Friday, July 17, 2026

Messi no nos representa, por Federico N. Fernández

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Messi no nos representa

Constancia, disciplina, resiliencia, humildad, son rasgos que llevaron al mejor jugador del mundo al lugar que ocupa actualmente. Pero, ¿son cualidades que compartimos todos los argentinos? ¿o es el modelo en el que todos debemos inspirarnos, aún a costa de grandes sacrificios?

 

Por Federico N. Fernández

 

Voy a decir algo que a más de uno le va a sonar raro viniendo de un argentino fanático de la Scaloneta: Messi no me representa. Tampoco lo hace el resto de la Selección. No es una queja. Es una cuestión de precisión con el lenguaje.

La palabra “representar” viene del latín repraesentare: volver a presentar, hacer presente algo mostrando lo que ya es. Un representante trae ante nosotros un rasgo que compartimos con él. Cuando decimos que Messi “representa” a los argentinos, estamos usando la palabra al revés.

Pensemos en lo que hizo falta para que Messi llegara a ser quien es. Miles de horas de entrenamiento repetidas hasta el hastío. Inyecciones de hormona de crecimiento cada noche durante años, siendo niño, sólo para poder seguir jugando al fútbol. Una carrera entera construida sobre una disciplina que la inmensa mayoría de los mortales, argentinos o no, jamás sostendría ni una semana.

 Eso no es representativo. Es extraordinario, en el sentido literal de la palabra: por fuera de lo ordinario. Ahí está la trampa lógica que conviene evitar.

De la excelencia de unos pocos no se infiere una característica del conjunto. Roger Federer no demuestra que los suizos sean los mejores tenistas del mundo. Marie Curie no demuestra que los polacos sean genios de la física. Messi no demuestra que los argentinos posean su disciplina, su resiliencia o su humildad.

¿Por qué importa la distinción? Porque confundir lo aspiracional con lo descriptivo nos vuelve perezosos. Si Messi “nos representa”, alcanza con mirarlo jugar para sentirnos parte de su grandeza, sin que eso nos cueste nada. Es un atajo tan cómodo como tramposo.

La función de un ídolo genuino no es decirle al mundo “así somos los argentinos”. Es decirles a los argentinos “esto es lo que un argentino puede llegar a ser, si paga el precio”.

Hay una escena en la serie Winning Time, sobre el equipo de básquet Los Angeles Lakers de los años ochenta, que probablemente nunca ocurrió tal como se la ve en pantalla, pero que retrata con fidelidad la filosofía real de Kareem Abdul-Jabbar. En el vestuario, Kareem les dice a sus compañeros que el trabajo de un equipo no termina en ganar partidos. Su tarea, dice, es inspirar a la gente a ser más grande de lo que cree que puede ser.

Ahí está el punto. No representar. Inspirar. Los ídolos no son espejos. Son faros. Un espejo devuelve lo que ya sos. Un faro señala hacia dónde ir, aunque estés lejos, en la niebla, remando contra la corriente.

Esa es la relación correcta entre Messi y los argentinos, y entre cualquier campeón y su país: no una identidad compartida, sino un llamado. La pregunta que vale la pena hacerse no es “¿esto me representa?” sino “¿qué puedo aprender de esto?”.

 De Messi se aprende el trabajo silencioso detrás de cada gol. La humildad de un capitán que juega para sus compañeros en lugar de esperar que ellos jugaran para él. La resiliencia de alguien que perdió cuatro finales antes de ganar la que importaba. Nada de eso se copia mirando televisión. Se copia trabajando: en la vida familiar, en el trabajo, en el barrio.

Y ese es, paradójicamente, el mayor legado que nos deja. No una identidad para exhibir, sino un estándar para perseguir. La próxima vez que alguien diga que Messi “nos representa”, vale la pena corregirlo con cariño. No nos representa. Nos interpela. Y esa es una relación mucho más exigente, y mucho más fértil, que la de un simple espejo.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/messi-no-nos-representa-nid17072026/ (Editado)

 

 

Comentario:

El presente artículo propone una reflexión interesante sobre la forma en que construimos a nuestros ídolos. Con frecuencia afirmamos que Messi “nos representa”, como si sus logros fueran una extensión natural de quienes somos. Sin embargo, el autor señala que esa idea encierra una confusión: Messi no refleja lo común, sino lo excepcional. Su disciplina, su perseverancia y su capacidad para superar obstáculos están muy lejos de la experiencia cotidiana de la mayoría de las personas.

La distinción entre representar e inspirar resulta especialmente valiosa. Cuando creemos que el éxito de una figura pública nos representa, corremos el riesgo de apropiarnos simbólicamente de méritos que no nos pertenecen. Es una forma cómoda de sentir orgullo sin asumir el esfuerzo que hizo posible ese logro. En cambio, entender a Messi como una fuente de inspiración nos obliga a una mirada más exigente: no preguntarnos qué tiene él que nos identifique, sino qué podemos aprender de su trayectoria.

Hay también una ironía en nuestra relación con los héroes. Admiramos la constancia, el sacrificio y la resiliencia, pero muchas veces preferimos celebrar sus resultados antes que imitar sus hábitos. Nos entusiasma el gol del domingo, aunque no tanto las miles de horas de entrenamiento que lo hicieron posible.

Quizás el verdadero valor de figuras como Messi no sea confirmar una identidad nacional ni alimentar el orgullo colectivo, sino recordarnos que la excelencia siempre tiene un costo. Los grandes ídolos no son espejos que reflejan lo que somos, sino faros que iluminan lo que podríamos llegar a ser.

C.M.

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