Sunday, October 9, 2011

Defending Life’s Work With Words of a Tyrant-NYTimes-Eng/Sp Version

The following information is used for educational purposes only.

October 6, 2011


Defending Life’s Work With Words of a Tyrant


By DAVID STREITFELD


SAN FRANCISCO — The first time Steve Jobs ever bullied anyone was in the third grade. He and some pals “basically destroyed” the teacher, he once said.

For the next half-century, Mr. Jobs never let up. He chewed out subordinates and partners who failed to deliver, trashed competitors who did not measure up and told know-it-all pundits to take a hike. He had a vision of greatness that he wielded to reshape the computer, telephone and entertainment industries, and he would brook no compromise.

Maybe it is only the despair people feel about the stagnating American economy, but the announcement of the death of the Apple co-founder Wednesday seemed to mark the end of something: in an era of limits, Mr. Jobs was the last great tyrant.

Even in Silicon Valley, where corporate chieftains are frequently larger than life, and soul-enhancing technology is promised with the morning e-mail, there was no one quite like him. He used his powers to make devices that are beloved by their owners in a way that very few American products manage to achieve, especially these days.

“Amidst the oceans of enforced mediocrity in the bland, deflavorized culture of managed-by-committee corporate behemoths,” the entrepreneur Perry Metzger posted on his Google+ page, Mr. Jobs “showed that the real path to excellence was excellence — that you could do great things by, who would have imagined, being smart and having excellent taste and not ever settling for second best.”

After his death became public, there was a waterfall of emotion on Twitter and blogs. Fans gathered outside Mr. Jobs’s house in Palo Alto, Calif., and they placed candles and flowers in front of Apple stores everywhere. His house is in the center of town, easy to find and rather modest for a guy worth about $6.5 billion. He was planning another house, but even that seemed as if it would be relatively restrained for a lord of Silicon Valley.

Where he was unrestrained was in his work. Stories of him forcefully telling Apple employees that a product was not good enough are legion. (“You’ve baked a really lovely cake,” he told one engineer, adding that the hapless fellow had used dog feces for frosting). Make it smaller and better, he commanded. No element of design was too minor to escape his notice. (On a Mac interface: “We made the buttons on the screen look so good you’ll want to lick them.”)

Mr. Jobs castigated competitors, particularly Microsoft. Bill Gates’s company, which dwarfed Apple in power and wealth during the 1980s and 1990s, was not even described as second-rate; it was deemed third-rate. Worse, it was not even trying.

“The only problem with Microsoft is they just have no taste,” Mr. Jobs said in a typical broadside. “They have absolutely no taste. And I don’t mean that in a small way, I mean that in a big way, in the sense that they don’t think of original ideas, and they don’t bring much culture into their products.”

This is not the sort of unvarnished comment you ever hear the founders of Google, say, publicly expressing about Mark Zuckerberg, the founder of Facebook, or vice versa. “We’re mourning Steve because we don’t have much of his passion and directness in corporate life these days,” said Jay Elliot, a former Apple executive who has written a book about learning from Mr. Jobs’s lessons in leadership. “He wasn’t driven by the stock price.”

Like many big tech companies, Apple has a formidable public relations staff, but Mr. Jobs was not constrained by this either. People knew his e-mail — “sjobs@apple.com” — and sent him queries and complaints. He often responded, if tersely. A persistent effort by a college student complaining about her inability to get information from the famously reticent P.R. staff finally elicited a testy, “Please leave us alone.”

Mr. Jobs’s self-confidence could sometimes be indistinguishable from arrogance and self-aggrandizement. At an Apple Halloween party during the wild early years, he reportedly came dressed as Jesus. (In a rare tribute for a layman, Mr. Jobs’s career was celebrated Thursday on the front page of the Vatican newspaper.) But it was an arrogance tempered by faith in the power of technology to improve lives.

The satirical newspaper The Onion underscored this point nicely in its news story on Mr. Jobs’s death. The headline, modified here to replace an expletive, said: “Last American Who Knew What the Heck He Was Doing Dies.”

Funny, but it is deep in the nature of Silicon Valley to challenge such sentiments. “I don’t want to take anything away from the guy, he was brilliant and uncompromising and wonderful, but there’s a level of adulation that goes beyond what is merited,” said Tim O’Reilly, chief executive of the tech publisher O’Reilly Media. “There will be revolutions and revolutionaries to come.”

