Messi no nos representa
Constancia, disciplina, resiliencia, humildad,
son rasgos que llevaron al mejor jugador del mundo al lugar que ocupa
actualmente. Pero, ¿son cualidades que compartimos todos los argentinos? ¿o es
el modelo en el que todos debemos inspirarnos, aún a costa de grandes
sacrificios?
Voy a decir algo
que a más de uno le va a sonar raro viniendo de un argentino fanático de la
Scaloneta: Messi no me representa. Tampoco
lo hace el resto de la Selección. No es una queja. Es una cuestión de precisión
con el lenguaje.
La palabra
“representar” viene del latín repraesentare:
volver a presentar, hacer presente algo mostrando lo que ya es. Un
representante trae ante nosotros un rasgo que compartimos con él. Cuando
decimos que Messi “representa” a los argentinos, estamos usando la palabra al revés.
Pensemos en lo
que hizo falta para que Messi llegara a ser quien es. Miles de horas de
entrenamiento repetidas hasta el hastío. Inyecciones de hormona de crecimiento
cada noche durante años, siendo niño, sólo para poder seguir jugando al fútbol.
Una carrera entera construida sobre una disciplina que la inmensa mayoría de
los mortales, argentinos o no, jamás sostendría ni una semana.
De la excelencia
de unos pocos no se infiere una característica del conjunto. Roger Federer no
demuestra que los suizos sean los mejores tenistas del mundo. Marie Curie no
demuestra que los polacos sean genios de la física. Messi no demuestra que los
argentinos posean su disciplina, su resiliencia o su humildad.
¿Por qué importa
la distinción? Porque confundir lo aspiracional con lo descriptivo nos vuelve
perezosos. Si Messi “nos representa”, alcanza con mirarlo jugar para sentirnos
parte de su grandeza, sin que eso nos cueste nada. Es un atajo tan cómodo como tramposo.
La función de un
ídolo genuino no es decirle al mundo “así somos los argentinos”. Es decirles a
los argentinos “esto es lo que un argentino puede llegar a ser, si paga el precio”.
Hay una escena
en la serie Winning Time, sobre el equipo de
básquet Los Angeles Lakers de los años ochenta, que probablemente nunca ocurrió
tal como se la ve en pantalla, pero que retrata con fidelidad la filosofía real
de Kareem Abdul-Jabbar. En el vestuario, Kareem les dice a sus compañeros que
el trabajo de un equipo no termina en ganar partidos. Su tarea, dice, es inspirar a la gente a ser más grande de lo que cree que puede
ser.
Ahí está el
punto. No representar. Inspirar. Los ídolos no son espejos. Son faros. Un espejo devuelve lo que ya sos. Un
faro señala hacia dónde ir, aunque estés lejos, en la niebla, remando contra la
corriente.
Esa es la
relación correcta entre Messi y los argentinos, y entre cualquier campeón y su
país: no una identidad compartida, sino un llamado. La pregunta que vale la
pena hacerse no es “¿esto me representa?” sino “¿qué puedo aprender de esto?”.
Y ese es,
paradójicamente, el mayor legado que nos deja. No una identidad para exhibir,
sino un estándar para perseguir. La próxima vez que alguien diga que Messi “nos
representa”, vale la pena corregirlo con cariño. No nos representa. Nos interpela. Y esa es una
relación mucho más exigente, y mucho más fértil, que la de un simple espejo.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/messi-no-nos-representa-nid17072026/ (Editado)
Comentario:
El
presente artículo propone una reflexión interesante sobre la forma en que
construimos a nuestros ídolos. Con frecuencia afirmamos que Messi “nos
representa”, como si sus logros fueran una extensión natural de quienes somos.
Sin embargo, el autor señala que esa idea encierra una confusión: Messi no
refleja lo común, sino lo excepcional. Su disciplina, su perseverancia y su
capacidad para superar obstáculos están muy lejos de la experiencia cotidiana
de la mayoría de las personas.
La
distinción entre representar e inspirar resulta especialmente valiosa. Cuando
creemos que el éxito de una figura pública nos representa, corremos el riesgo
de apropiarnos simbólicamente de méritos que no nos pertenecen. Es una forma
cómoda de sentir orgullo sin asumir el esfuerzo que hizo posible ese logro. En
cambio, entender a Messi como una fuente de inspiración nos obliga a una mirada
más exigente: no preguntarnos qué tiene él que nos identifique, sino qué
podemos aprender de su trayectoria.
Hay
también una ironía en nuestra relación con los héroes. Admiramos la constancia,
el sacrificio y la resiliencia, pero muchas veces preferimos celebrar sus
resultados antes que imitar sus hábitos. Nos entusiasma el gol del domingo,
aunque no tanto las miles de horas de entrenamiento que lo hicieron posible.
Quizás el verdadero valor
de figuras como Messi no sea confirmar una identidad nacional ni alimentar el
orgullo colectivo, sino recordarnos que la excelencia siempre tiene un costo.
Los grandes ídolos no son espejos que reflejan lo que somos, sino faros que
iluminan lo que podríamos llegar a ser.
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