La pobreza no se combate con discursos
Es necesario comprender y hacerse cargo de que ninguna sociedad ha
logrado reducir de manera eficaz las carencias sin antes generar riqueza
·
3 de julio de 2026
La Iglesia tiene
razón cuando se preocupa por la pobreza. Sería extraño que no lo hiciera. Desde
sus orígenes, el cristianismo ha puesto en el centro de su mensaje a los
pobres, los enfermos, los marginados y los vulnerables. Una Iglesia indiferente frente al sufrimiento humano traicionaría
su propia razón de ser.
Pero una cosa es
preocuparse por la pobreza y otra muy distinta es comprender cómo se la
combate. La diferencia parece obvia. En la Argentina, sin embargo, solemos
olvidarla.
En los últimos
días, las declaraciones de algunas de las máximas autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina sobre el deterioro
de las condiciones de vida de amplios sectores sociales coincidieron con
reuniones mantenidas entre dirigentes políticos, sindicales y eclesiásticos
para analizar la situación social del país. Nadie puede cuestionar la
legitimidad de esa preocupación. Lo que sí merece discusión son las
conclusiones que algunos pretenden extraer de ella.
Porque existe
una vieja confusión argentina; una tentación recurrente en la vida pública de
nuestro país: la de creer que la pobreza se
resuelve distribuyendo riqueza antes de crearla; la de imaginar que
el problema consiste exclusivamente en la forma en que se reparte el producto
social y no en la capacidad de una sociedad para producirlo; la de pensar que
el crecimiento económico es una preocupación secundaria, casi un detalle
técnico, frente a la urgencia moral de asistir a quienes más sufren.
Sin embargo, la
experiencia histórica demuestra exactamente lo contrario: ninguna sociedad ha
logrado reducir de manera duradera la pobreza sin antes generar riqueza. Ninguna.
No lo hicieron
las naciones europeas que hoy admiramos por sus sistemas de protección social.
No lo hicieron los países asiáticos que sacaron a cientos de millones de
personas de la pobreza. No lo hicieron los Estados Unidos, Canadá, Australia o Nueva Zelanda.
La tragedia argentina consiste en que buena parte de quienes hoy expresan
legítima preocupación por la pobreza acompañaron durante años políticas que
contribuyeron a expandirla.
Primero
crecieron. Después distribuyeron. Y no porque fueran egoístas, sino porque
entendieron una verdad elemental: nadie puede repartir aquello
que no existe.
La Argentina, en
cambio, parece empeñada desde hace décadas en discutir cómo distribuir una
riqueza que cada vez produce menos. Y cuando los resultados de esa estrategia
fracasan, la respuesta suele ser siempre la misma: más subsidios, más
transferencias, más gasto público, más Estado y más endeudamiento.
El resultado
está a la vista: más pobres, más dependencia, más exclusión; más personas viviendo de la asistencia. Y menos personas capaces
de sostenerla.
La tragedia
argentina consiste en que buena parte de quienes hoy expresan legítima
preocupación por la pobreza acompañaron durante años políticas que
contribuyeron a expandirla.
Así se destruyó
el ahorro, se castigó la inversión, se hostigó al sector privado, se
multiplicaron regulaciones, impuestos y controles… ¡y luego se expresó sorpresa
ante la falta de crecimiento!.
Es una
lógica tan extraña como pretender aumentar la cosecha castigando al agricultor.
Por eso la
Iglesia debe ser especialmente cuidadosa. Su misión consiste en recordar la
dignidad de cada persona humana, denunciar la indiferencia y acompañar a
quienes sufren. Pero no debería convertirse —ni siquiera involuntariamente— en
caja de resonancia político partidaria de quienes confunden solidaridad con
estatismo, asistencia con desarrollo o compasión con política económica y de
quienes favorecen la anomia y la informalidad.
La caridad es
una virtud. La creación de riqueza también. La primera alivia el sufrimiento
inmediato y la segunda permite reducirlo de manera permanente. Una sociedad madura necesita ambas. Porque los milagros
existen en los Evangelios. Las economías, en cambio, funcionan de otro
modo. Nada se multiplica si antes no se produce.
Por eso, el
verdadero tema que se afronta desde estas columnas no es religioso ni
partidario. Es cultural.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/la-pobreza-no-se-combate-con-discursos-nid03072026/
Comentario:
La pobreza es uno de los problemas más complejos y
dolorosos que enfrenta cualquier sociedad. Por eso, resulta comprensible que
instituciones como la Iglesia expresen su preocupación por quienes viven en
condiciones de vulnerabilidad. Sin embargo, la solidaridad, aunque
indispensable, no siempre alcanza para resolver un problema que tiene profundas
raíces económicas, sociales y culturales.
El presente texto plantea una idea provocadora: no es
posible distribuir de manera sostenible aquello que antes no se ha producido.
La historia de numerosos países muestra que el crecimiento económico y la
generación de riqueza suelen ser condiciones necesarias para reducir la pobreza
de forma permanente. Sin inversión, empleo, innovación y productividad, los
recursos disponibles terminan siendo insuficientes para atender las necesidades
de una población cada vez mayor.
Al mismo tiempo, tampoco puede ignorarse que el
crecimiento económico, por sí solo, no garantiza una sociedad más justa. Si la
riqueza no se acompaña de instituciones sólidas, educación de calidad, igualdad
de oportunidades y políticas públicas eficientes, muchas personas pueden quedar
excluidas de sus beneficios.
Quizá
el verdadero desafío no sea elegir entre crecimiento o solidaridad, sino
comprender que ambos son complementarios. Una sociedad necesita generar riqueza
para crear oportunidades, pero también requiere sensibilidad para acompañar a
quienes atraviesan situaciones difíciles. Combatir la pobreza exige una visión
de largo plazo, basada en el trabajo, la educación y el desarrollo, sin dejar
de lado el compromiso humano con quienes más lo necesitan.
C.M.
No comments:
Post a Comment
All comments are welcomed as far as they are constructive and polite.