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El adiós a un visionario / Una figura que también fue polémica

El último gran "tirano", el otro lado de Steve Jobs


El empresario podía ser implacable con empleados y competidores

Por David Streitfeld | The New York Times

San Francisco.- La primera vez que Steve Jobs intimidó a alguien fue en tercer grado. "Junto a unos compañeros básicamente destrozamos a la maestra", reconoció una vez.
Durante el siguiente medio siglo, Jobs no dejó de hacerlo nunca. Se comía vivos a sus subordinados y socios que no cumplían con su trabajo, hacía morder el polvo a los competidores que no estaban a su altura y mandó a los sabelotodos de paseo. Tenía un sueño de grandeza, que empuñaba como un arma para cambiar la cara de la industria informática, telefónica y del entretenimiento, y no estaba dispuesto a ceder un ápice.
Tal vez sea sólo por la desesperación que siente la gente por el estancamiento de la economía norteamericana, pero el anuncio de la muerte del cofundador de Apple pareció marcar el fin de algo: en una era de límites, Jobs fue el último gran tirano.
Hasta en Silicon Valley, donde los caciques corporativos suelen tener estatura sobrehumana, no había otro como él. Usaba sus poderes para desarrollar dispositivos que despiertan en sus dueños un tipo de adoración que muy pocos productos consiguen entre los norteamericanos, especialmente en nuestros días.
"En medio de océanos de una mediocridad impuesta, en esta insulsa y desabrida cultura de las corporaciones titánicas manejadas por asambleas, Jobs mostró que el verdadero camino de la excelencia era la excelencia; que uno puede hacer grandes cosas con inteligencia y gusto impecable y sin conformarse nunca con nada que no sea lo mejor", escribió el emprendedor Perry Metzger en su página de Google.
Cuando su muerte se hizo pública, Twitter y la blogósfera se inundaron de emoción. Sus seguidores se congregaron en las puertas de su casa de Palo Alto, California, y dejaron ofrendas florales y velas frente a cada negocio de Apple, en todas partes del mundo. Su casa se encuentra en el centro de la ciudad, es fácil de ubicar y relativamente modesta para un hombre con una fortuna valuada en 6500 millones de dólares. Estaba planeando construir otra casa, pero hasta eso parecía limitado para el amo de Silicon Valley.
Dónde no tenía límites era en su trabajo. Abundan las historias que lo describen diciéndoles con vehemencia a los empleados de Apple que un producto no era suficientemente bueno. ("Hiciste una torta preciosa", le dijo una vez a un ingeniero, antes de aclararle al pobre tipo que lamentablemente la había decorado con excremento de perro. "Hazla más pequeña y mejor", le ordenó).
No había elemento del diseño, por minúsculo que fuese, que escapara a su atención. "Hicimos que los botones que aparecen en la pantalla sean tan lindos que tendrán ganas de chuparlos", dijo sobre la interfase de Mac.
Competidores
Jobs también castigaba a sus competidores, en particular a Microsoft. La empresa de Bill Gates , que durante las décadas de 1980 y 1990 hacía parecer a Apple del tamaño de un enano, no era según Jobs de segunda, sino de cuarta categoría. Peor aún: ni siquiera competía.
"El único problema con Microsoft es que no tienen gusto alguno", dijo Jobs en una de sus típicas salidas. "No tienen el menor gusto. Y no me refiero a lo chico, sino a lo grande, en el sentido de que no se les cae una idea, que sus productos no tienen cultura".
Este tipo de comentarios despiadados no es lo que se escucha públicamente de la boca de los fundadores de Google acerca de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, o viceversa.
"Estamos de duelo por Steve porque no hay mucha gente apasionada y decidida como él en el mundo corporativo de hoy", dijo Jay Elliot, ex ejecutivo de Apple que ha escrito un libro sobre las lecciones que pueden aprenderse del estilo de liderazgo de Jobs. "A Jobs no lo motivaba el precio de las acciones".
Al igual que muchas de las grandes empresas tecnológicas, Apple tiene un formidable staff de relaciones públicas, pero a Jobs esto tampoco parecía limitarlo.
La gente conocía su dirección de e-mail (sjobs@apple.com) y le enviaba sus dudas y sus quejas. Los insistentes esfuerzos de una estudiante universitaria que se quejaba de no obtener respuesta de parte del personal de Relaciones Públicas de Apple, famoso por su reticencia, finalmente mereció un iracundo "Por favor, déjenos en paz".
La confianza de Jobs en sí mismo a veces podía resultar difícil de distinguir de la arrogancia o la omnipotencia. Durante una fiesta de Halloween en Apple, en los primeros años locos de la empresa, se presentó vestido de Jesús. Pero se trataba de una arrogancia templada por la fe en el poder de la tecnología para mejorar la vida de la gente.
El diario satírico The Onion supo entender con inteligencia este rasgo en su cobertura de la muerte de Jobs. El encabezado, modificado aquí para evitar una grosería, decía: "Muere el último norteamericano que sabía qué carajo estaba haciendo".
Es gracioso, pero desafiar esos sentimientos forma parte de la naturaleza profunda de Silicon Valley.
"No pretendo restarle ningún mérito, era un tipo brillante, maravilloso, que no se dejaba comprar, pero existen niveles de adulación que van más allá de sus logros", dijo Tim O'Reilly, jefe ejecutivo de Reilly Media, una editora tecnológica. "Ya vendrán nuevas revoluciones y nuevos revolucionarios".

EL IPHONE 4S, UN ÉXITO PÓSTUM

A pesar de que había cosechado críticas en su presentación, la preventa del iPhone 4S, que comenzó un día antes de la muerte de Steve Jobs, y que se rumorea que es un juego de palabras que significa "For Steve", se agotó ayer en Estados Unidos en apenas horas.

Traducción de Jaime Arrambide .


Fuente: La Nación

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