transición es inquietante: la Argentina puede
estabilizarse y atraer inversiones sin lograr construir un proyecto colectivo
que logre integrar social y productivamente a una proporción significativa de
su población.
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